MARTIN HACHE

La historia de un padre a punto de derrumbarse y de un hijo que no logra encontrar su identidad.

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25 de octubre de 1998 a las 7:00 p. m.

En primera instancia la película parece un lugar común: un joven de 17 años al que no le gusta nada, salvo el rock, y que, tras la separación de sus padres, no logra hallar un lugar ni en el hogar recompuesto de su madre, en Buenos Aires, ni en el próspero apartamento de su padre, en Madrid. Se llama Martín, pero le dicen Hache para abreviar el 'Martín hijo' que lo diferencia de su progenitor, Martín Echenique, un inteligente y egocéntrico director de cine a quien parece no importarle nadie excepto él mismo y su plácida vida en solitario con amante independiente. Un rumor de intento de suicidio por sobredosis alerta a Martín acerca del estado de Hache y sirve, de paso, para que ambos traten de romper el hielo de una relación que carece de diálogo y se caracteriza por la imposición disimulada de un padre que lo domina todo y un hijo al que todavía no le han dado la oportunidad de ser él mismo.
El argumento, que no está muy alejado del que proponen ciertas telenovelas, deja de ser, sin embargo, una trivialización del tema de la adolescencia y el conflicto familiar por la audacia del director, el mismo de Un lugar en el mundo, quien sabe aprovechar un estructurado guión _cargado de elocuentes diálogos_ con base en la interpretación de un reducido grupo de actores que toman su papel en la justa medida que la película exige.
En el ámbito que comparten los personajes de Martín (Hache) la droga deja de ser un problema moral para convertirse en una cotidianidad que debe enfrentarse con la sensatez que se merece. Tanto es así que Dante, el mejor amigo de Martín Echenique, la maneja con soltura y sin pudor sólo porque sabe utilizarla no como un catalizador de frustraciones sino como una experiencia natural de la vida, algo que no puede llegar a entender todavía el adolescente Hache, ni la cautiva Alicia, la amante de Martín que busca en las drogas un refugio que, ella misma lo sabe, no encontrará jamás. Cerrado a su banda de dios sobreprotector, Martín solo ofrece para su hijo una vida ejemplar pero sin aceptar que cada quien tiene derecho a elegir, mientras el confundido Hache solo puede admitir la obvia pero enceguecida preocupación de su padre.
La película, por supuesto, no es sobre las drogas. Ellas son apenas un elemento argumental. Ni siquiera se centra en la figura de Hache. Es más la historia de Martín, ese viejo zorro que ha logrado moldear su vida a su acomodo y sin compromisos quizá sin advertir que el dolor no es sólo inevitable sino necesario y que, así no lo quiera, su existencia es capaz de marcar, para mal o para bien, el rumbo de sus personas más próximas.
Martín (Hache) representa una sólida aproximación al drama cotidiano de la realización humana, ese objetivo sobre el cual cada quien teje sus propios mecanismos para asegurarse de que valió la pena haber vivido a pesar de que nunca se sepa con certeza si se llegó por fin a la meta.