Este miércoles 10 de junio, a las 6:00 de la tarde en la Librería Lerner de Bogotá, se presenta en el libro más reciente de la poeta colombiana Cecilia Balcázar, publicado por el sello español Vaso Roto. Nacida en Cali en 1940, esta escritora ha tenido una prestigiosa carrera académica en las universidades de Los Andes y del Valle. Además, ha escrito los poemarios La máquina mítica, Sendero de palabras, Peregrinaciones y Umbral de la palabra.
Tránsitos se presentó por primera vez en Sevilla, España, en agosto del año pasado. El lanzamiento en Colombia será una conversación entre Balcázar y Juan David Correa, escritor y director editorial del Grupo Planeta. Antes de esta cita, ARCADIA dialogó brevemente con la poeta acerca de su poesía y de un libro que los editores definen como “un viaje interior (que) se vale de espacios sagrados como Xochicalco y Amatlán para hallar (una) luz”.
Este libro se titula Tránsitos, como el primer poema, en el que se encuentran estos versos: “Traspasa en el camino / umbrales tras umbrales”. Y es casi imposible no leerlo a la luz de otros títulos de sus libros: Peregrinaciones y Umbral de la palabra. ¿Qué piensa de esta recurrencia que habla de atravesar algo?
También es el caso de otro poemario agotado, Sendero de palabras. Tal vez mirándolo desde otro punto de vista, lo recurrente está en el tema, pero no en las sucesivas percepciones del camino. Tal vez es siempre una nueva visión percibida a través de otras analogías. Tal vez el atravesar se va dando con la vida a distintos niveles y en distintos estados de consciencia. La mirada cambia y los límites de la percepción que tenía ayer no son los mismos de hoy.
El último verso del poema “Otra luz” parece ser un arte poética: “Tuvieron la visión de lo indecible”. ¿Cómo definiría su poesía?
Hay momentos de iluminación. Y creo que ese fue uno que literalmente llegó en la luz condensada del solsticio. Fue una percepción diferente de lo sutil, en un estado de gracia.
Si fuera un arte poético, lo sería en el sentido de la llamada concentración sin esfuerzo, de lo que llega gratuitamente y está en la génesis de la obra de arte, en general, y que busca luego su reflejo en la consciencia para poder materializarse en la expresión.
¿Cómo nacen sus poemas? ¿Cómo escribió los de este libro?
Generalmente cuando tengo la tranquilidad de la contemplación, de la rememoración, de la lectura lenta. Y eso sucede muchas veces cuando viajo. Por esa razón tantas alusiones a sitios lejanos. Este libro no es la excepción. Hay un hiato entre esa vida y la vida diaria asediada por las noticias, por las preocupaciones políticas, por las múltiples actividades de los grupos a los que pertenezco. Porque son varias vidas que se llevan simultáneamente.
En muchos de sus poemas se adivina una búsqueda sagrada, sea en la naturaleza, en la palabra o en las cosas. ¿Cree, como dijo Wallace Stevens, que “cuando se abandona la fe en Dios, la poesía ocupa su lugar como redentora de vida”?
Creo que es un privilegio que se adquiere ese de vivir en la consciencia de la sacralidad de la vida y del mundo. Para mí la manifestación de un Dios de amor está en todo. Dios es una palabra. Un significante que cada cual llena a su antojo o según lo heredado en la cultura. Por eso para mí está por fuera del lenguaje, en el silencio de la meditación profunda y su presencia es algo que se llega a sentir, sin especulaciones vanas. Está en mi poesía, que no tomo como un sustituto sino como un medio de encuentro y de expresión de lo divino. Para mí la fe es una vivencia diaria de vida, de amor, de entrega; un dinamismo para seguir adelante, “hasta la madrugada de la muerte”, como decía Castro Saavedra en un poema que aprendí de niña.
Hay una preocupación en su poesía por el lenguaje y la palabra, una preocupación casi filosófica. Hablemos un poco de esto.
Más que preocupación diría que es mi pasión. Es la fuente de una indagación permanente. Y está en la base de mi comprensión de la vida y de mi creatividad. El lenguaje, desde la conversión y conmoción interna que implicó para mí el cambio de mirada de lo que él significa y construye, ha sido mi punto de reflexión, de inspiración, de asombro; también mi relación con lo místico y con el campo de mi actividad académica de los últimos años. Mucho de esto lo condensé en un artículo que apareció en El Espectador recientemente, sobre la relación del ser humano como narrador, y la paz. Lo retomaron, para publicarlo virtualmente, los directivos de la Asociación Sintergética durante el Congreso en línea sobre la paz que realizaron hace poco.
