Muchas personas me preguntan cómo saco tiempo: tiempo para ser mamá, esposa, empresaria, leer, estudiar y mantenerme con vitalidad para hacer deporte. La verdad es que desde niña siempre estuve en movimiento: participaba en bailes y actividades deportivas, y aprovechaba todo lo que el colegio ofrecía. Ya de grande practiqué gimnasia y fui porrista de la Selección Colombia, no como profesional, sino como Gobie, esa mujer inquieta que disfruta ponerse retos. Hoy pienso que, así como uno debe alimentarse bien, también debe nutrir el cerebro y fortalecer los músculos.
Siempre lo he dicho: todas las mujeres somos un mundo diferente, con nuestros propios ritmos y realidades. Sin embargo, como buena empresaria, tengo una frase que me acompaña siempre: “Tú eres de quien te rodeas y te contagias de ello”. Hace poco, una competencia terminó convirtiéndose en una lección espiritual. El 18 de octubre tuve la oportunidad de participar en una competencia de guerreros. Lo hice para demostrarme a mí misma hasta dónde podía llegar, porque no todo es físico: también es mental.
Como les contaba, fui inquieta en muchas actividades y buena deportista, pero había algo que nunca dominé del todo: la resistencia. Aun así, me lancé a la aventura con la intención de ponerme a prueba durante una carrera de una hora y veinte minutos, superando obstáculos, atravesando aguas sucias, alzando bultos y enfrentando pruebas que exigían más voluntad que técnica.
Tenía la convicción de que respondería bien en fuerza y agilidad, pero me sentía insegura a la hora de mantener el ritmo durante la carrera. Estaba acompañada de un grupo de seis personas, cuatro de las cuales conocía del gimnasio. Empezamos juntos, pero, como pasa en la vida, el grupo se fue reduciendo: unos se adelantaron y otros tomaron su propio ritmo.
Y ahí aparecieron mis personas vitamina: una pareja, Lorena y Elkin. Nos quedamos los tres, dándonos ánimo para continuar.
Hubo un momento en el que dije: “No, acá ya me voy caminando relajada. Lo importante es llegar a la meta”. Pero Lorena y Elkin no me dejaron rendirme tan fácilmente. Me animaron, me hablaron y me recordaron que yo podía, aunque mi mente me dijera otra cosa. Fue entonces cuando conecté ese ejercicio con mi cotidianidad como empresaria, líder, amiga y mujer. La vida está llena de momentos en los que debemos seguir adelante, incluso cuando sentimos que no podemos más. En ese camino, hay quien nos critica, quien nos anima, quien se adelanta y quien nos deja atrás. Pero también hay personas que deciden acompañarnos, incluso cuando avanzar juntos exige más esfuerzo.
Esas personas que nos dan energía cuando creemos no tenerla y nos sostienen cuando nuestra mente quiere detenernos son las personas vitamina de nuestra vida.
Lorena y Elkin me dieron una hermosa lección ese fin de semana: muchas veces me creo débil, pero mi mente no tiene por qué vencerme cuando mi cuerpo todavía tiene fuerza y vitalidad para seguir adelante.
En la competencia vi personas de todas las edades, unidas por el mismo propósito que yo: llegar a la meta. Algunas tenían cara de arrepentimiento; otras, de determinación. Muchas estaban acompañadas por alguien que las animaba a continuar, incluso cuando esa persona podía avanzar más rápido por su cuenta. Me pareció una imagen hermosa, porque me recordó que, aunque empecemos acompañados, no todos recorremos el mismo camino al mismo ritmo. A veces tomamos a los demás como referencia, pero eso no significa que siempre vayan a avanzar a nuestro lado.
También he tenido la fortuna de encontrar Personas Vitamina que creen en mí y me tienen presente para nuevas oportunidades, incluso antes de que yo las pida. Son personas que me impulsan a crecer y a seguir escalando, tanto en lo personal como en lo profesional.
Quiero dedicar esta reflexión a Lorena, a Elkin, a mi esposo Miguel y a todas las personas que ayudan a otros a alcanzar sus metas, que los animan hasta el final sin importar los minutos que puedan “perder” en el camino. Lo verdaderamente valioso es descubrir de cuánto somos capaces cuando decidimos superar los obstáculos y, al mismo tiempo, contamos con alguien que nos impulsa a seguir.
En realidad, esta competencia fue contra mí misma. El premio fue igual para todos: un banano y una medalla. Pero la verdadera recompensa fue espiritual: entender que Dios puede darnos una lección de vida en algo tan sencillo como una competencia de guerreros.
Para mí fue una experiencia especialmente valiosa porque no solo observé el rendimiento físico de los participantes, sino también sus egos, sus silencios, sus luchas internas y la manera en que Dios pone en nuestro camino a quienes nos sostienen cuando más lo necesitamos.
Ahora quiero prepararme para acercarme a los 42 minutos que hizo el competidor que llegó primero. Pero también sé que, si en el camino tengo que renunciar a ese tiempo para ayudar a alguien más, lo haría sin dudar. Porque Dios no solo te prueba: también te acompaña. Y muchas veces lo hace a través de esas personas vitamina que él mismo pone en tu vida.
Katherine Lozano, CEO y Fundadora de Opertrans Colombia
