OPINIÓN

Gabriela Patricia Lizarazo

Cuando la aprobación digital vale más que la identidad

En esta columna, una reflexión sobre la confusión entre popularidad y autoridad en las redes sociales, el impacto de la validación digital en la autoestima de niños y adolescentes y la responsabilidad de los adultos en la formación de una generación que aprenda a reconocer su valor más allá de los likes.
29 de octubre de 2026 a las 6:17 p. m.

Nunca había sido tan fácil tener una audiencia y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil distinguir a quién vale la pena escuchar. Vivimos en una sociedad donde los seguidores parecen otorgar credenciales, los likes se confunden con reconocimiento y la viralidad amenaza con reemplazar el conocimiento. En esta época, ser visible parece importar más que ser valioso.

Hoy, alguien puede convertirse en referente de economía sin comprender los mercados, aconsejar sobre salud sin formación científica o impartir lecciones de éxito sin más experiencia que la construcción de una imagen atractiva. No cuestiono el poder de las redes sociales ni desconozco el talento de quienes han construido comunidades digitales. Cuestiono algo más profundo: ¿en qué momento confundimos popularidad con autoridad?

Durante generaciones, el reconocimiento estuvo asociado, aunque imperfectamente, al conocimiento, la experiencia, el esfuerzo y la trayectoria. Hoy, los algoritmos pueden amplificar una opinión sin verificar su fundamento. Como sociedad, hemos comenzado a conceder credibilidad a quien más aparece, no necesariamente a quien tiene mejores argumentos.

Pero lo verdaderamente preocupante no es solo lo que ocurre entre los adultos, sino la cultura en la que están creciendo nuestros niños.

Estamos criando a una generación expuesta a la idea de que su valor depende de la aprobación de desconocidos. Niños que pueden experimentar angustia porque una fotografía no recibió suficientes likes, adolescentes que comparan sus cuerpos con imágenes filtradas y jóvenes que interpretan el número de seguidores como una medida de aceptación, belleza o importancia.

¿En qué momento permitimos que una pantalla comenzara a intervenir en la construcción de su autoestima?

La infancia debería ser el territorio del descubrimiento, la creatividad, la equivocación y la libertad de ser. Sin embargo, muchos menores crecen en un ambiente de comparación permanente, gratificación inmediata y exposición pública. En ese escenario, cada experiencia parece necesitar una fotografía, cada logro una publicación y cada emoción una validación externa.

La crisis silenciosa del poder corporativo

El problema no es únicamente tecnológico. Es profundamente cultural.

Hemos construido una sociedad que celebra la apariencia, exhibe el éxito y convierte la vida privada en espectáculo. Una sociedad donde tener parece importar más que ser, donde la felicidad se representa y donde incluso los momentos familiares corren el riesgo de transformarse en contenido.

Y los niños observan. Aprenden de adultos que fotografían antes de disfrutar, que comparan antes de agradecer y que buscan reconocimiento en personas que probablemente nunca conocerán.

No podemos exigirles seguridad emocional mientras les enseñamos, con nuestro comportamiento, que la aceptación depende de una audiencia.

Por supuesto, las redes también democratizan oportunidades, permiten aprender, emprender y conectar comunidades. Existen creadores rigurosos, responsables y preparados que aportan conocimiento y transforman realidades. El problema comienza cuando confundimos alcance con competencia, influencia con sabiduría y aprobación con valor personal.

Una sociedad necesita referentes, no solamente celebridades. Necesita científicos, maestros, profesionales, artistas, emprendedores y ciudadanos cuya contribución no dependa exclusivamente de su capacidad para captar la atención. Necesita reconocer el mérito sin despreciar las nuevas formas de comunicación.

Y, especialmente, necesita adultos capaces de enseñarles a los niños que no todo lo importante es visible ni todo lo valioso es viral.

Para lograrlo, debemos recuperar las conversaciones sobre autoestima, pensamiento crítico, privacidad y responsabilidad digital. Enseñarles que una opinión popular puede estar equivocada, que una vida aparentemente perfecta puede esconder dificultades y que ninguna cifra en una pantalla determina su dignidad.

También debemos preguntarnos qué responsabilidad les corresponde a las plataformas, las instituciones educativas, las familias y quienes ejercen influencia pública en la construcción de este entorno.

Porque detrás de cada niño que sufre por un like puede existir una necesidad mucho más profunda: sentirse reconocido, aceptado y suficiente.

El desafío de nuestra generación no consiste solamente en preparar a nuestros hijos para dominar la tecnología, sino en evitar que su identidad termine subordinada a ella.

Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarles cuántos seguidores tienen y comenzar a preguntarles qué sueñan, qué sienten, qué aprenden y quiénes quieren llegar a ser. Porque tener miles de personas siguiéndote no significa conocer tu propio camino. Y el verdadero valor de un ser humano jamás podrá medirse en likes.

Gabriela Patricia Lizarazo - Gerente de Experiencia al Cliente en Positiva Compañía de Seguros S.A.