Cada generación recibe de la anterior una forma de entender la vida, las relaciones, la familia, el trabajo y la manera en que hombres y mujeres ocupan un lugar dentro de la sociedad. Algunas de esas enseñanzas permanecen porque siguen teniendo valor; otras necesitan evolucionar porque fueron construidas en contextos muy distintos a los que vivimos hoy. Creo que precisamente ahí se encuentra uno de los grandes retos que tenemos quienes hoy somos padres, líderes, formadores o referentes para las nuevas generaciones: saber qué debemos conservar, qué necesitamos transformar y, sobre todo, cómo educar desde un mayor equilibrio.
Durante muchos años existieron ideas muy marcadas sobre lo que debía significar ser hombre y ser mujer. Al hombre se le enseñaba a ser fuerte, proveedor, protector y poco expresivo emocionalmente. A la mujer, en cambio, se le atribuían principalmente las responsabilidades relacionadas con el cuidado del hogar, los hijos y el bienestar de los demás. Con el tiempo, y gracias a importantes transformaciones sociales, muchas de esas estructuras comenzaron a cambiar. Las mujeres conquistaron espacios académicos, profesionales, empresariales y políticos que durante décadas les habían sido limitados, mientras también comenzó a discutirse una forma diferente de entender la masculinidad.
Estos cambios han sido necesarios y positivos. Sin embargo, considero que el siguiente paso no debería consistir en reemplazar un extremo por otro. No se trata de que las mujeres tengan que demostrar permanentemente que pueden asumir solas todas las responsabilidades que históricamente se asociaron con los hombres, ni de que los hombres tengan que renunciar a aquello que forma parte de su identidad para adaptarse a una nueva sociedad. El verdadero desafío está en construir relaciones mucho más equilibradas, donde cada persona pueda desarrollarse libremente y donde las responsabilidades no estén determinadas simplemente por el género.
La igualdad no debería entenderse como la obligación de ser idénticos. Hombres y mujeres pueden tener diferencias, formas distintas de relacionarse con el mundo e incluso maneras diferentes de aportar dentro de una familia o de un equipo. Lo importante es que esas diferencias nunca se conviertan en una justificación para limitar oportunidades, imponer responsabilidades o establecer relaciones de poder. Podemos ser distintos y, al mismo tiempo, tener el mismo valor, el mismo respeto y las mismas posibilidades de construir nuestro propio proyecto de vida.
En ese proceso, la educación que reciben nuestros hijos tiene una importancia enorme. Muchas de las ideas que después reproducimos como adultos empiezan en conversaciones muy pequeñas dentro del hogar. Un niño aprende qué significa ser hombre observando cómo se comportan los hombres que tiene cerca y escuchando las frases que repetimos sobre ellos. De la misma manera, una niña comienza a construir su percepción sobre lo que significa ser mujer a partir de aquello que observa en su familia y en su entorno.
Por eso debemos revisar con mayor conciencia algunos mensajes que durante años fueron considerados normales. Decirle de manera permanente a un niño que “los hombres no lloran”, que debe ser fuerte todo el tiempo o que algún día tendrá que encontrar “una buena mujer que lo atienda” puede parecer inofensivo, pero también puede transmitirle una idea muy limitada sobre las relaciones y sobre su propia manera de expresar emociones. Asimismo, educar a una niña diciéndole únicamente que debe demostrar que puede hacerlo todo sola puede llevarla a pensar que recibir apoyo, construir en pareja o permitir que otros la cuiden disminuye su independencia.
Tenemos la oportunidad de enseñar algo diferente. Podemos formar hombres capaces de expresar sus emociones, de asumir responsabilidades dentro del hogar, de participar activamente en la crianza de sus hijos y de reconocer el crecimiento profesional de una mujer sin sentir que eso amenaza su lugar. También podemos formar mujeres independientes, seguras de sus capacidades y con libertad para desarrollar sus proyectos, pero que comprendan que la fortaleza no consiste necesariamente en cargar solas con todas las responsabilidades. Podemos formar seres humanos que vean el respeto como una manera de comunicación asertiva y la comunicación mutua, como la mejor manera de sacar un proyecto adelante más rápido y con mayores oportunidades.
Creo que una de las palabras que debería tener mayor importancia en esta conversación es equipo. En el mundo empresarial hablamos permanentemente de trabajo en equipo porque sabemos que las organizaciones funcionan mejor cuando las personas reconocen sus fortalezas, distribuyen responsabilidades y entienden que el éxito colectivo depende de la capacidad de construir con otros. Ese mismo principio puede aplicarse a nuestras familias, nuestras relaciones y nuestra sociedad.
