De profesión soy artista plástica y tengo un máster en Art Business. Durante los años que estudié y trabajé exclusivamente en el campo artístico, nunca pensé que terminaría trabajando en la empresa familiar, vinculada a la alimentación humana y la nutrición animal. Cuando llegué, era una completa outsider: desconocía el sector y, sobre todo, no tenía conciencia de lo que realmente significa producir alimentos.
Esta ha sido una de las grandes lecciones de mi vida.
Trabajar con productores y nutricionistas, visitar granjas y plantas, y conversar con quienes dedican su vida a alimentar y nutrir a otros me ha permitido ver algo que suele pasar inadvertido cuando nos sentamos a la mesa: detrás de cada alimento existe una cadena extraordinaria de conocimiento, trabajo y recursos.
En nuestro caso, trabajamos con ingredientes y aditivos para nutrición animal y humana. Un aditivo puede representar apenas una pequeña fracción de la dieta, pero detrás de ese componente hay investigación, ciencia, ensayos, controles y años de desarrollo. Si eso ocurre con un porcentaje mínimo de una fórmula, imaginemos todo lo que hay detrás del alimento completo: la siembra y la cosecha, la genética, el cuidado de los animales, el manejo en campo, la sanidad, el transporte, la transformación, la investigación, el desarrollo y el trabajo de tantas personas que rara vez vemos.
Por eso, hoy me cuesta entender la facilidad con la que se desperdicia la comida. No es solo una falta de reconocimiento hacia quienes la producen: también tiene un impacto ambiental enorme.
Según el Informe sobre el Índice de Desperdicio de Alimentos 2024, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en 2022 se desperdició el 19 % de los alimentos disponibles para consumidores en hogares, restaurantes y comercios. El mismo informe señala que las pérdidas y el desperdicio de alimentos generan entre el 8 % y el 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
Hay un dato aún más revelador. Un estudio de 2023 de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) estimó que, en 2020, el 58 % del metano liberado a la atmósfera por los rellenos sanitarios de residuos municipales de ese país provenía de alimentos desechados. Al descomponerse sin oxígeno, los restos de comida generan este potente gas de efecto invernadero.
Así, no solo desperdiciamos el agua, la energía, la tierra y el trabajo utilizados para producir alimentos: también contribuimos al calentamiento del planeta.
Además, hay una contradicción que no podemos ignorar: mientras unos botamos alimentos que todavía podrían aprovecharse, otros no tienen qué comer. Las estimaciones de la FAO y otros organismos de las Naciones Unidas sitúan en alrededor de 645 millones el número de personas que padecieron hambre en 2025. La cifra dimensiona una realidad difícil de aceptar: en un mismo mundo, toneladas de alimentos terminan en la basura mientras millones de personas no tienen garantizado el acceso a la comida.
También hay otra dimensión de la que hablamos poco. Quienes comemos proteínas animales deberíamos recordar que un animal dio su vida para alimentarnos. Podemos tener posturas distintas frente a su consumo, pero, si elegimos hacerlo, debemos hacerlo con respeto. Botar un pedazo de carne no es tirar simplemente una porción que sobró: es ignorar también esa vida que se sacrificó.
No escribo esto desde la perfección. Yo misma he tenido que cambiar hábitos y aprender a mirar de otra manera lo que hay en mi plato. Comprar con más conciencia, servirnos lo que realmente vamos a comer, aprovechar lo que sobra y conservar bien los alimentos parecen decisiones pequeñas. Pero, multiplicadas por millones de hogares, dejan de serlo.
El arte me enseñó a observar. El agro y la industria de alimentos me enseñaron a comprender y valorar lo que muchas veces no vemos. Hoy sé que detrás de cada plato hay ciencia, naturaleza, esfuerzo y, en ocasiones, una vida entregada.
Por eso, los invito a que, cada vez que estén frente a un plato de comida, recuerden todo lo que tuvo que suceder para que llegara hasta ustedes y el valor de no desperdiciarlo.
Margarita María Rodriguez Rincón, gerente de Vitanest Solutions
