“Yo no quiero algo muy grande.” “Yo no quiero que se vea exagerado.” “Yo no quiero ir por la calle y que la gente diga: uf, qué vulgar.” “Quiero algo lindo, con lo que me sienta cómoda conmigo misma.”
Eso es lo que me dicen hoy las pacientes cuando llegan a Ciruplástica. Casi con las mismas palabras, como si se hubieran puesto de acuerdo. Y cada vez que lo escucho me acuerdo de cómo era esto cuando empecé.
En ese entonces, las pacientes llegaban diciéndome: «Póngame la talla más grande», «Yo quiero que se me note bastante que me operé». Pedían más busto, más cola, menos cintura. Nadie se preguntaba si eso le iba a quedar bien a esa mujer, con su estatura, con su espalda, con la vida que llevaba. Muchas veces, la decisión la tomaba el cirujano, según lo que a él le parecía bonito. La paciente confiaba, se dejaba llevar y terminaba con un cuerpo que no era el suyo.
En Colombia, ese gusto tiene historia, y la conocemos todos. Crecimos viendo cómo se aplaudían los cuerpos exagerados en la televisión, en las telenovelas y en una cultura marcada también por el narcotráfico, donde la mujer era casi un adorno para mostrar. A eso le dicen narcoestética. A muchos les incomoda la palabra, pero fue lo que vivimos. Durante años, buena parte de la cirugía plástica en este país se hizo pensando en la mirada masculina.
La estética también habla de dinero. Hoy, las mujeres con más acceso a la información suelen ser las primeras en pedir que no se note, y lo natural se volvió casi un símbolo de estatus. Pero ese estatus no es exclusivo de unas pocas. Muchas de nuestras pacientes hacen un esfuerzo enorme para operarse, ahorran durante años y llegan pidiendo exactamente lo mismo: verse bien sin que se vea exagerado. Lo que me preocupa es la mujer a la que, por necesidad, convencen de operarse en un garaje. A la que le prometen que con un cuerpo más voluptuoso va a aumentar sus ingresos, que todo le va a llegar. Yo no la culpo. Esta sociedad sigue siendo muy difícil para las mujeres, y la presión sobre la estética nos afecta a todas, sin importar nuestra condición económica. Que una mujer pueda lograr un resultado proporcionado y natural y, sobre todo, sentirse segura no debería depender de cuánto dinero tiene.
De todo este cambio, lo que más me mueve es la razón por la que hoy se operan. Antes era muy común escuchar en consulta: «Mi esposo dice que las quiere bien grandes» o «Mi esposo quiere que me ponga harta grasa en la cola». Hoy es muy raro que una mujer me diga algo así. Casi ninguna me habla de un hombre. Me hablan de ellas. De la ropa que dejaron de ponerse, de la piscina con los hijos a la que no quisieron ir en vestido de baño, de la foto familiar en la que se esconden detrás de alguien.
Las mamás me lo han enseñado más que nadie. Mujeres que tuvieron dos o tres hijos, que pasaron quince o veinte años pensando en todos menos en ellas y que un día decidieron que ya era su turno. Lo que quieren es volver a sentirse ellas mismas, sin parecerse a nadie. Muchas llegan con culpa, como pidiendo permiso, como si cuidarse fuera un capricho que no se merecen. No todas, pero sí más de las que uno se imagina.
Ya sé lo que algunos van a decir: que lo natural es otra moda, que en unos años vuelven los volúmenes grandes y todo el mundo va detrás de ellos. Puede pasar, las tendencias cambian. Pero hay algo que me hace pensar que esta vez es distinto, y es quién está tomando la decisión. Ya no la toma el cirujano, ni la televisión, ni el marido. La toma ella. Y una mujer que decidió por sí misma difícilmente va a volver a pedir algo que la haga sentir incómoda.

Los que trabajamos en cirugía plástica tenemos que ser más conscientes y estar a la altura. Tenemos que saber escuchar y entender a las mujeres. Yo, como mujer, me pongo muchísimo en sus zapatos. Y tengo algo claro: hasta que la paciente, el cirujano y el equipo que la acompaña no estemos plenamente de acuerdo con lo que vamos a hacer, es mejor no hacerlo. Todavía llegan pacientes pidiendo volúmenes exagerados. Es raro, pero pasa. Cuando eso ocurre, nos tomamos el tiempo de explicarles los riesgos, las incomodidades y los malestares que podrían experimentar con esa opción. Y la gran mayoría de las veces nos abstenemos de hacerla.
Cuando una paciente me dice “quiero algo lindo con lo que me sienta cómoda conmigo misma”, yo sé que me está pidiendo lo más difícil de lograr: un resultado que nadie note en la calle y que ella sienta todos los días. Las mujeres que deciden operarse no lo hacen para mostrarle al mundo lo lindas que quedaron. Lo hacen para demostrarse a sí mismas que siguen teniendo autonomía sobre su cuerpo.
Angélica Castillo Morales, gerente General de Ciruplástica
