OPINIÓN

Nazly Riveros Rodríguez

El personaje detrás del poder

La imagen que construimos para alcanzar el éxito puede abrirnos puertas, pero también convertirse en una prisión. Una reflexión de Nazly Riveros sobre la identidad, la marca personal y los riesgos de confundir el personaje que proyectamos con quien realmente somos, especialmente cuando ejercemos el poder.
21 de octubre de 2026 a las 4:50 p. m.

¿Cuánto de lo que mostramos al mundo refleja nuestra verdadera identidad y cuánto responde al personaje que hemos aprendido a interpretar?

Todos, en algún momento, construimos un personaje. Algunos para sobrevivir, otros para encajar, ganar respeto, conquistar espacios o alcanzar el éxito. No necesariamente por falsedad. Muchas veces, por necesidad.

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Pensemos en el presidente Abelardo de la Espriella. Más allá de cualquier afinidad política, ha construido una identidad pública reconocible: su estética, su discurso y su manera de proyectar autoridad. Una imagen que trasciende al abogado y al empresario, y que hoy acompaña al jefe de Estado.

Pero ¿qué hay detrás del personaje? No pretendo responderlo en su caso particular. Me interesa una pregunta más amplia: ¿qué sucede cuando la imagen que construimos para conquistar un espacio termina convirtiéndose en una obligación de la que no podemos escapar?

El fenómeno no es exclusivo de la política. Lo vemos en las juntas directivas, las compañías y nuestra vida cotidiana.

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El ejecutivo que siente que nunca puede equivocarse. La mujer que aprende a endurecer su carácter para que su voz tenga el mismo peso. El empresario que proyecta éxito incluso cuando los números no acompañan. El líder que aparenta tener todas las respuestas mientras enfrenta sus propias incertidumbres.

A veces, el personaje no nace de la vanidad. Nace de la necesidad de ser aceptados en escenarios donde nuestra autenticidad parece no ser suficiente.

Esa construcción puede convertirse en una herramienta extraordinaria. Desarrollamos seguridad, carácter, influencia y reconocimiento. Incluso nos permite llegar a lugares que parecían inalcanzables. El riesgo aparece cuando confundimos nuestra identidad con aquello que proyectamos.

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He conversado con líderes que parecen tenerlo todo bajo control, pero reconocen el desgaste de sostener permanentemente esa imagen. El personaje exitoso también impone condiciones: no puede mostrar miedo, dudar demasiado, fracasar públicamente ni decepcionar las expectativas que ha creado.

Construimos personajes para abrir puertas, pero algunas veces terminamos encerrados detrás de ellas.

Hay una responsabilidad adicional cuando alcanzamos posiciones de poder. La necesidad de demostrar fortaleza puede convertirse en autoritarismo; la obsesión por proyectar éxito, en incapacidad para reconocer errores; el temor a perder relevancia, en resistencia a escuchar.

En ese punto, el personaje deja de ser un asunto personal. Empieza a influir en las decisiones, en las relaciones y en quienes dependen de nuestro liderazgo.

No cuestiono la ambición, la construcción de una marca personal ni la capacidad de adaptarnos. Sería ingenuo desconocer que la imagen también comunica liderazgo. Cuestiono el momento en que protegerla se vuelve más importante que defender nuestras convicciones.

Tampoco propongo abandonar las versiones que tanto esfuerzo nos ha costado desarrollar. Algunas han sido determinantes para abrirnos camino. Lo importante es conservar la libertad de evolucionar, equivocarnos, cambiar de opinión y reconocer nuestras contradicciones.

Una cosa es construir una imagen para ejercer el poder y otra muy distinta es terminar siendo gobernados por ella.

¿Quién queda cuando desaparecen los títulos, los aplausos, las cámaras y las expectativas? ¿Cuántas decisiones hemos tomado para proteger una reputación, incluso a costa de nuestras propias convicciones?

Hay personajes que nos ayudan a conquistar el mundo. Y eso me encanta. Hace parte del liderazgo, de la ambición y de la estrategia. No encuentro nada reprochable en construir una versión más fuerte, segura y competitiva de uno mismo. Incluso puede ser una de las decisiones más estratégicas de nuestra vida.

Lo que sí cuestiono es perder la capacidad de decidir por encima de esa construcción. Ninguna posición de poder, reconocimiento o éxito justifica renunciar a nuestra identidad ni convertirnos en prisioneros de la imagen que nosotros mismos decidimos crear.

Nazly Riveros Rodríguez, consultora estratégica