Un liderazgo cimentado
Después de muchos años liderando personas y acompañando procesos de crecimiento, he podido comprobar que los mejores resultados no aparecen cuando cada persona intenta demostrar que puede hacerlo todo sola. Aparecen cuando existe confianza, comunicación, reconocimiento y una verdadera capacidad para trabajar juntos. Una familia también necesita eso, al igual que una relación de pareja. Y una sociedad que quiere avanzar necesita aprender a construir desde ese mismo principio.
Por eso observo con interés lo que está ocurriendo con los millennials y con la Gen Z. Con frecuencia hablamos de estas generaciones desde la crítica. Decimos que cuestionan demasiado, que tienen prioridades diferentes o que no entienden el sacrificio de la misma manera que generaciones anteriores. Sin embargo, creo que también deberíamos reconocer todo lo positivo que están poniendo sobre la mesa.
Hoy vemos jóvenes hablando con mayor naturalidad sobre salud mental, bienestar emocional y equilibrio entre la vida personal y el trabajo. También vemos una mayor preocupación por el cuidado del medioambiente, por el origen de los productos que consumen y por el impacto que generan las empresas. Son generaciones que preguntan más, que cuestionan estructuras que antes parecían inamovibles y que están intentando construir una relación diferente con el éxito, con el trabajo y con su propia vida.
Eso no significa que todo lo que hagan esté bien ni que debamos idealizar a las nuevas generaciones. Como cualquier generación, tendrán que aprender, equivocarse y encontrar sus propios puntos de equilibrio. También están expuestas a una enorme cantidad de información, que los distrae y pierden su poder de concentración, así como discursos y tendencias que muchas veces las llevan de un extremo a otro. Precisamente por eso necesitan acompañamiento, referentes y conversaciones que no estén construidas desde la imposición, sino desde la capacidad de escuchar y orientar.
Nuestra responsabilidad no debería ser entregarles todas las respuestas, sino ayudarles a hacerse mejores preguntas. Qué tipo de relaciones quieren construir, cómo quieren distribuir las responsabilidades dentro de una familia, qué significa para ellos ser hombre o ser mujer, qué lugar ocupa el bienestar dentro de su concepto de éxito y qué clase de sociedad quieren dejar a quienes vienen después.
En medio de todas las dificultades que enfrentamos como sociedad, yo prefiero mirar este proceso con esperanza. Cuando una generación empieza a hablar de salud mental, sostenibilidad, relaciones más sanas, consumo responsable, propósito y bienestar, significa que hay preguntas nuevas sobre la mesa. Y cada transformación importante comienza precisamente cuando alguien se atreve a cuestionar aquello que durante años parecía normal.
Un aprendizaje constante
Todavía tenemos mucho por aprender. Hombres y mujeres seguimos intentando encontrar nuevas formas de relacionarnos sin perder nuestra identidad ni caer en extremos. Pero quizá el objetivo nunca debió ser demostrar quién puede hacer más o quién necesita menos al otro. Tal vez el verdadero progreso está en aprender a reconocernos como personas diferentes, con el mismo valor y con la posibilidad de complementarnos desde el respeto.
Los millennials que hoy están formando familias y educando hijos, la Gen Z que está entrando con fuerza a los espacios profesionales y las generaciones que vienen detrás tienen una enorme oportunidad. Pueden construir relaciones más conscientes, hogares con responsabilidades mejor compartidas y entornos laborales donde el bienestar y el desarrollo de las personas tengan un lugar real.
Y nosotros tenemos la responsabilidad de acompañarlos.
Porque educar una nueva generación no consiste solamente en prepararla académicamente o enseñarle a competir en el mundo laboral. También significa ayudarla a relacionarse, a respetar, a cuidar, a compartir responsabilidades y a entender que construir con otros no disminuye nuestra independencia.
Cuando observo muchas de las conversaciones que hoy están teniendo los jóvenes, creo sinceramente que existen razones para sentir esperanza. No porque ya hayamos encontrado el equilibrio perfecto, sino porque estamos empezando a hablar de él. Y eso significa que, aunque todavía queda mucho camino por recorrer, vamos por buen camino.
Carolina Rojas es Directora Independiente Elite Diamante Yanbal
