OPINIÓN

Elizabeth Jaraba Baza

Detrás de cada empleado hay una familia, no solo una nómina

Detrás de cada empleado hay una familia, detrás de cada familia hay sueños y detrás de cada decisión empresarial hay consecuencias que no siempre aparecen en un balance financiero.
21 de octubre de 2026 a las 2:56 p. m.

Hace unos meses tuve que cerrar una de las experiencias laborales más difíciles de mi vida. Una etapa que terminó de una manera que jamás imaginé, ni como empleada, ni como profesional, ni como líder, ni como persona.

Como empleada, me quedé sin trabajo, sin recibir mi salario y sin el pago de las obligaciones laborales que me correspondían. Como líder, tuve que enfrentar las preguntas de un equipo que esperaba respuestas que yo misma no tenía. Y como profesional, comencé a cuestionarme en qué momento habían cambiado las circunstancias, cuáles fueron las señales que no logré identificar y cómo una experiencia a la que había dedicado tanto esfuerzo podía terminar de aquella manera.

Pero quizás lo que más dolió fue la forma.

La incertidumbre, la ausencia de respuestas y la decepción de descubrir que los valores en los que había confiado no necesariamente se reflejaban en las decisiones y acciones que estaban pasando frente a mi.

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Durante los primeros días me costaba creer que realmente había llegado el final. Seguía esperando respuestas, alguna solución, algo que permitiera entender lo sucedido. Pero los días pasaron, las respuestas no llegaron y los pagos tampoco.

Y entonces tuve que cerrar y continuar. No porque hubiera dejado de doler, sino porque las responsabilidades personales no desaparecen cuando se termina una relación laboral y porque ya no había nada que yo pudiera hacer si las respuestas nunca llegaron. Las cuentas siguen llegando, los compromisos permanecen y la vida no se detiene mientras esperamos que alguien responda.

En medio de todo lo que estaba viviendo, compartí mi experiencia con alguien y recibí una respuesta que, lejos de tranquilizarme, me dejó pensando: “Eso que te pasó es más común de lo que crees”.

Recuerdo que lo primero que pensé fue: ¿de verdad? ¿En qué momento se volvió tan común escuchar que una empresa deja de cumplir con sus obligaciones laborales? ¿En qué momento empezamos a normalizar que las personas se queden sin salario, sin respuestas y sin la estabilidad que creían tener?

Y, sobre todo, ¿en qué momento algunos empresarios olvidaron que detrás de cada decisión hay personas que dependen de ellos?

No sé qué tan frecuente sea realmente que esto ocurra, pero me inquietó profundamente la naturalidad con la que alguien podía describir una situación que para mí había sido tan dolorosa.

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Porque que algo suceda con frecuencia no significa que deba parecernos normal. Y mucho menos que debamos aceptarlo como una consecuencia inevitable de hacer empresa.

Esa conversación me llevó a una reflexión que hoy quiero compartir, especialmente con quienes han decidido emprender, construir empresa o asumir la responsabilidad de liderar una organización.

¿Son realmente conscientes de la responsabilidad que se adquiere cuando se decide crear una empresa?

Emprender suele asociarse con sueños, independencia, crecimiento, rentabilidad y generación de empleo. Y está bien que así sea. Necesitamos empresarios que se atrevan a construir, invertir y generar oportunidades.

Pero pocas veces hablamos de lo que significa convertirse en responsable de la estabilidad económica de otras personas.

Porque cuando una empresa contrata a alguien, no está incorporando únicamente un cargo a su estructura organizacional. Está entrando, de alguna manera, en la vida de una persona que tiene compromisos, expectativas, necesidades y una familia que posiblemente depende de ese ingreso.

Detrás de cada salario hay una historia.

Hay padres y madres que trabajan para darles mejores oportunidades a sus hijos. Hay jóvenes que están construyendo su independencia. Hay personas que sostienen económicamente a sus padres, que pagan sus estudios, que tienen créditos, que sueñan con comprar una casa o que simplemente trabajan todos los días para llegar a fin de mes.

Personas que se levantan cada mañana, cumplen con sus responsabilidades, entregan su tiempo, su conocimiento y su esfuerzo, confiando en que al final del mes recibirán aquello por lo que trabajaron.

Y aunque en los estados financieros esas obligaciones se reflejen como cifras, en la vida de las personas representan mucho más.

Lo que para una empresa puede ser una decisión financiera, para una familia puede convertirse en una crisis.

Por eso creo que la responsabilidad empresarial no comienza cuando una organización alcanza determinado tamaño ni termina con el cumplimiento de una nómina.

¿Por qué tener miedo del crecimiento de otros, si también eleva el tuyo?

Comienza desde el momento en que alguien decide construir un negocio que dependerá del trabajo de otras personas.

Implica planear, anticipar riesgos, administrar responsablemente los recursos, reconocer cuándo las cosas no están funcionando y, sobre todo, comprender que las decisiones empresariales tienen consecuencias humanas.

Por supuesto, ninguna organización está exenta de atravesar dificultades. Los mercados cambian, los negocios pueden perder rentabilidad y existen circunstancias que incluso pueden llevar al cierre de una empresa.

