Hace unas semanas, en una reunión con otras líderes empresariales, alguien hizo una pregunta que pareció simple y no lo era: ¿cuándo fue la última vez que te hiciste un chequeo preventivo? El silencio que siguió dijo más que cualquier respuesta.
Somos mujeres que gestionamos organizaciones, que tomamos decisiones complejas todos los días, que exigimos rigor y seguimiento en cada proceso que lideramos. Y sin embargo, cuando se trata de nuestra propia salud, postergamos con una facilidad que nos costaría mucho si la aplicáramos a cualquier otro asunto que consideramos importante.
No lo digo desde afuera. Lo digo porque me reconozco en esa tendencia.
El cáncer de mama es hoy el más frecuente entre las mujeres en Colombia y en el mundo. Y la evidencia es clara: detectado a tiempo, las probabilidades de tratamiento exitoso son muy altas. El problema no es la información. El problema es la distancia que existe entre saber algo y actuar en consecuencia. Esa distancia se llama postergación, y tiene muchas formas: la agenda que no da espera, la sensación de que “por ahora estoy bien”, la incomodidad de poner las propias necesidades por delante de las de los demás.
Las mujeres que ocupamos cargos de liderazgo cargamos con una paradoja particular. Somos quienes más promovemos el cuidado en nuestras organizaciones, quienes más insistimos en el bienestar de los equipos, quienes más hablamos de humanización. Y muchas veces somos las últimas en aplicarnos ese mismo criterio.
He aprendido, no sin dificultad, que cuidarse no es un acto egoísta. Es un acto de responsabilidad. Con las personas que dependen de nosotras en el trabajo, con la familia, y sobre todo con nosotras mismas. Una líder que se agota, que ignora las señales de su propio cuerpo, que pospone lo que necesita porque siempre hay algo más urgente, no está siendo más fuerte: está siendo menos sostenible.
La prevención no empieza en el consultorio. Empieza en la decisión de tomarse en serio lo que el cuerpo necesita. En agendar ese control que lleva meses postergado. En normalizar que hacerse un examen preventivo no es una señal de debilidad ni de tiempo perdido: es una decisión inteligente.
Octubre me recuerda algo que debería ser una práctica de todo el año: que el autocuidado no es un lujo para cuando haya tiempo. Es una condición para poder hacer todo lo demás.
Prevenir también es dormir las horas que el cuerpo necesita, mover el cuerpo, aprender a desconectarse. No como disciplinas adicionales en una agenda ya llena, sino como parte de lo que significa tomarse en serio la propia vida.
Si lees esto y tienes pendiente una mamografía, un chequeo, una consulta que llevas meses aplazando: este es el momento. No porque sea octubre. Sino porque siempre hay una razón para esperar, y ninguna de ellas vale más que tu salud.
Catalina Gutiérrez de Piñeres, CEO de Previsalud
