En los últimos días se ha generado una gran controversia por la negativa de Iván Cepeda a participar en los debates presidenciales. Incluso, algunas personas han iniciado la recolección de firmas para hacer obligatoria su comparecencia. Qué pendejada.
Cuando se analizan las encuestas y, sobre todo, las razones que dan los votantes para elegir a un candidato u otro —sumado al hecho de que hay varios aspirantes que ni siquiera alcanzan el margen de error—, resulta evidente que los debates son, en gran medida, inanes. Otra cosa sería si hubiera un máximo de cuatro candidatos serios, pero eso no va a ocurrir.
Estoy convencido de que quienes van a votar por Cepeda lo harán independientemente de su desempeño en un debate. Se trata de un voto duro que el Gobierno Petro ha consolidado a través de prebendas, subsidios, puestos públicos y contratos de prestación de servicios. A la mayoría de estos votantes no les importa si su candidato brilla o tropieza en un debate; lo único que buscan es mantener las ventajas obtenidas en este gobierno. Tristemente, es un voto de apoyo a Petro más que a Cepeda.
He sostenido de manera consistente que Colombia no es un país con un alto porcentaje de favorabilidad hacia las ideas comunistas o progresistas radicales. De hecho, el Partido Comunista y el partido Comunes (de los exintegrantes de las Farc) han tenido históricamente votaciones muy bajas, casi irrelevantes.
Si Cepeda no participa en los debates, sinceramente no vale la pena realizarlos. Terminarían, como ha ocurrido en muchas ocasiones anteriores, convertidos en un salón de clases donde todos repiten una lección que casi nadie quiere escuchar. Además, las últimas encuestas muestran que la mayoría de los colombianos ya tiene prácticamente definido su voto, o al menos su estrategia de votación. El apoyo a Cepeda está consolidado y es muy difícil de modificar.
Lo mismo ocurre con los candidatos que van de coleros en primera vuelta; aunque la saquen del estadio en un debate, difícilmente cambiarán la tendencia que ya traen. Esto incluye, en mi análisis, a Sergio Fajardo.
Respecto a los votos por Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella, veo dos grupos: quienes ya se definieron por alguno de ellos y no cambiarán su decisión por un debate, y aquellos que votan estratégicamente. Estos últimos, creo, están esperando nuevas encuestas y terminarán apoyando al que vaya más arriba en los sondeos finales. En cualquier caso, tampoco será un debate lo que modifique su elección, porque ya tienen interiorizada la lógica del voto útil.
Por todas las razones expuestas, no creo que los debates —ni siquiera si participaran todos los candidatos— vayan a cambiar de manera significativa la intención de voto de los colombianos. Por lo tanto, no los considero indispensables. Lo que sí considero urgente es que quienes seguimos esta campaña con mayor atención hagamos caer en cuenta a la ciudadanía del enorme riesgo que corremos en estas elecciones: podemos perder el país y la democracia si no salimos a defenderla con determinación.
