A mí también me encanta dormir un poquito más y, si tengo la oportunidad de quedarme viendo una buena película, probablemente encuentre razones maravillosas para ver la siguiente.
Me gusta disfrutar, descansar, conversar sin mirar el reloj y hacer planes que no necesariamente tienen que convertirse en algo productivo.
Y, sin embargo, hay algo que con los años he aprendido a valorar cada vez más: la disciplina.
Esa palabra que no siempre resulta tan emocionante como la inspiración, tan atractiva como la motivación ni tan misteriosa como la famosa ley de la atracción.
Nos encanta hablar del poder de visualizar nuestros sueños, de creer en nosotros mismos y de tener la voluntad para alcanzar lo que queremos. Y, sin duda, creo profundamente en todo eso.
Creo en el optimismo, en las posibilidades y en esa capacidad maravillosa que tenemos de imaginar algo que todavía no existe. Sin embargo, hay algo que he confirmado una y otra vez: las ganas pueden encender una idea, pero la disciplina es la que consigue mantenerla viva.
Definitivamente, imaginar es emocionante y empezar, casi siempre, también. Lo verdaderamente difícil viene después.
Cuando la novedad desaparece, cuando el resultado tarda, cuando algo que parecía sencillo se complica, cuando aparecen los errores, las dudas y esas pequeñas frustraciones que nadie incluye en el “famoso” camino del éxito, es entonces cuando comienza una parte de la historia que pocas veces vemos.
Hace poco viví la experiencia de preparar y compartir una conferencia, y ese proceso me recordó todo esto de una manera muy especial. Durante años he tenido la fortuna de presentar estrategias, liderar equipos, construir proyectos y participar en conversaciones de negocio, pero preparar una charla propia, a partir de una idea que quería compartir con otras personas, me llevó a descubrir otra dimensión del trabajo.
Una cosa es imaginar lo que quieres contar. Otra muy distinta es sentarte a escribirlo, cuestionarlo, reorganizarlo, ensayarlo, volver a empezar y encontrar la manera de convertir tus pensamientos en algo que realmente pueda conectar con alguien más.
Y no todos los días aparecen las ganas. Hay días en los que una idea no funciona, otros en los que las palabras no salen y muchos en los que cualquier otro plan parece bastante más atractivo.
Pero igual seguimos. Y pienso que ahí está una de las grandes diferencias entre querer hacer algo y comprometernos de verdad a hacerlo.
Durante mi carrera he aprendido a ser disciplinada. He tenido que serlo para asumir responsabilidades, liderar equipos, cumplir compromisos y sacar adelante proyectos que no siempre siguieron el camino que habíamos imaginado.
Pero también reconozco que todavía tengo muchísimo por fortalecer, porque la disciplina no es una virtud que conquistamos de una vez y para siempre. Es una capacidad que necesitamos practicar, cuidar y desarrollar continuamente.
Y sí, cuesta, porque no siempre lo conseguimos. Pero cada vez tengo más claro que quiero seguir fortaleciéndola. No para convertirme en alguien que nunca descansa o que siempre tiene todo bajo control, sino porque hay demasiadas cosas que todavía quiero aprender, crear y construir.
La disciplina no consiste en tener ganas todos los días. Consiste en recordar por qué vale la pena continuar, incluso cuando las ganas no aparecen.
Y esto también ocurre en los negocios. Detrás de una empresa que crece, de un emprendimiento que logra consolidarse o de un equipo que consigue transformar sus resultados, normalmente hay muchas decisiones pequeñas que nadie celebra.
La reunión que se hizo aunque los resultados no fueran buenos. El cliente al que se volvió a escuchar. El proceso que se corrigió por tercera vez. La idea que se probó, se midió y se ajustó antes de funcionar.
Debemos reconocer que no siempre se trata de acciones extraordinarias. Muchas veces son cosas sencillas, repetidas con una consistencia extraordinaria.
Para mí, una buena estrategia puede mostrarnos hacia dónde queremos ir, pero es la disciplina la que nos lleva a preguntarnos, todos los días, qué estamos haciendo para llegar.
Eso tampoco significa confundir la disciplina con la rigidez. Ser disciplinados no consiste en insistir ciegamente en algo que no funciona; al contrario, significa tener la constancia suficiente para aprender, ajustar el camino y seguir construyendo.
Tampoco significa vivir trabajando, renunciar al descanso o convertir cada minuto en una obligación. Creo que una buena disciplina debería ayudarnos a construir una vida en la que haya espacio para trabajar bonito, disfrutar, aprender y seguir encontrando razones para emocionarnos.
Descansar no es abandonar y cambiar de estrategia no es rendirse. Tampoco avanzar más despacio significa haber dejado de avanzar.
A veces, la disciplina será levantarnos temprano; otras veces, terminar lo que empezamos, cumplir una promesa, tener una conversación pendiente o volver a intentarlo después de equivocarnos.
Y, en ocasiones, será precisamente saber detenernos para recuperar la energía que necesitamos.
No sé si existe una fórmula para el éxito. Sospecho que no. Pero sí creo que hay una relación muy poderosa entre aquello que soñamos y lo que estamos dispuestos a hacer, una y otra vez, para acercarnos a ello.
Yo tengo claro que quiero seguir aprendiendo, creando y descubriendo, porque quiero seguir encontrando personas, ideas y proyectos que me recuerden que todavía hay un mundo fascinante por explorar.
Sé que no siempre tendré la disciplina que quisiera. Habrá días mejores que otros, momentos de entusiasmo y otros en los que me costará bastante más continuar.
Pero tengo claro que quiero seguir fortaleciéndola, porque sería una lástima que tantas posibilidades se quedaran esperando simplemente porque no fui lo suficientemente constante para salir a buscarlas.
Cada vez estoy más convencida de que la magia no siempre aparece en los grandes momentos. Muchas veces está en esas pequeñas decisiones que repetimos hasta que, un día, algo extraordinario empieza a suceder.
Laura Martínez Rodríguez, consultora y speaker en Estrategia y Transformación comercial
