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REVISTA DIGITAL

Israel y Palestina, el conflicto que se mantiene en las aulas

Los niños israelís y palestinos desconocen la realidad del conflicto que les ha convertido en enemigos. El sistema educativo al que están sujetos perpetúa los odios entre ambos.

17 de febrero de 2016

Segunda entrega del especial ‘Historia, la materia que libera o condena‘ de la edición número 13 de la revista digital Semana Educación.

La enemistad, la propaganda y la negación son los rasgos que definen el aprendizaje del conflicto palestino-israelí en las escuelas de ambos países. El resentimiento de décadas de beligerancias ha forjado una burbuja de odio y fanatismo que, aunque se perpetúa desde las calles y la política, también se reproduce en los currículos de las aulas.  

De acuerdo con un estudio realizado en 2013 por el Consejo de Instituciones Religiosas de Tierra Santa y financiado por el Departamento de Estado norteamericano, los libros de texto de historia que se reparten en las escuelas de Israel y Palestina comparten una característica común: la eliminación del otro y la ausencia de autocrítica. Para llegar a esta conclusión, se revisaron un total de 30.000 páginas.

En el caso de Israel, la educación pública está controlada por el Ministerio de Educación. Esta centralización permite que los políticos israelíes hagan uso del sistema educativo estatal como instrumento de propaganda para consolidar la identidad judía y la fundación de una nación.

Los estudiantes palestinos suponen una cuarta parte de todos los alumnos matriculados en la enseñanza pública israelí. El Departamento de Educación Árabe, dependiente del Ministerio de Educación, administra estos centros, pero no tiene autonomía en la toma de decisiones curriculares. El investigador Said Barghouti, considera que el sistema educativo se utiliza para asegurar una carencia completa de identidad árabe y palestina entre los ciudadanos palestinos del Estado. “La enseñanza de historia palestina en las escuelas israelíes, tanto judías como árabes, está basada en la narrativa sionista que sostiene que los judíos son un pueblo que formó su identidad en la tierra de Israel (Palestina) hace más de mil años y volvieron a él para formar esa identidad una vez más”, sostiene.

Así pues, oír hablar de Israel como un Estado que extendió sus fronteras por medio de la ocupación de territorio palestino es impensable en los colegios.

Los libros escolares se convierten en el gran instrumento aleccionador para el gobierno de Israel, una realidad que recoge el documental ‘Los palestinos en los libros escolares sionistas: receta para la deshumanización de un pueblo’, de Nurit Peled-Elhanan. La obra analiza cómo estos materiales se configuran con la intención de asentar y consolidar prejuicios contra el pueblo palestino y sus reivindicaciones territoriales.

Cruzar la frontera no es mucho más alentador, en términos de un aprendizaje carente de intenciones políticas. Y es que el Estado palestino copia de sus vecinos ese empleo indiscriminado de la educación como aparato propagandístico y máquina para impulsar el odio. Solo difieren en algo: víctima y victimario alternan papeles.

La Autoridad Palestina es la encargada de configurar los currículos y la responsable de la edición de los libros de texto. Desde 2014, Mahmud Abás, como presidente del gobierno, controla en últimas el sistema de enseñanza nacional. Es un político que, por otro lado, nunca ha negado su animadversión por la causa judía. De hecho, en su tesis doctoral negó a los seis millones de víctimas judías del Holocausto asegurando que el número de muertes se exageró con fines políticos.

Antes de Abás, la instrumentalización de la educación se dio desde 2007 por Hamás. En 2013, el grupo islamista distribuyó tres libros de texto en las 400 escuelas que administraba. En estos se rescribió la historia y se negó la existencia de Israel. A los 55.000 niños de octavo y décimo grado a los que iban dirigidos, simplemente se les dejó de hablar de la presencia de israelí más allá de la Franja de Gaza, y ciudades como Tel Aviv o Modi’ín desaparecieron de los mapas. Los textos hablaban de “entidad sionista”, no de Israel. “Al ocupar Palestina, los sionistas expulsaron a los habitantes legítimos, y destrozaron tierras de cultivo y sitios arqueológicos islámicos”, citaba uno de ellos.

La maquinaria ideológica y de apología al odio es el común denominador del aprendizaje histórico tanto en las escuelas israelíes como en las palestinas. Sin embargo, las buenas prácticas también existen. Ese es el caso de los colegios y jardines infantiles de la ONG Hand in Hand.

Mitad judíos y mitad palestinos, 14.000 estudiantes acuden a estos centros educativos ubicados en Israel. Allí se enseña a los niños tolerancia e inclusión y se les insta a conocer e interiorizar los valores, la cultura y el idioma de su compañero de pupitre.  Una propuesta educativa que busca superar los odios de dos pueblos que no parecen dispuestos a reconciliarse  por ahora.

PARA EL DEBATE

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