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| 9/10/1984 12:00:00 AM

WATERGATE DIEZ AÑOS DESPUES

Aunque las afrentas no se han olvidado, Richard Nixon está recuperando su glamour.

WATERGATE DIEZ AÑOS DESPUES WATERGATE DIEZ AÑOS DESPUES
Fue sólo hasta el 8 de agosto de 1974 que millones de norteamericanos se dieron cuenta de lo profunda que había sido la crisis de Watergate. Esa noche, en un corto mensaje leído en el mismo estilo en que lo había hecho durante los 5 años y medio que estuvo al frente de la Casa Blanca, Richard Milhous Nixon anunció con voz decidida su intención de renunciar "al cargo de Presidente de los Estados Unidos". Horas más tarde, de acuerdo al protocolo, el entonces jefe de staff de la Casa Blanca, el general Alexander Haig, presentó al secretario de Estado Henry Kissinger la nota de dimisión presidencial que el funcionario certificó como auténtica, cerrando así el último capítulo que escribiera el 37avo Presidente norteamericano. A las 12:03 p.m. del día 9 de agosto, mientras el avión de la Fuerza Aérea Uno se encontraba en ruta a California llevando la comitiva saliente, Gerald R. Ford, tomaba el juramento constitucional como nuevo jefe de Estado, anunciando a sus compatriotas que "nuestra larga pesadilla nacional ha terminado".
El escándalo de Watergate que durante año y medio ocupara la mente de los más altos estamentos del gobierno norteamericano y de la ciudadanía en general, concluía tras sacudir hasta los cimientos a la democracia más poderosa del mundo. Aún después de 10 años de tal hecho, Watergate es un tema difícil de tratar para los norteamericanos quienes todavía no olvidan las afrentas que les hiciera un gobierno poco respetuoso de las leyes y de los derechos individuales.
Todo comenzó el 17 de junio de 1972 cuando siete hombres, entre ellos algunos de ascendencia cubana, fueron detenidos en las oficinas directivas del Partido Demócrata en Washington ubicadas en el hotel Watergate, bajo el cargo de haber entrado a robar. La noticia, que fue reseñada en una nota de 20 renglones en las páginas interiores del Washington Post, no causó ningún impacto y durante los 9 meses siguientes la Policía no prestó mayor atención a los hechos. Pese a que los arrestados trabajaban en el Comité de Reelección del Presidente, el cual mantenía lazos directos con la Casa Blanca, no existía evidencia de una conspiración organizada en niveles altos que pudiera comprometer al gobierno. Sin embargo, el avispero comenzó a agitarse cuando dos reporteros del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, empezaron a investigar el asunto y, al mismo tiempo, James McCord, uno de los detenidos, acusó públicamente en marzo de 1973 a John Mitchell -director del Comité de Reelección y hombre de confianza del Presidente- de haber dirigido la operación. Al mes siguiente, el director del FBI admitió la destrucción de evidencia en el caso debido a presiones hechas por gente en la administración, ocasionando las renuncias de funcionarios cercanos al Presidente: los ayudas John Erlichman, Robert Haldeman y el consejero John Dean.
Sorpresivamente, la figura presidencial que se había mantenido intacta empezó a tambalearse en junio de 1973 cuando John Dean dijo delante de un comité del Senado que Nixon había autorizado personalmente el giro de dinero para comprar el silencio de los detenidos originales. Tres semanas después, se supo que todas las conversaciones del Presidente habían sido grabadas, con lo cual existía la posibilidad de comprobar las afirmaciones de Dean. Al poco tiempo, Nixon decidió enfrentarse a la crisis despidiendo a Archibald Cox, el procurador a cargo del caso, pues éste exigió a Nixon la entrega de las cintas con las conversaciones grabadas. La movida del Presidente enfureció a la opinión y al Congreso, el cual tomó la investigación en sus manos obligando legalmente a Nixon a entregar una serie de cintas que resultaron "accidentalmente" borradas en ciertas partes. La presión del nuevo procurador Leon Jaworski hizo que la Casa Blanca entregara en abril de 1974 una versión editada de las grabaciones que fue protestada, pero que contenía suficientes declaraciones comprometedoras para poner en serios aprietos al Presidente. A todas éstas, el Congreso había iniciado el proceso para llevar a juicio al primer mandatario, pese a los numerosos trucos legales que éste interpuso para protegerse.
El principio del fin se dio en julio cuando la Corte Suprema de Justicia ordenó a Nixon entregar la totalidad de las cintas y, a los pocos días, la Cámara de Representantes aprobó varios artículos de una resolución para despojar al Presidente de su cargo. Después de un duro forcejeo consigo mismo y charlas con consejeros, el jefe del Estado hizo públicas las cintas el 5 de agosto, anunciando su renuncia tres días más tarde. Las cintas probaron, sin lugar a dudas, que Nixon había obstruído a la justicia al ordenar al FBI apenas seis días después del episodio de Watergate, entorpecer la investigación. Más aun, las cintas mostraron un estilo de gobierno inmoral en el que la operación del hotel Watergate constituyó un evento más en una larga serie de violaciones a los derechos civiles de decenas de personas enemigas de la administración. La lista criminal era enorme y 19 personas (excluído Nixon que fue perdonado incondicionalmente por Ford) purgaron condenas en la cárcel.
