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| 2/10/1997 12:00:00 AM

FIESTA VERDE

EL RECORD DE INVERSION EXTRANJERA QUE ALCANZO COLOMBIA EN 1996 IMPLICA TANTOS RETOS COMO SATISFACCIONES.

FIESTA VERDE FIESTA VERDE
Todo parece indicar que en tiempos de crisis se atemorizan más los nacionales que los extranjeros. Por lo menos eso es lo que demuestra la experiencia colombiana en 1996, un año en el que a pesar de los regulares indicadores económicos fue notoria la atracción de capitales foráneos.
Sólo los seis inversionistas extranjeros que hicieron los negocios más grandes en el país movieron 2.500 millones de dólares en el año -ver cuadro-, un monto sin precedentes en el país y con pocas comparaciones en América Latina hasta el presente.
El primero en asomar su cara por Colombia fue el gigante mexicano Cemex, al comprar el 51 por ciento de Cementos Diamante y el 73 por ciento de Cementos Samper. A su llegada le siguió la reconquista española. Como si se tratara de repetir en el continente la entrada de La Pinta, La Niña y La Santa María, el primer arribo lo hizo el Banco Bilbao Vizcaya, que adquirió el 40 por ciento del Banco Ganadero. Le siguió el Banco Central Hispano, que se quedó con el 35 por ciento del Banco de Colombia. La faena fue redondeada por el Santander, que se hizo al control del 51 por ciento de Bancoquia y de la totalidad de Invercrédito. Y la 'invasión' de los últimos 15 días corrió por cuenta de los chilenos: Endesa compró la hidroeléctrica de Betania y Chilgener la de Chivor.
Aunque parte de los recursos que resultaron de esos últimos negocios van a ser contabilizados en las estadísticas de 1997, hablar de 2.500 millones de dólares de inversión extranjera sin petróleo -que normalmente equivale a la mitad del total de capitales que arriban al país- es superar cualquiera de las cifras que Colombia haya tenido en el pasado.
Aunque los cálculos son preliminares, pues las cifras definitivas en todos los países sólo se dan a conocer después de febrero, si Colombia supera la barrera de los 3.000 millones de dólares ingresará en la liga de las naciones latinoamericanas que más plata de afuera atraen, pues sólo México, Brasil y Chile han logrado cantidades superiores a esta de acuerdo con los datos de 1995. Pese a ello, es probable que a esa liga privilegiada ingresen también otras naciones. Al fin y al cabo la reconquista de la banca española se dio a lo largo y ancho del continente, Perú tuvo éxito en su proceso de privatización, y países como Venezuela y Argentina avanzaron en su recuperación.
Pero aunque Colombia logre quedar dentro de los que más capitales conquistaron en 1996, una fiesta de dólares como la que se dio el año pasado no es del todo buena, pues a pesar de que demuestra confianza en el país y genera fortaleza cambiaria puede implicar tantos retos como satisfacciones.Y es que no sólo por cuenta de las inversiones extranjeras, sino de otros flujos de capital, las reservas internacionales de Colombia llegaron a 10.000 millones de dólares el 20 de diciembre, un nivel bastante superior a los 8.100 millones de 1995. Así las cosas, al Banco de la República y al gobierno les llegó la hora de manejar con guantes de seda la economía.
Por un lado, la Junta Directiva del Emisor tendrá que buscar la manera de evitar las presiones monetarias que vuelvan a jalonar los precios hacia arriba, para lograr que la meta de inflación del 18 por ciento no se quede de nuevo en veremos.
Pero eso no es nada comparado con lo que tiene que hacer si quiere mantener la banda cambiaria. Para lograrlo, según estudiosos del tema, lo mejor sería que la Junta no tratara de controlar al mismo tiempo las tasas de interés y la tasa de cambio. En otras palabras, el Emisor debería permitir que la tasa de interés se moviera libremente hacia abajo, lo cual de por sí disminuiría la entrada de divisas. Con menores tasas de interés domésticas se reduciría el atractivo de traer capitales o de endeudarse en el exterior. De cualquier manera, para evitar que se dañe la fiesta que se armó por cuenta de la avalancha de inversionistas extranjeros, la única salida es andar con cautela y encontrar la solución salomónica que impida un desbordamiento de la inflación y un mayor caída de la tasa de cambio.

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