Fracasar empresarialmente no convierte automáticamente a alguien en un mal empresario. Pero la manera en que se enfrenta ese fracaso sí dice mucho sobre el liderazgo y los valores de quienes están al frente.

Porque cuando las cosas van bien, es fácil hablar de cultura organizacional, sentido de pertenencia, bienestar y compromiso. Es fácil promover valores corporativos, hablar de las personas como el activo más importante y celebrar los resultados alcanzados gracias al trabajo de los equipos.

El verdadero desafío aparece cuando las decisiones son difíciles y las respuestas dejan de ser sencillas.

Es precisamente en esos momentos cuando la transparencia, la empatía y la responsabilidad deberían hacerse más visibles.

No se trata de prometer soluciones imposibles ni de desconocer las dificultades financieras. Se trata de actuar con honestidad, comunicar oportunamente, buscar alternativas y no olvidar que del otro lado hay personas que necesitan tomar decisiones sobre sus propias vidas.

Porque la responsabilidad de un empresario no se limita a generar empleo. También implica responder por los compromisos que adquiere con quienes hacen posible su negocio.

Y en medio de estas situaciones hay otra realidad de la que poco hablamos: la de quienes ocupan posiciones de liderazgo, pero tampoco tienen el poder de cambiar lo que está sucediendo.

En Recursos Humanos somos muchas veces el rostro de las decisiones de una empresa. Somos quienes comunicamos, acompañamos, escuchamos las preocupaciones y tratamos de encontrar respuestas. Pero eso no significa que todas las decisiones estén en nuestras manos.

Detrás de un cargo también hay un empleado. Alguien que depende de su salario, que tiene responsabilidades personales y familiares, que construye expectativas y que confía en que los compromisos adquiridos con él también serán respetados.

A veces olvidamos que quien está del otro lado de una conversación difícil puede estar viviendo exactamente el mismo dolor.

Yo también tuve miedo. También sentí frustración. También esperé respuestas que nunca llegaron. También tuve que reorganizar mi vida y enfrentar las consecuencias de decisiones que no estaban bajo mi control.

Y quizás eso fue lo que más me marcó de toda esta experiencia: comprender que podemos estar del mismo lado de una situación dolorosa y, aun así, no alcanzar a reconocer el sufrimiento del otro.

Porque cuando una organización atraviesa una crisis, las consecuencias no distinguen necesariamente entre cargos, niveles jerárquicos o años de experiencia. Todos podemos terminar siendo afectados, aunque nuestras responsabilidades y nuestra capacidad de decisión sean diferentes.

Por eso, antes de crear una empresa, de contratar al primer empleado o de tomar una decisión que comprometa su estabilidad, vale la pena hacerse algunas preguntas.

¿Estoy preparado para asumir la responsabilidad que implica tener personas a mi cargo? ¿Estoy tomando decisiones pensando únicamente en los resultados financieros o también en sus consecuencias humanas? ¿Qué haría si mañana mi empresa no pudiera cumplir con los compromisos que adquirió?

Y quizás la pregunta más importante: ¿estoy dispuesto a actuar con la misma integridad en los momentos difíciles con la que hablo de mis valores cuando todo marcha bien?

No escribo estas palabras desde el resentimiento. Las escribo desde el aprendizaje que deja vivir una situación que jamás pensé que tendría que enfrentar.

No desconozco el dolor de quienes también resultaron afectados. Sé que detrás de cada obligación incumplida hay historias, familias, compromisos y sueños que se vieron afectados. Yo también fui una de esas personas.

Y aunque las experiencias difíciles pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, sigo creyendo profundamente en el emprendimiento, en el desarrollo empresarial y en el poder que tienen las organizaciones para transformar vidas.

Pero también creo que necesitamos hablar más de responsabilidad, no solamente de crecimiento. De sostenibilidad, no solamente de rentabilidad. Y de personas, no solamente de resultados.

Porque generar empleo es una oportunidad extraordinaria para contribuir al desarrollo de una sociedad, pero también es una responsabilidad que no debería asumirse a la ligera.

Hoy continúo construyendo mi camino profesional, con la misma convicción de que las personas son el corazón de cualquier organización. Quizás con una mirada más crítica, pero también más consciente del tipo de liderazgo que quiero ejercer y promover.

Si algo me dejó esta experiencia, es la certeza de que las empresas no se miden únicamente por cuánto facturan, cuántos empleados tienen o qué tan rápido crecen.

También deberían medirse por la manera en que responden cuando las cosas dejan de salir como esperaban.

Y vuelvo a aquella conversación que tanto me hizo pensar. Quizás estas situaciones sean más comunes de lo que imaginamos, pero me niego a creer que por eso debamos acostumbrarnos a ellas.

Porque detrás de cada empleado hay una familia, detrás de cada familia hay sueños y detrás de cada decisión empresarial hay consecuencias que no siempre aparecen en un balance financiero.

Y si algún día dejamos de sorprendernos cuando esos compromisos se incumplen, quizás el problema ya no sea solamente de quienes toman esas decisiones, sino también de una sociedad que ha comenzado a ver como normal lo que nunca debería serlo.

Elizabeth Jaraba Baza, Senior HR Consultant Elevate Group