Le tomó al Occidente más de veinte siglos lograr reflexionar sobre el ser del lenguaje, valiéndose del lenguaje mismo que lo oculta. Para mí, humildemente, en el terreno personal, implicó una larga confrontación amistosa con el padre de mis hijos, Jean Bucher; hasta que comprendí, a fuerza de diálogo y de disponibilidad para entender lo otro. También por la investigación que supuso la traducción de su libro La experiencia de la palabra en Heidegger, que me abrió las puertas a muchas otras lecturas.
Es difícil hacer la voltereta epistemológica de 360 grados, que requiere lo que se ha llamado el giro lingüístico. Sobre todo para quienes tienen la visión prevalente de que la lengua es un instrumento neutro de comunicación, que sirve para nombrar lo que está allí afuera. Cuando mis estudiantes entendían, escribían en sus ensayos que esta visión les había cambiado la vida.
Es innegable que, por el otro lado, ya no el lenguaje sino la lengua es un fascinante objeto de estudio, aprehensible en sus unidades, niveles y combinatorias y también en su relación interdisciplinaria con las ciencias humanas. La lengua desde el enfoque científico de la lingüística, y la palabra desde la sociolingüística, fueron otra pasión intelectual durante dos décadas. Ha sido un privilegio vivir en las dos vertientes. Y todo eso está ligado no solo a mi poesía sino a mi actividad académica, política, y de trabajo comunitario. Como lo ha sido el interés por el diálogo tal como lo entendió Buber.
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En la tradición de la poesía colombiana, ¿dónde se ve? En las páginas de este libro es posible encontrar afinidades con obras como las de Quessep o Charry Lara.
Son dos poetas que admiro. Charry Lara fue colega en la academia y amigo en los últimos años de su vida. Quessep fue jurado en el concurso en el que mis Peregrinaciones ganaron el premio de poesía del Departamento del Valle en 1997.
Si se perciben afinidades no vienen de influencia sino tal vez de coincidencias.
¿Qué poetas la emocionan en el presente?
No solo en el presente. Leí y aprendí muchos poemas de autores colombianos cuando era niña. Allí están en mi memoria a mi disposición. Era como una tradición en mi casa, mis padres recitaban poesía del siglo XIX y principios del XX, poesía vallecaucana de Isaacs, de Gilberto Garrido, de Antonio Llanos, Mario Carvajal, Carlos Villafañe; mis hermanos a Lorca, Neruda… Mi hermano Gustavo escribía buena poesía que ha permanecido inédita. Luego para mí fueron Tagore, San Juan de la Cruz, Rilke, Baudelaire, Verlaine, Valéry, Saint John Perse, Prévert… Los leo y releo de vez en cuando. También me emociona la poesía de mis coterráneos Octavio Gamboa y la de mi admirado amigo, el sacerdote Rodolfo de Roux. Y las poetas que congrega en Roldanillo Águeda Pizarro. Cómo no mencionar a Meira del Mar, a Olga Elena Mattei, a Maruja Vieira, a Dora Castellanos, a Renata Durán. Hay una pléyade de mujeres jóvenes que escriben con valentía y belleza. La lista sería larga con el peligro de excluir a muchas y muchos valiosos poetas.
Por último, ¿podría recomendar tres poemas para que alguien comience la lectura de Tránsitos?
Creo que a cada cual le llega un poema diferente. A unos les gustan los largos, a otros los cortos. Cuando publiqué La máquina mítica, con cuya letra compuso recientemente un bolerazo Elsa San Juan, tuve la increíble experiencia de que muchas personas me dijeran que el poema que más les gustaba era tal o cual. Y para mi asombro fue prácticamente todo el libro.
En el lanzamiento de Sevilla, España, varias personas me pidieron que les autografiara la página del último poema, dedicado a Cali, una ciudad que nadie conocía en el auditorio.

Tres poemas de Tránsitos
El verbo
¿El verbo en el principio
o el sonido
sobre el eterno fondo del silencio?
Antes de hacerse carne hubo una vibración
en el abismo
sin nombre
de la nada
En Su huella
Ser sal de mar
Ser luz de sol
Ser la sal de la tierra
y ser la luz del mundo
Asombro
El niño soltaba su Nintendo
para mirar el mar
y digitaba entonces en su imaginación
el inmenso teclado de las olas
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