En un callejón de uno de los barrios periféricos de la inmensa ciudad de Caracas, Bertil tomaba trago en una noche que parecía común y corriente. Un amigo que andaba en una fiesta apareció de repente con cara de terror: “Mataron al Goperó”, dijo, agitado. Habían transcurrido solo unas cuantas horas desde que el mismo Bertil le había advertido a Goperó, o Cristian, que no fuera a esa rumba porque era para problemas.
No pasaron más de unos cuantos segundos cuando ráfagas de disparos empezaron a salir de la nada. Destellos a toda velocidad, zumbidos que le vibraban a pocos centímetros de la vida de Bertil. Fue el primer enfrentamiento de su vida, estaba sudando frío de miedo. El amigo de su pandilla, el que huyó y avisó que venían por ellos, no tenía una mano, pero cargaba una pistola automática para repeler el ataque, mientras Bertil y los otros se escabullían entre las estrechas paredes buscando refugio.
Bertil, que tenía un revólver 38, de seis balas, comenzó a disparar. Solo sacaba la mano y jalaba del gatillo sin pensar a qué le daba. Con el tiempo aprendió a apuntar, a ver el enemigo para no matar a su gente.
Bertil se crió en la calle. Su mamá se fue cuando tenía un año de nacido, y su papá murió cuando era un adolescente. Su muerte fue la guía que lo llevó a refugiarse en lo más oscuro de Caracas.
La primera vez que cogió un arma con sus manos sintió frío, nervios y que el corazón se salía. Bertil lo describe como una inyección extraña de poder que produce susto y seguridad. Empezó a buscar el dinero para comprar droga con la delincuencia. Vendía bazuco en las calles, en La Vega, se paraba en una esquina a que lo buscaran. Cuando lo contactaban se perdía en los recovecos y regresaba con la dosis que le compraban.
Omaira Berbesi, expareja de Bertil y con quien tuvo un hijo, padeció la transformación de su primer amor. Se conocieron cuando ella tenía 16 y él 28. Con el tiempo, él se transformó hasta hacerse irreconocible. Hoy ella vive en Chile con su hijo Cristian, bautizado así en honor al amigo de Bertil que murió por las balas.
Descubrí que él estaba con una mujer y yo fui a dar a luz a mi hijo. Él me dejó botada en el hospital. Cuando me dieron de alta él se fue de la casa, lo volví a ver una madrugada. Unas amigas me dijeron que lo habían visto con una prepago. Él andaba de rumba, tomando y con mujeres. Yo le reclamé lo de la muchacha y me cogió a golpes.
La corrupción policial era la aliada de este caraqueño: pasaba billetes por entre las mangas para que lo dejaran vender droga. “En la calle si no eres un león, eres el muñeco de otro”, dice. Cuando a dos de sus compañeros los mataron le tocó irse del barrio.
La muerte de su padre hizo que la depresión lo metiera en el peor de los problemas. Fue primero una carrera contra el alcohol, litros y litros de desesperanza que lo embriagaban lo suficiente como para olvidar que familiares ya no le quedaban. Pero el agobiante dolor de cabeza del guayabo del día siguiente se lo volvía a recordar: estaba solo.
Bertil los llama “demonios”, y su vida empezó a verse detrás de las sombras. Sus amigos le dieron armas para que pudiera vender droga con la sensación de seguridad, no fuera que el otro combo llegara de sorpresa. En esa época los demonios se empezaron a multiplicar.
Consiguió una pensión en el centro de Caracas. Alejado de su primera experiencia con su pandilla, logró reunir algunos contactos para regresar a la plaza de la Concordia para vender crack, o bazuco, como se conoce en Colombia.
“Vendíamos entre 2.000 y 3.000 piedras en una noche”.
Bertil se volvió una roca dura de romper. Podía quedarse en una esquina o dando vueltas por una misma calle durante horas y horas, sin que el cansancio se hiciera evidente, y sin que los ojos rojos de tanto alcohol mezclado con cocaína lo mostraran como un débil en la selva de concreto.
Me decía que yo era lo peor, que no era ni la suela de sus zapatos. Se gastaba mi plata, me puso en contra de mi familia. Me metió tanta cizaña que hablaba mal de mí ante todo el mundo. Una vez nos dejamos porque él quería a toda hora vender su droga, pero nunca tenía plata, no sé si se la gastaba consumiendo. Él se volvía loco, me cogía a golpes en lugares públicos. Mi familia nunca lo quiso. Él nunca tuvo familia. Yo me imagino que él hacía eso porque era una persona sola. Su mamá se fue cuando era un niño, su papá se murió siendo joven.
