Bush e Irak: una guerra de elección

Contra la voluntad del mundo, el presidente George W. Bush invadió Irak, convencido de que era una manera de proyectar su poder y democratizar al Oriente Medio al estilo norteamericano.¿Fue una buena elección?

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Michael Shifter
20 de diciembre de 2003 a las 7:00 p. m.

En una reunion que tuvo lugar en Cartagena en septiembre de 2002, algunos amigos colombianos me preguntaron si Estados Unidos realmente planeaba seguir adelante con una operación militar en Irak. Respondí que pensaba que Bush ya había tomado la decisión de hacer exactamente eso. Mis amigos parecían incrédulos. Después de una prolongada pausa, uno de ellos advirtió, en tono grave, que si Estados Unidos invadía Irak los resultados podrían ser desastrosos. Por supuesto que ambos teníamos razón. Estados Unidos llevó a cabo la invasión militar menos de seis meses después de la reunión de Cartagena. Y, a pesar de que se haya capturado a Saddam Hussein, Irak fácilmente puede terminar siendo un gran enredo.

Para entender por qué la administración Bush tomó la decisión de intervenir en Irak -sin el apoyo de las Naciones Unidas- resulta esencial comprender el profundo impacto que tuvieron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 sobre la sicología norteamericana y sobre el presidente de Estados Unidos. Esos terribles acontecimientos transformaron a George W. Bush y definieron su presidencia. Por tratarse de un hombre de profundas convicciones religiosas, Bush lideraría una "guerra contra el terror", describiéndola como una lucha del bien contra el mal. Basándose en una marcada tradición norteamericana que está convencida de que Estados Unidos siempre tiene razones sólidas y corazones puros, Bush intentó derrotar al enemigo más amorfo que jamás haya enfrentado el país: el "terrorismo". El temor, incluso pánico, generado por el 11 de septiembre le permitió al presidente obtener el apoyo de la nación para dicho fin.

El gobierno Bush planteó una serie de argumentos a favor de ir a la guerra contra Irak. Se nos dijo -y los informes de inteligencia parecieron confirmarlo- que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva y que, por consiguiente, representaba una amenaza inminente para Estados Unidos. Adicionalmente, altos funcionarios de Estados Unidos sugirieron que existía un vínculo entre Hussein y Al Qaeda, con lo cual se conectó al brutal régimen iraquí con los ataques del 11 de septiembre. Por supuesto que hasta el momento no se han encontrado las armas de destrucción masiva y no existen pruebas de que Irak tuviera nada que ver con los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono.

Algunas explicaciones más verosímiles de por qué se tomó la decisión de atacar Irak tienen que ver con el fervor ideológico de un influyente grupo de asesores del presidente Bush -conocido como "los neoconservadores"- junto con la existencia de claros intereses estadounidenses en materia estratégica, geopolítica y económica. El presidente Bush terminó convencido de que, adicionalmente a las acciones contra los Talibán en Afganistán, era importante que Estados Unidos aprovechara la oportunidad para dominar, proyectar su poder, derrocar al régimen de Hussein y preparar el terreno para democratizar, al estilo norteamericano, el eternamente incierto territorio del Oriente Medio.

Para justificar su decisión, el gobierno Bush desarrolló la "doctrina de la acción preventiva" (o anticipada) como parte de su Estrategia de Seguridad Nacional en septiembre de 2002. Esto constituyó un cambio marcado -en la doctrina si no en la práctica- en relación con el papel que se le venía atribuyendo a Estados Unidos en el mundo, e implicaba una organización institucional radicalmente distinta en materia de seguridad colectiva y paz. El historiador Arthur

Schlesinger, en un artículo publicado en The New York

Review of Books (octubre 23 de 2003), sugirió que, con el desprecio que les ha demostrado a las agencias multilaterales "el presidente George W. Bush ha generado un cambio fatal en la política exterior norteamericana. El presidente Bush, continúa Schlesinger, ha reemplazado una política encaminada hacia la paz mediante la prevención de la guerra por una política orientada hacia la paz mediante la guerra preventiva". Inclusive muchos de los "realistas" que asesoraron al padre de Bush se encontraban incómodos. Tan sólo días antes del comienzo de las acciones militares en Irak, Brent Scowcroft, ex general de la Fuerza Aérea y asesor de seguridad nacional del gobierno del primer Bush, dijo que esta forma de actuar constituía el colmo de la arrogancia y que perjudicaría los intereses de Estados Unidos en el largo plazo.

Aunque la fase inicial de la intervención militar transcurrió con fluidez, graves problemas aparecieron rápidamente y pasaron a ocupar el centro de la escena. Pronto resultó claro que el gobierno Bush no se había preparado adecuadamente para el período tan desordenado y violento -con acciones cada vez más extendidas e incesantes en contra de las fuerzas de la coalición- que vino inmediatamente después de la ocupación. Lejos de ser acogidos favorablemente por el pueblo iraquí y tratados como liberadores, Estados Unidos y sus aliados encontraron feroz resistencia y escepticismo acerca de las motivaciones detrás de las acciones norteamericanas. Aunque hubo progresos en materia de reconstrucción, la seguridad se deterioró.

