Hace poco imaginaba una situación que probablemente muchos padres han vivido: un niño recibe el juguete que llevaba semanas pidiendo. Sus padres, felices de verlo sonreír, lo observan mientras rompe el empaque y empieza a jugar. Sin embargo, unos minutos después, el juguete queda abandonado en un rincón y aparece una nueva petición: “¿Cuándo me compras el otro?”
Detrás de esta escena puede haber una mezcla de frustración, desconcierto y tristeza. Porque no se trata solamente del dinero que costó ese regalo, sino de la sensación de que el esfuerzo por hacerlo feliz parece no ser suficiente. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿en qué momento dejamos de disfrutar lo que tenemos para empezar a desear lo que nos falta?
Vivimos en una época en la que la inmediatez hace parte de nuestra cotidianidad. Con unos cuantos clics conseguimos lo que necesitamos, pedimos comida sin salir de casa y recibimos respuestas casi instantáneas. Sin darnos cuenta, esa dinámica también puede trasladarse a la crianza. Queremos que nuestros hijos estén felices, resolvemos rápidamente sus inconformidades y, muchas veces, terminamos entregándoles aquello que piden para evitar una rabieta, compensar nuestra ausencia o darles las oportunidades que nosotros no tuvimos.
Lo hacemos por amor, claro. Pero precisamente por amor debemos preguntarnos si estamos preparándolos para la vida que tendrán que enfrentar o si, intentando evitarles cualquier frustración, estamos dificultándoles el aprendizaje de algo esencial: comprender que no todo se obtiene inmediatamente, que las cosas requieren cuidado y que la felicidad no depende de tener siempre algo nuevo.
Enseñar a valorar es uno de los grandes retos de la crianza, porque exige, muchas veces, ir en contra de nuestros propios impulsos como adultos. Nos corresponde aprender a decir “no” sin sentirnos culpables, sostener un límite aunque aparezca el llanto y comprender que ver a nuestros hijos frustrados no significa que estemos fallando como padres. No tenemos que evitarles todas las emociones difíciles; tenemos que acompañarlos para que aprendan a gestionarlas.
Esto implica revisar nuestros propios hábitos. ¿Compramos porque realmente lo necesitan o porque queremos compensar el tiempo que no compartimos? ¿Les damos lo que piden porque lo consideramos conveniente o porque nos cuesta tolerar su inconformidad? ¿Estamos enseñándoles a disfrutar lo que tienen o les transmitimos, sin querer, que siempre necesitan algo más para sentirse felices?
El cambio empieza con pequeños gestos. Podemos establecer una pausa antes de comprar un juguete, guardar en una lista aquello que desean y revisarla unos días después. También podemos invitarlos a cuidar sus pertenencias, reparar lo que sea posible y participar en tareas sencillas en casa. Si protestan porque no obtienen lo que quieren, podemos validar su emoción sin cambiar necesariamente nuestra decisión: “Entiendo que lo quieras y que estés triste, pero hoy no lo vamos a comprar”.
Al principio, puede costar. Los niños acostumbrados a recibir respuestas inmediatas pueden protestar, insistir o aburrirse. La clave está en la constancia, no en esperar que comprendan todo desde la primera conversación. No se trata de hacerlos sentir culpables por tener cosas, sino de enseñarles que pueden disfrutarlas sin depender de ellas.
¿Y qué papel cumple el jardín infantil en este aprendizaje?
Este aprendizaje no ocurre únicamente en casa. Desde mi experiencia como directora de una sede de Dreams Kindergarten, he podido reconocer el papel que cumple el jardín infantil como espacio para poner en práctica, en la convivencia cotidiana, muchos de los aprendizajes que comienzan en familia. Allí, los niños no solo descubren nuevas formas de jugar y aprender; también empiezan a comprender que convivir implica reconocer al otro, respetar acuerdos, esperar y cuidar aquello que comparten.
En casa, un niño puede tener sus juguetes disponibles casi todo el tiempo. En el jardín, en cambio, descubre que otro compañero también quiere utilizar ese material, que a veces debe esperar su turno, que puede pedir prestado y que necesita devolver aquello que le han confiado. Aprende que compartir no significa perder, que prestar requiere confianza y que cuidar un objeto también es una manera de respetar a quien lo utiliza.
Son situaciones que parecen pequeñas, pero en ellas se construyen aprendizajes profundos. Cuando dos niños quieren el mismo juguete, el adulto puede acompañarlos para que expresen lo que sienten, negocien turnos y encuentren una solución. Cuando uno presta un cuento y el otro lo devuelve en buen estado, ambos experimentan el valor de la confianza y la responsabilidad. Cuando recogen juntos los materiales del salón, comprenden que aquello que es de todos también merece cuidado.
Estos aprendizajes no ocurren de un día para otro ni por el simple hecho de asistir a un jardín infantil. Requieren educadores que acompañen, ambientes preparados para la convivencia y un trabajo coherente con las familias. Por eso, el jardín también puede convertirse en un aliado importante de los padres: ofrece oportunidades para que los niños practiquen habilidades sociales y emocionales que serán fundamentales a lo largo de su vida.
Además, hay algo que ningún juguete puede reemplazar: la posibilidad de construir vínculos y recuerdos. Una canción compartida, una actividad en equipo, una conversación durante el tiempo de juego o la alegría de conseguir juntos un objetivo les enseñan que la conexión con otros puede ser mucho más gratificante que la posesión de un objeto.
Los niños necesitan cosas para jugar, pero, sobre todo, necesitan personas que los acompañen y les enseñen a vivir.
Familia y jardín, por tanto, no deben recorrer este camino por separado. Cuando ambos refuerzan el cuidado, la gratitud, los límites y la importancia de compartir, el aprendizaje se vuelve más consistente y significativo. La coherencia entre lo que se enseña en casa y lo que se acompaña en el jardín les permite a los niños comprender que estos valores no dependen del lugar en el que se encuentren, sino de la manera en que aprendemos a relacionarnos con los demás y con nuestro entorno.
Si hoy sientes que tu hijo pide constantemente, se aburre de todo o parece no valorar lo que recibe, no significa que hayas llegado tarde. Puedes empezar con una tarde sin compras, un juego compartido, una conversación o un límite sostenido con amor. Los cambios más importantes suelen comenzar con acciones sencillas que repetimos cada día.
Al final, nuestra responsabilidad no es conseguir que nuestros hijos tengan menos cosas, sino ayudarlos a comprender que las cosas, por sí solas, no construyen una vida plena. Porque quizá el verdadero éxito de la crianza no consista en que puedan tener todo lo que desean, sino en que aprendan a disfrutar lo que tienen, respetar lo que otros les confían y reconocer que los momentos más valiosos de la vida no siempre vienen envueltos en papel de regalo.
María del Mar Torres Triana, propietaria y gerente Sede Cedritos de Dreams Kindergarten
