Hace unas semanas participé en un foro nacional sobre acreditación en salud. Estuve en una mesa con gerentes de instituciones que llevan años construyendo sistemas de gestión rigurosos, sometiéndose a evaluaciones externas exigentes y sosteniendo estándares que van mucho más allá de lo que la norma exige. Y una pregunta me acompañó durante toda la jornada: ¿por qué hay tan pocas?
No es una pregunta retórica. Es una pregunta de gestión. Si la acreditación transforma las instituciones, mejora los resultados en salud, reduce riesgos y protege a los pacientes, ¿qué hace que la gran mayoría del sistema prefiera no recorrer ese camino?
La respuesta más honesta que encontré es esta: porque el sistema no diferencia.
Una institución que invierte años en transformar su cultura, en formar sus equipos, en verificar externamente que su calidad es real, compite en el mercado exactamente igual que una que hace lo mínimo para cumplir los requisitos habilitantes. Mismo precio, mismo contrato, mismo trato. Si la calidad superior no genera ventaja, el incentivo para construirla se debilita.
Eso me parece uno de los problemas estructurales más importantes del sector salud colombiano, y uno de los menos discutidos. Hablamos mucho de cobertura, de financiación, de tarifas. Hablamos poco de qué señales le está enviando el sistema a las organizaciones que quieren hacer las cosas excepcionalmente bien.
En Previsalud llevamos años apostando por la calidad como un estándar verificado, no como un ejercicio de imagen. Una de nuestras instituciones cuenta con Acreditación en Salud, una de las pocas en la región Caribe colombiana. Todas nuestras empresas mantienen certificaciones ISO renovadas por ICONTEC. Esas no son decisiones baratas ni sencillas. Requieren inversión, disciplina, cultura y una convicción de fondo: que la calidad no es una obligación regulatoria que hay que cumplir, sino una forma de gobernar que protege a los pacientes, a los equipos y a la organización.
Pero sería deshonesto de mi parte decir que ese esfuerzo siempre encuentra el reconocimiento que merece en el mercado. No siempre lo encuentra. Y esa es la tensión que más me preocupa: no la de construir calidad, sino la de sostenerla en un entorno que rara vez la premia.
Lo que más me llevé del foro es una convicción que ya tenía pero que salió reforzada: la calidad superior en salud no debería ser una decisión voluntaria de organizaciones iluminadas. Debería ser la dirección hacia la que apunta el sistema completo con incentivos reales, con diferenciación visible y con consecuencias concretas para quienes la alcanzan y para quienes no la persiguen.
Hasta que eso ocurra, quienes apostamos por la calidad lo seguiremos haciendo por convicción. Pero el sistema de salud colombiano no puede depender indefinidamente de la convicción de unos pocos para garantizar que la atención que reciben las personas sea buena.
Catalina Gutiérrez de Piñeres, CEO de Previsalud
