POESÍA

"El salmo de la muerte" y otros tres poemas de Gustavo Ibarra Merlano

Una selección de versos del poeta cartagenero, incluidos en la antología 'Viento voluble en medio del agua', que se publicó este año en la colección "Un libro por centavos" de la Universidad Externado de Colombia.

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Gustavo Ibarra Merlano
11 de diciembre de 2019 a las 9:12 a. m.
Nacido en Cartagena en 1919 y fallecido en 2001, Gustavo Ibarra Merlano fue una figura destacada e influyente en lo que ha venido a conocerse como el Grupo de Cartagena, al lado de Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Jorge Artel, los hermanos Óscar y Ramiro de la Espriella, entre otros escritores e intelectuales, en la década del 50. Foto: Vía Verseria.
Nacido en Cartagena en 1919 y fallecido en 2001, Gustavo Ibarra Merlano fue una figura destacada e influyente en lo que ha venido a conocerse como el Grupo de Cartagena, al lado de Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Jorge Artel, los hermanos Óscar y Ramiro de la Espriella, entre otros escritores e intelectuales, en la década del 50. Foto: Vía Verseria.

Estos poemas fueron publicados originalmente en la antología ‘Viento voluble en medio del agua‘, de la colección "Un Libro por Centavos" de la Universidad Externado de Colombia

Orígenes

Narro los sitios de procedencia
y los tiempos originarios.

La orillas de los ríos pestilentes.
Los puentes,
cuando se inicia el día
y alborean los ruidos de la ciudad.

Los aleros desalterados
dormidos en la sombra.

Los alrededores de los mercados
condecorados con hojas de plátano
abandonadas con los desperdicios del día.
Los atrios de las iglesias.
la sombra espesa de
los edificios públicos.
Los pórticos de los hospitales,
hospicios y manicomios.
Las jurisdicciones alinderadas
en las taquillas de los cinematógrafos.
Las vecindades displicentes
de los grandes supermercados.

Las carpas deterioradas
de los circos del suburbio
en el instante en que las fieras
Miran con estupor
a los espectadores.

Las canoas carenadas
en dársenas donde aturde
el mazo de los calafates.

Los mataderos ensombrecidos
con el sollozo de las bestias.
Los cuarteles devastados
por el sueño de los centinelas.
Los zócalos de las estatuas
vilipendiadas por palomas volubles.
Las carnicerías embanderadas
que cabecean en aguas enrojecidas
como pontones repletos de sangrientos ahorcados.
Cuando se lavan con escobas
de esparto las baldosas manchadas
en el degüello de los cerdos.
—En las alcobas de los matarifes
se ocultan con sigilo
los cuchillos de destazar—
y reposa en frascos de vidrio verdoso
la salmuera para la aspersión
de las reses descuartizadas.
Los parques desiertos
que abren sus guaridas de verdor
a los paseantes que rondan
el quiosco deshabitado
de las retretas.
Los cementerios
donde los ángeles ventilan las tumbas
cuando los gallos desocultan el límite
y mugen las vacas escondidas
en los ejidos del día.
Simultáneamente se inicia
en las esquinas de la urbe
la recolección de basura.
Entonces comienzan
las señales imperceptibles
enviadas desde las terrazas
y los gritos caen desde las ventanas
de los edificios.

Los durmientes
ofrecen por última vez
el lado oculto
al sol de la muerte.
La gran ciudad
como una bestia marina
ventilada por gaviotas siderales
se extenúa a la deriva
de las avenidas y suenan
terriblemente las alcantarillas
de aguas emulsionadas.

El acuario

En su cama rodeado de
vidrios de colores
reposaba como
un monstruo en un acuario
ofrecido a las miradas
de los visitantes.

Todos veían el monstruo
que allí estaba.
No había mentira
porque todo monstruo
debe exhibirse.

Hay un lado bestial
en el abandono
se pierde toda compostura.
Yo sé de uno
que gritaba de abandono.

Ser negado hasta la hez
hasta que la negación se vuelva sangre
y tengamos una nueva vida.
Otra vida
no imaginada y nos redima
de los días pestilentes.
Las pequeñas demencias.
los éxtasis ocasionales.
El relieve de las pasiones
henchidas con artificio.
La hipocresía, los cariños
intersticiales,
los diapasones oblicuos.
Y las ceremonias de la melancolía.

Alabanza

La cruz
es un instrumento
absoluto
de medición.
Recuerdo un Cristo
honrado y tosco
de madera
en donde se confundían
nudos y llagas
en el aire muerto
de la sacristía del convento.

Allí estaba
la inmensa ofrenda.

Cristo,
bien soportado
por el madero,
te dejas rezar
hondamente.

Tus brazos
todo lo recoleccionan.
La tarde, el olor
a incienso, el sollozo.
Todo se amarra a ti.

El salmo de la muerte

Quebrantaré hasta la más pequeña partícula de hueso
y moleré tu sangre hasta que vuelvas a la nada
pues temo que un poco de tu vida
prenda de nuevo el fuego
y se rompa tu muerte.
Tomaré mis precauciones.
Me cercioraré que estás muerto.
Contribuiré pacíficamente con mí óbolo al municipio
para recoger la basura donde yaces
y aumentaré la renta del médico, como precio a tu eliminación.
Seré un puente entre la nada y la nada para tus pasos.
¡Hijo mío, qué alegría de matar!
De asilar en mi conciencia un asesino
y hospedar en mi casa un ileso criminal.
“El tiempo de los asesinos ha llegado”
a buen seguro asaltaré mi vientre y hundiré tu cráneo.

Lo que hace mi sangre, lo deshagan mis manos.
Llevaré hasta tu noche una estrella de luto.
Yo tengo poderío. Yo derogo el mandato divino.
Tú matarás. Yo mataré. Nosotros mataremos.
He aquí la prueba en mi vientre.
Hijo, tú tienes la cara en mi sangre.
Sabías que ibas a morir
porque tu sangre latía en mi corazón.
Estarás un poco más quieto
y la corola de días venideros que atesoré para ti
la derramaré en el suelo junto a tu sangre.
Mato en ti la vida que me dieron.
Como un salteador oscuro en mitad de mi vientre.
Hijo mío, mi cuerpo era tu casa
mi sangre tu cobijo, mis huesos tu edificio.
Pero he cerrado mi ventana con plomo
y he puesto a la entrada de tu casa un silicio.