Con su alocución de noviembre 6 en la cual esbozaba la ambiciosa meta de una revolución democrática en el Oriente Medio -y su sorpresiva visita a Bagdad en el Día de Gracias- el presidente Bush aumentó todavía más la importancia de lo que está en juego en Irak. Efectivamente, puso en la mesa tanto su presidencia como la credibilidad de su país. Sin embargo, a pesar del compromiso de Estados Unidos de permanecer en Irak por un tiempo prolongado, el gobierno Bush se ve interesado en transferirles a los iraquíes el control de la situación. Aparte de la presión que están ejerciendo los propios iraquíes para recuperar el control de su país, las elecciones presidenciales norteamericanas tendrán lugar en noviembre de 2004 y la presencia de tropas norteamericanas agobiadas por ataques en Irak constituiría una desventaja política. Queda por ver cómo equilibrará el gobierno Bush sus planteamientos para el corto plazo y aquellos para un plazo más largo.

Aunque la opinión internacional se opuso abrumadoramente desde un comienzo a la decisión de Estados Unidos de utilizar la fuerza militar en Irak, la mayoría de los norteamericanos respaldaron a su presidente. Sin embargo, a medida que la situación en Irak se fue empeorando, la opinión pública norteamericana comenzó a cambiar. Los porcentajes de aprobación al presidente Bush en las encuestas cayeron y los candidatos demócratas, percibiendo la vulnerabilidad que generaba el tema, comenzaron a cuestionar el manejo que el gobierno le estaba dando a las acciones en Irak. El ex gobernador de Vermont, Howard Dean, quien encabeza la carrera por las nominaciones presidenciales del Partido Demócrata, se había identificado desde hacía tiempo como un agudo crítico de la política del gobierno Bush en Irak. Por cierto la captura de Hussein ha levantado mucho el ánimo de Bush, y ha obligado a los candidatos demócratas que estuvieron en contra del manejo de la guerra a cambiar de estrategia. Sin embargo, como el propio Bush reconoció, la captura no significa para nada que los ataques y la violencia en Irak disminuirán en los próximos meses.

Los inmensos costos en que ha incurrido Estados Unidos por cuenta de su aislamiento en el tema iraquí ya se han dejado ver y constituyen un motivo de creciente preocupación estadounidense. Las críticas a la actuación del gobierno Bush en Irak han girado principalmente alrededor de su desacato de la ley internacional y su desprecio por los tratados e instituciones internacionales, su incapacidad de obtener amplio respaldo de parte de las potencias y un celo excesivo en la exportación del modelo norteamericano de democracia.

Existía, no obstante, otra opción para los dirigentes políticos. Sin embargo dicha opción fue rechazada por el gobierno Bush. Tal como lo planteó en Foreign Affairs la ex secretaria de Estado, Madeleine Albright, Estados Unidos y la Otan debieron haberse mantenido centrados en el combate contra Al Qaeda. Un gobierno distinto, escribe Albright, podía haber argumentado razonablemente que "una guerra contra Irak, aunque justificable, no resultaba esencial en el corto plazo para proteger la seguridad de Estados Unidos. Una política de contención podría haber sido suficiente mientras el gobierno se ocupaba de darles cacería a los criminales que asesinaron miles de personas en suelo norteamericano". En otras palabras, Irak fue una guerra de elección y no de necesidad.

Hasta el momento, los problemas no previstos que se han encontrado en territorio iraquí tan sólo han conducido a ajustes tácticos por parte de Estados Unidos. No se pueden discernir cambios en la estrategia de conjunto. La mentalidad del gobierno Bush se mantiene firme. El propio Bush luce absolutamente confiado y libre de dudas al respecto.

Sin embargo, para evitar un desastre en Irak es indispensable que se produzca un cambio estratégico en Washington, que haga énfasis en el trabajo concertado con otros países. La designación del ex secretario de Estado y del Tesoro, James Baker, para que trate de resolver los problemas de la deuda iraquí podría constituir la señal de que dicho cambio se esté produciendo. Baker podría trabajar en la constitución de una coalición del tipo que libró la Guerra del Golfo de 1991 y también podría revivir buena parte del enfoque del anterior gobierno Bush en materia de relaciones internacionales, incluyendo la aproximación a América Latina. Y la captura de Saddam Hussein ha reforzado esa actitud y ha aumentado el apoyo al presidente y su manejo de la guerra.

Uno espera que, en este momento crítico, el presidente Bush reflexione acerca de las opciones que tiene ante sí y atienda las sabias palabras dichas por el presidente John F. Kennedy el 16 de noviembre de 1961:

"Debemos enfrentar el hecho de que Estados Unidos no es ni omnipotente ni omnisciente, que somos apenas el 6 por ciento de la población mundial, que no podemos imponer nuestra voluntad sobre el 94 por ciento restante de la humanidad, que no podemos enderezar hasta el último entuerto ni reparar cuanta adversidad surja y que, por consiguiente, no puede existir una solución norteamericana para cada uno de los problemas del mundo".