Amén del público norteamericano que vivió una dura prueba, Richard Nixon, el ciudadano, tuvo también que enfrentarse a una serie de cambios en un proceso de evolución que lo ha llevado en los últimos diez años de ser una figura impopular, a tomar la imagen de un hombre de Estado con experiencia cuyo consejo se escucha en los círculos más altos. Esa impresionante resurrección política y social parecía irreal en agosto de 1974 cuando recluído en su casa de San Clemente en California, Richard Nixon debió encarar dificultades económicas, con más de 15 pleítos en contra y enfrentando una posible temporada en la cárcel. Un mes después, todo eso cambió cuando el Presidente Ford le dio a Nixon un perdón completo, asumiendo un costo político impresionante que, probablemente, le costó la reelección en los comicios de 1976. Con todo, el perdón de Ford no le alivió a Nixon otros males. A finales de octubre de 1974 el ex presidente fue internado de urgencia en el hospital y durante varios días se temió por su vida. Dado de alta por los médicos después de una larga convalecencia, inició un proceso de decaimiento moral que se detuvo a mediados de 1975 cuando se atrevió a hacer sus primeras apariciones en público. De ahí en adelante se dedicó a escribir sús memorias -dos volúmenes publicados en 1977-, las cuales pese a los ataques de la gran prensa se convirtieron en un best-seller inmediato. Estos libros, así como la transmisión de una entrevista televisiva concedida al periodista británico David Frost, contribuyeron a correr el velo de su retiro y ganarle cierto favor del público. En efecto, de los 50 millones que vieron a Nixon el 4 de mayo de 1977 defender su gestión, una encuesta Gallup dijo que 44% de los videntes habían sentido más simpatía que antes en comparación del 28% que rechazaron los planteamientos del ex presidente.
El "destape" de Nixon siguió en forma paulatina durante los siguientes años, adquiriendo cada vez más peso en política externa como resultado del desprestigio creciente de la administración Carter. Al mismo tiempo, las finanzas del exmandatario se compusieron gracias a un par de buenas ventas de sus casas en California y en Florida. Ello, sumado a los recaudos del libro, la entrevista en la televisión y lo proveniente de conferencias internacionales, le permitió a Nixon pasar de la bancarrota total en 1974 a tener más de 3 millones de dólares en activos netos en 1978. Convencido de que ya podía mostrarse en público con tranquilidad. Nixon decidió trasladarse a Nueva York ("la pista rápida", como le dice), publicando casi simultáneamente el libro La verdadera guerra que produjo sensación a nivel mundial. La elección de Reagan en 1980 le dio mayor influencia a Nixon quien hizo bastante presión para que uno de sus protegidos, Alexander Haig, fuera nombrado secretario de Estado. Durante la tormentosa estadía de Haig en el cargo, Nixon sirvió de confidente y consejero aumentando su influencia y consolidando su posición. Ahora, Nixon recibe periódicamente informes confidenciales del departamento de Estado y mantiene una agenda completa desde su oficina del Federal Building en la mitad de la isla de Manhattan.
A pesar del surgimiento que han experimentado las acciones de Nixon entre las altas esferas del poder, las encuestas revelan que todavía el público norteamericano considera su recuerdo como uno que produce repulsa y rabia. Si bien sus partidarios resaltan los logros de Nixon (la apertura a Rusia y China, el tratado de limitación de armas nucleares SALT, la reforma financiera al dólar, la finalización de la guerra del Vietnam y el fortalecimiento de la alianza europea), sus detractores destacan cómo la política internacional -manejada conjuntamente por Nixon y Henry Kissinger- fue fruto de un gobierno donde un hombre inseguro e inestable buscó poner su propia trascendencia histórica por encima de los intereses de su país.
Aunque todavía no es posible detectar el juicio definitivo que se le hara a Nixon, él tiene confianza en que sus motivos serán mejor entendidos. "Watergate será un párrafo en los libros dentro de diez años y una nota de pie de página dentro de cincuenta", dijo Nixon en 1973 y, por ahora, la primera parte de esa afirmación parece ser errónea. Con todo, es posible que Nixon pueda voltear la balanza a su favor. Su tregua con la gran prensa oficializada hace tres meses en Washington, su presentación reciente en el programa de la CBS 60 minutos, su aceptación dentro del Partido Republicano y la próxima publicación de su libro No más Vietnams, son hechos que demuestran una suavización de la clase dirigente sobre su gestión. La justificación de que los abusos de poder cometidos serían excusables considerando que Presidentes como Lyndon Johnson y Franklin Roosevelt cometieron faltas igual o más censurables no parece, sin embargo, suficiente para apaciguar a sus críticos. Personajes como el historiador Arthur Schlesinger no dudan en clasificarlo "como el peor Presidente de todos los tiempos debido al daño que le hizo a la institución del poder".

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