Visitar el Señor Caído, la obra del escultor colombiano Pedro de Lugo Albarracín, va más allá de venerar una imagen del siglo XVII tallada en madera, plomo y plata. Es la posibilidad de recordar a un Dios que entregó la vida de su hijo por amor, que permitió que muriera en la cruz para el perdón de los pecados de la humanidad. Es la manera de contarle de cerca, como cuando se le habla a un papá, los problemas que cada quién lleva sobre sus hombros. Es la excusa perfecta para agradecer por los favores recibidos. Así le cuentan a SEMANA varios de los católicos la experiencia de visitar la basílica.