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| 6/2/2018 10:04:00 PM

Venganzas que se heredan

En Bucaramanga las pandillas tienen un nombre: parches. Llevan más de 30 años, pasan de generación en generación y reflejan una problemática social que la institucionalidad apenas comienza a entender.

Bucaramanga  Venganzas que se heredan Venganzas que se heredan

Ocuparse en algo sin tener nada qué hacer. Eso hacen los jóvenes de los parches de Bucaramanga. Tienen entre 12 y 25 años, usan gorra y llevan tatuajes generalmente acompañados de heridas de guerra; guerra con otros o con ellos mismos. Algunos tienen dos, tres y hasta cuatro cicatrices de balazos, puñaladas o cortadas autoinfligidas.

La mayoría son hombres. Poco estudian, y si consiguen algo qué hacer, trabajan. Nacieron y viven en Ciudad Norte, el sector popular de Bucaramanga que aglomera las comunas Norte y Nororiental, donde hay más violencia, donde el prejuicio dice que no hay gente de bien y a donde no llegan los taxis porque ninguno se atreve.

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Les gusta la droga, la consumen a diario y algunos la distribuyen. Están armados, pero no hasta los dientes. Llevan navajas ‘pata de cabra’ que fabrican con la punta de un cuchillo de cocina y el cuerpo de un encendedor vacío. Guardan las pistolas, las escopetas y las granadas para combatir a las ‘liebres’, los enemigos.

Hasta ahí son como cualquier otra pandilla de Colombia, pero en la Ciudad Bonita del país, los parches tienen una particularidad: casi todos sus miembros tienen un familiar que ha sido ‘parchero’, que consume drogas, que está inmerso en la delincuencia o ambas cosas. La ecuación perfecta para un rosario de venganzas y retaliaciones heredadas.

“Toda mi familia ha estado en parches: desde mi nona, mis tíos, mis papás hasta mis hermanos, el que mataron hace un tiempo y el que ahora está desatado”, dice el Chinche. Tiene 26 años y desde que recuerda su vida ha estado ligado al expendio de drogas y a la violencia. Su abuela, que ahora tiene 70, era expendedora y toda su descendencia ha estado envuelta en esa vida.

Él es una figura importante del parche Noche Azul. No es el líder porque en los parches de esta ciudad la estructura es más horizontal que jerárquica, pero la antigüedad le da peso. Lleva ahí 12 años y llegó por una simple razón: “No había amor en mi casa”. Ahora que tiene hijos solo quiere que ellos ya no hereden lo que él llama “la maldición”.

En Bucaramanga, la tasa de violencia intrafamiliar que recae en menores de edad y jóvenes es más alta que el promedio nacional. El año pasado, mientras que en el país había 19,9 casos por cada 10.000 habitantes, según Medicina Legal, en la capital de Santander la cifra alcanzaba 42. Un indicador que, sin duda, explica en buena medida la existencia de los parches. “Los jóvenes llegan a ellos porque tienen familias fragmentadas, violentas, porque los abandonan. Porque en el resto de ‘parcheros’ encuentran la familia que no han tenido”, dice Rodolfo Escobedo, investigador de la Fundación Ideas para la Paz.

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Igual de graves para este grupo poblacional son las cifras de homicidios en la Ciudad Bonita y especialmente en Ciudad Norte, la cuna de los parches. El año pasado, el 47 por ciento de las personas asesinadas en Bucaramanga, de acuerdo con Medicina Legal, tenían entre 14 y 28 años. Mientras que en Colombia hubo 39 casos de lesiones personales en jóvenes por cada 10.000 habitantes, en esa ciudad fueron 73. En Ciudad Norte como mínimo el 60 por ciento de los muertos por homicidio en Transición I, Bosque Norte, Kennedy, Campo Hermoso, San Cristóbal, Esperanza I, Villa Rosa, Café Madrid, Comuneros y La Independencia –todos barrios de este sector– pertenecen a ese grupo de edad.

¿Por qué se matan tanto los jóvenes? La Policía tiene conciencia de las cifras, sabe que son altas, pero no encuentra una relación directa con el crimen organizado: “En Bucaramanga las estructuras criminales no son tan fuertes como en Medellín, por ejemplo, y sabemos que el rol de estos jóvenes en ellas generalmente se limita a distribuir droga, y en el caso más extremo a cumplir labores de sicariato, algo que no explicaría por qué se matan tanto entre ellos”, dice el coronel César Buitrago, comandante del distrito de Policía de esa ciudad.

Los mismos afectados tienen parte de la respuesta: “Por las venganzas heredadas”, dice Sorel Rodríguez. Ella vive en el barrio Esperanza I –dentro de Ciudad Norte– y su historia resume el drama generacional en que se han convertido las pandillas en Bucaramanga. “Mis dos hermanos son miembros del parche El Limón –el más tradicional de la ciudad– y Jefferson, mi hijo, entró cuando tenía 13 años, principalmente porque yo tuve que salir a trabajar y lo descuidé. Ahora está preso porque robó, yo misma lo entregué. Pero eso no es lo peor: en octubre de 2017 un chico de otro parche le robó una gorra, mis hermanos fueron a recuperarla, uno de ellos acabó matando a este chico y ahora está preso. De aquí en adelante la relación entre ambas familias, o se acabó, o estará marcada por la muerte”.

Los ‘parcheros’ que pertenecen al crimen organizado en Bucaramanga tienen una relación distante con la estructura criminal. Generalmente, no saben quién es el jefe de la organización, para quién distribuyen droga o para quién matan. La raíz de la mayoría de la violencia que ejercen tiene que ver con retaliaciones familiares y venganzas heredadas. Lo corrobora el Chinche: “Que tu papá mató al mío, que tu primo me robó una gorra, que mi novia se metió contigo. Esos son nuestros líos. Y los asumimos en grupo. No es más”.

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Las autoridades locales habían desconocido esta particularidad del fenómeno en Bucaramanga y aplicado estrategias genéricas, algunas de carácter nacional, que hacían caso omiso al quid del asunto: la familia. La actual administración puso en marcha tres programas para prevenir la violencia pandillera y la vinculación de estos jóvenes en actividades ilegales. Se trata de Jóvenes Vitales, que desarrolla una estrategia orientada a mejorar la utilización del tiempo libre y del ocio; Territorios en Paz, que promueve espacios para el desarrollo artístico y cultural en jóvenes de 6 a 14 años; y Jóvenes a lo Bien, una alianza nacional entre la Policía Nacional y el Sena, que brinda formación técnica o tecnológica a los muchachos e intenta facilitar su empleabilidad. El Chinche, sin mucho pensarlo, tiene claro por dónde va el asunto: “El parche tiene todo lo que la familia no tiene y a la vez la familia es la razón por la que uno está acá”.

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