Con los sentidos agudos estaba al tanto de que no lo pescaran. Se escondía cuando veía las luces rojas y azules o cuando escuchaba la sirena de la Policía; lograba escabullirse entre la multitud cuando creía que estaba en peligro; y al finalizar la jornada mezclaba la depresión con un mar de drogas. Hasta que la nariz le sangrara de tanto esnifar para luego llorar por lo fracasado que se sentía.
Recuerda que cuando su nombre cogió fama sus enemigos aumentaron. Y la traición, así como la veía en las películas de mafiosos que tanto le empezaron a gustar por reflejar su realidad, empezó a vivirla en carne propia.

Bertil hoy trabaja como panadero en el occidente de Bogotá. Su sueño es reunir dinero para que en 2019 pueda llegar a Ecuador y descubrir si su madre -que lo abandonó cuando tenía un año- sigue con vida foto Santiago Ramírez Baquero
Una vez se quedó sin droga para vender ni consumir el dinero se le acabó rápido. La solución le retumbaba en la cabeza pero le tomó un par de días animarse a concretarla: en la ollada, el sanandresito de Caracas, robaba celulares. Salía a las seis de la mañana, y observaba a su presa débil y le arrebataba el teléfono. Corría lo más que podía y, perdido entre la gente, se lograba escapar por el metro.
En su interior sabía que era malo. Creía que el delito era la única solución para poder pagar el diario de la cama donde se postraba a llorar. Se preguntó cuándo sería su turno, pues vio a varios caer por las balas y la droga. “¿Cuándo será mi turno?”.
A él lo buscaba la Policía porque quería meterlo preso, y me tocó a mí una vez salir a las calles a vender droga, porque la persona que a él lo surtía le dijo que si no vendía la mercancía lo iba a matar. Le debía dinero a gente peligrosa. A él lo buscaban por todos lados. Yo vendí durante un mes por él. Pero luego lo dejé, no supe más de él hasta hace poco.
Durante su vida en las calles las hijas de Bertil crecieron sin que él se diera cuenta. Con su hijo ha intentado hacer una conexión fraternal. Pero el amor no ha aparecido. Cuando Bertil habla de sus experiencias en las calles parece mentira. Está tranquilo y parece imposible que lo que sale de su boca sea cierto.
Consiguió algunos trabajos, pero la droga, tentadora, estiró su mano para consentirle el rostro para engañarlo y ahogarlo de nuevo. Recaídas hubo varias. Y dinero para pagar una rehabilitación nunca apareció. Una noche todo se le juntó a Bertil.
Tenía un puesto de venta ambulante y se lo quitaron. La que era su novia de ese entonces se fue con otro. La terrible idea de que se perdió la vida de sus tres hijos le arrugó el corazón y sintió que no podía más. Sin un bolívar en el bolsillo, no tenía dónde quedarse a dormir y nada para comer.
Era medianoche. Se sentó en una bomba de gasolina con los ojos llenos de lágrimas y se arrodilló. Tenía que empezar de cero, era hora de cambiar.
Yo lo conocí cuando tenía yo 16 años, él tenía 28. Nos conocimos por un tío, siempre me llamó la atención. Fue muy atento al principio, fue cariñoso, estaba pendiente de mí. Me llevaba cosas. Me llevaba al cine, me llevaba a bailar. Pero la droga… lo transformó.
A la semana siguiente, hizo contacto con su hermano, quien lo vio delgado, con las mejillas chupadas, los ojos perdidos y oliendo a calle. Su rehabilitación fue un proceso casi en solitario. Varios meses sin cocaína fueron difíciles, pero no más que intentar dejar el alcohol. Aún así lo intentó día tras día.
Muchas noches el diablo se le aparece. Le canta al oído las escenas duras que ha querido olvidar: las líneas, los baretos, las prostitutas, la música, la Policía, la familia que no tuvo.
Hace un año migró a Bogotá en busca de una mejor vida por la crisis. Su cuerpo y rostro no parecen de alguien que conozca la violencia más cruda de Venezuela. Se ve robusto, aunque todavía tiene varias angustias en la cabeza. Un pánico que no se ha ido del todo. Su madre, la que no pudo conocer porque lo abandonó cuando tenía un año, vive en Ecuador, y Bertil quiere llegar hasta allá. Para buscarla y que las pérdidas que ha tenido se difuminen. Tiene miedo porque han pasado 39 años, pero es eso o mantener el miedo al rojo vivo.
