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Un regalo infinito: 'Cosas normales', de Josef Amón Mitrani

Una reseña de la primera novela del escritor bogotano Josef Amón Mitrani.

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Sergio Álvarez Uribe*
22 de noviembre de 2018 a las 4:32 a. m.

¿Cuándo pasa la vida? Pasa cuando la contamos (¿lo que recordamos?), cuando la vivimos y no nos acordamos (¿como si no pasara?), cuando la contamos mientras la vivimos (¿es posible?). En Cosas normales, la primera novela del escritor bogotano Josef Amón Mitrani, la vida pasa entre recordar, escribir y nombrar. Amón Mitrani es, antes que nada, un poeta. Publicó su primer libro, Mamarracho de meditaciones imposibles, en el 2012 con su editorial Taller de Nubes y en 2015, con la editorial Domingo Atrasado, publicó el libro de poemas rústicos Lluvia de astronautas. En el prólogo de 28 poemas minimalistas (editorial Universidad del Norte, 2017), Ramón Illán Bacca describe sus versos como “una ruptura con muchos de esos parámetros que están ya establecidos”.

Cosas normales, su primera novela, se lee como se lee un poema, una carta, una foto, un sueño, una película, un paréntesis, un silencio, una nube, una canción: sin tanto pereque, sin tanto misterio. El café, por ejemplo, es, en la novela, la palabra café, es el olor, es el color, es el lugar, “el café lo es todo”. Leí la novela de un tirón y sentí la potencia de las palabras que se repiten y componen un ritmo como de música. Y se escucha música de verdad: a Leonard Cohen cantando el verso con el que termina su canción A bird on the wire desde el epígrafe hasta el final. Me transporté a mi universidad, cuando le prestaba más atención a las cosas normales que nombra la novela, y se me ocurrió que todas las personas que se gradúen de algo deberían recibir este libro de regalo. Quedé con ganas de leer los libros que atraviesan la novela (estoy leyendo Paradiso de Lezama Lima) y con ganas de escribir (y escribí esta reseña).

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La novela es un viaje. De la tranquilidad de las nubes en las montañas a la desesperación de escaparse de un atracador en la oscuridad de Bogotá, de caminar por las calles de la ciudad amurallada de Cartagena a la Ciudad Blanca del sur de Tel Aviv, del silencio de una pared que sella una amistad a la patada que pone en riesgo la vida en la calle. Un movimiento sin pausa (y sin capítulos) que sucede en el instante en el que se escribe. Cuando uno se da cuenta solo han pasado cuatro horas en el mismo centro comercial en el que Óscar Graff, el yo narrador, le dice al lector: “En este momento estoy tratando de armar, con literatura, la historia que usted lee”. Cada página se lee así, sin uno darse cuenta, como una conversación larga con amigos sobre las formas reales del amor, sobre el extraño paso del tiempo, “la cosa más normal del mundo” —dice Óscar Graff—,  para marcar el ritmo de las cosas normales. El yo narrador es un yo absoluto que escribe con absoluta sinceridad que “la vida, a fin de cuentas, ocurre dentro de uno”. Y todas las críticas posibles a este yo tienen respuestas posibles en alguna conversación dentro de la novela, dentro del yo absoluto.

Como lector vivo para los finales. Y el final me dejó un poco tranquilo, un poco ansioso, un poco feliz, con la certeza de las cosas normales: sin tanto pereque, sin tanto misterio. Son verdad y son infinitas, como “la experiencia infinita de la naturaleza”, como una “montaña infinita”, como el regalo infinito que nos dio Josef Amón Mitrani al publicar su novela gratis. Solo hay que leerla…

*Director del Centro de Escritura ECO de la Universidad del Norte (Barranquilla).