Ayer me pasó algo realmente increíble que supongo tiene que ver (para mi) con el hecho de vivir un poco más enfocada la semana santa. Me encontré con alguien con quien trabajé hace muchos años en un centro comercial. Este personaje ya me había intentado hablar y la verdad es que, con los afanes de la vida, y siendo responsable de mi falta de atención, no logramos concretar un café.
El, simplemente me detuvo en el pasillo y me pidió que le regalara un minuto. Y ahí en la mitad de mucha gente caminando con helados y bolsas en la mano, me dijo que tenía una nueva situación en su vida donde quería estar en paz con todo el mundo. Y que sabía que a mi tenia que pedirme perdón. Trabajamos juntos hace más de veinte años así que me costó recordar algo puntual, pero el me explicó y la verdad me llegó al corazón.
Me pidió perdón y me dijo que no quería estar mal con nadie. Debo reconocer que se ganó mi respeto absolutamente más por ese hecho que por haber vendido juntos no se cuantos productos de aquel momento. Me conmovió y lo abracé y le dije que, por supuesto lo perdonaba, que valoraba que lo recordara y que esperaba charlar pronto con él.
El se fue, pero me quedo en la cabeza y el pecho. Pensé por ejemplo a cuantos debería pedirles perdón y no lo he hecho quizás porque ni soy consciente.
Siento que en este momento de vivir sin conciencia el perdón se ha convertido en una pieza de museo, es digna de admiración, pero nadie parece querer tenerla en su casa. Vivimos en una sociedad que confunde la justicia con el castigo eterno y la memoria con el rencor acumulado. Pero ¿en qué momento decidimos que era mejor cargar con el peso de la ofensa que con la libertad del olvido y de entendernos entre seres imperfectos?
Y es que quizás hoy en día, el perdón se percibe erróneamente como una forma de debilidad o, peor aún, como una validación del error ajeno. Hemos construido una identidad basada en nuestras heridas. Si perdono, ¿quién soy sin mi indignación? Es como si perdonar fuera en contra de la integridad personal. Y creo que no hay mas nobleza en el alma que pedir perdón de verdad.
Según mi reflexión, la falta de perdón en nuestra sociedad actual se debe, en gran medida, a que no paramos jamás y solo buscamos validarnos. Las redes nos dejan además ser anónimos, la gente opina, dice , odia y saca su zona más oscura pensando que su verdad es la única verdad.
Eso nos lleva también a una superioridad moral. Sentirse ofendido otorga un extraño poder. Desde el pedestal de la víctima, podemos juzgar al otro sin mirar nuestras propias falencias. Amamos victimizarnos y apelar por nuestros derechos permanentemente sin hacernos cargo de nuestros deberes.
Hemos olvidado que perdonar no es decir “lo que hiciste estuvo bien”, sino decir “no voy a dejar que lo que hiciste me siga destruyendo por dentro”. Perdonar es soltar, es no cargarse con cosas que no valen la pena. En el mundo corporativo, personal, profesional, educativo hay muchas cosas para pedir perdón y por supuesto para perdonar.
La ciencia y la psicología coinciden en que el rencor es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Mantenernos en alerta constante y sin capacidad de redención genera un agotamiento colectivo. Sin el perdón, no hay puentes, solo muros cada vez más altos y sociedades más polarizadas.
Es una buena semana, sin importar tus creencias para perdonar y para pensar a quien hemos ofendido. Yo siento que fue una señal muy especial que alguien me detuviera a decirme que quería estar en paz con todos. Que no nos cueste perdonar y mucho menos pedir perdón.
