OPINIÓN

Natalia Zuleta Triana

Las heridas invisibles del amor

En esta columna, una reflexión sobre las heridas que dejan las relaciones afectivas, el desafío de recuperar la propia voz y la importancia de aprender a amar sin renunciar a la identidad personal.
26 de octubre de 2026 a las 6:49 p. m.

¿Por qué hablar de las heridas del amor? Porque todo lo que sucede en ese territorio marca nuestras vidas. El amor es esa fuerza creativa universal que nos une y nos contiene, pero también un mapa en el que podemos leer nuestro camino existencial. En nuestras relaciones románticas, familiares, sociales y laborales vamos descubriendo quiénes somos, qué anhelamos y dónde nos duele la vida.

En mi camino de cambios y búsqueda espiritual he comprendido que aprender a amar es una de las grandes tareas que tenemos desde que nacemos. Aprendemos en la práctica, en la puesta en escena de nuestras relaciones, a través de pruebas, errores, triunfos y fracasos. En ese recorrido también construimos una intimidad con nosotros mismos: una forma de mirarnos, reconocer nuestro valor y elegir los pilares sobre los que queremos sustentar nuestra vida.

Una de las experiencias que más me ha marcado en ese aprendizaje es mi divorcio. Fue un punto de quiebre que me enfrentó a las lecciones de un curso acelerado de independencia y autoconocimiento. Y es que, en el amor de pareja, a veces tendemos a desaparecer como individuos. Eso es una puñalada a nuestra identidad. Reconocerlo nos confronta con preguntas sobre quiénes somos, qué queremos y cuánto de nosotros hemos dejado de escuchar.

Creo que las mujeres podríamos hablar con propiedad de esas pesadas pieles que cargamos por compromiso moral, por miedo a decepcionar o por temor a estar solas. A veces nos acostumbramos tanto a sostener una relación que dejamos de preguntarnos cómo nos sentimos dentro de ella. Seguimos cumpliendo, acompañando y resolviendo, mientras nuestros deseos quedan relegados.

El miedo de revelar que hemos vivido

Las heridas del amor muchas veces son invisibles porque aprendemos a vivir con ellas. Algunas tienen que ver con el abandono; otras, con las dudas sobre nuestra valía o nuestro merecimiento. Hay una que me interpela especialmente y que yo llamo la duda sobre el poder personal: ese momento en el que dejamos de confiar en nuestra capacidad de decidir, poner límites y darle valor a nuestra propia voz.

Reconocer esa herida implica mirarnos con honestidad. Observar qué aceptamos por miedo, cuáles conversaciones evitamos y en qué momentos dejamos de elegirnos. Esas preguntas pueden incomodarnos porque nos muestran patrones que repetimos y creencias que hemos sostenido durante años. Pero también nos permiten comprender por qué ciertas experiencias nos duelen tanto y qué necesitamos sanar o transformar.

El amor es un gran maestro. A través de las desilusiones y las pérdidas podemos aprender sobre el desapego, la fortaleza y la importancia del amor propio. Sin embargo, hay dolores que necesitan tiempo antes de que podamos encontrarles algún sentido. En mi camino he comprendido que esa búsqueda también requiere paciencia y compasión conmigo misma.

Me conmueve la imagen de las heridas como grietas por donde entra la luz. Encuentro en ella la posibilidad de mirar lo que antes permanecía oculto. A veces, una ruptura ilumina una renuncia que llevábamos años haciendo; una decepción nos permite reconocer un límite que nunca habíamos puesto. La claridad puede llegar despacio, a medida que nos damos permiso para sentir y empezamos a escucharnos.

Después de mirarnos frente al espejo, el siguiente paso es cuidar aquello que hemos descubierto. Se trata de volver a ese espacio del amor propio y nutrirlo con autocuidado, límites saludables, dedicación personal y una revisión de nuestras creencias. También implica estar dispuestas a pedir ayuda cuando sentimos que no podemos comprender por nosotras mismas lo que nos pasa.

El aprendizaje al que nos invita el amor no es un lugar cómodo. Sus heridas pueden permanecer guardadas durante años y expresarse en nuestras decisiones, en nuestros silencios o en la manera en que nos relacionamos. Escuchar al corazón es, para mí, prestar atención a esas señales: reconocer dónde nos duele, cuándo nos estamos abandonando y qué necesitamos para sentirnos en paz con quienes somos.

Erich Fromm escribió en El arte de amar: “El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos”. Hoy entiendo que ese cuidado también me corresponde. Puedo amar, acompañar y construir una vida compartida sin renunciar a mi voz, mis deseos y mi capacidad de elegir. Después de mi divorcio, sigo aprendiendo a habitar el amor sin desaparecer dentro de él.

Natalia Zuleta Triana, presidente Junta Directiva y directora de Estrategia y Desarrollo Corporativo