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| 6/2/2018 10:04:00 PM

Entre la estigmatización y la muerte

La mayoría de los jóvenes que ingresan a las pandillas de Soacha no lo hacen para delinquir sino para encontrar protección, pero una vez en ellas caen en el consumo de droga y los grupos criminales. Eso lleva a muchos al marginamiento y a sufrir la mal llamada ‘limpieza social’.

Soacha, entre la estigmatización y la muerte Entre la estigmatización y la muerte

Sentado en una piedra de un potrero del barrio Ricaurte, a unos metros de un enorme grafiti que dice “111-777 Iván Vive”, Jefferson Steven Morales cuenta su vida en las pandillas. El grafiti, que también tiene los nombres de Camilo y Veneko, sintetiza la vida de los pandilleros en Soacha. Es un homenaje a tres jóvenes de la Banda del Cielo que murieron asesinados por andar en ‘malos pasos’.

“Hace poco vi este mural por primera vez. Hace unos meses me fui del barrio porque me dio muy duro la muerte de personas cercanas a mí. A Iván lo asesinaron el año pasado. Supe que le pegaron varios tiros en el pecho, sin saber qué hizo para que le metieran semejante matada. A Camilo le dieron piso los mismos amigos por una gorra y el Veneko amaneció muerto en una olla en Cazucá. Ellos no pasaban de los 20 años”, cuenta Jefferson.

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El grafiti le da pie a Jefferson para reflexionar sobre su vida en el mundo de las pandillas. Yeyo, apodado así por su mamá porque desde pequeño fue cansón, dice que a los 13 años formó los BRKS o Barekes, un parche compuesto por cuatro jóvenes más. En un principio se reunían en una esquina del barrio o en la casa de alguno de los integrantes a escuchar rap y a fumarse uno que otro bareto. Yeyo recuerda que la idea de armar una pandilla provino de ver la vida de dos de sus raperos norteamericanos preferidos: “Uno veía a Notorious B. I. G. y a Tupac Shakur andando en severo parche, armados hasta los dientes, con mucho dinero, en severos carros y con un ‘casting’ de niñas; pues yo soñaba con esa vida, pero con el tiempo uno se da cuenta de que una cosa es allá y otra es acá en Soacha”.

Más allá del deseo de ser ricos, famosos y poderosos, el fenómeno de los parches está ligado a un sentimiento de desesperanza y desamparo que experimentan los niños de entre los 12 y 14 años. Los miembros de estos grupos, caracterizados por provenir de familias con padres ausentes, no se reúnen con el objetivo de delinquir, sino en busca de compañía y protección. El parche compensa su desarraigo.

Así le ocurrió a Yesid Arbey, expandillero de 24 años que vive en el barrio Santa Ana de la comuna 1 y sufre de tartamudez. Recuerda que formó a los 12 años la pandilla los Tintos Fríos (el curioso nombre se debe al gusto de ellos por esta bebida), para compensar la tristeza, el aburrimiento y la soledad. Con el paso del tiempo, también se dio cuenta de que su problema de lenguaje le cerraba oportunidades de estudio y trabajo. Sin un futuro claro y víctima de discriminación, su único camino era la pandilla.

En medio de las reuniones en la esquina de la cuadra, de las caminatas por las calles del barrio, de las rumbas, del consumo de drogas, de los toques de rap y de las peleas, los jóvenes crean fuertes lazos sentimentales y forman identidades grupales que los diferencian de otros combos. Allí ellos se sienten parte de una familia que les da apoyo y seguridad.

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Sin embargo, tras ese ánimo de pertenencia y reconocimiento, vienen los actos delincuenciales. Sostener la rumba y los vicios es costoso. Por eso, los parches se dedican a los atracos y al microtráfico de estupefacientes. Con la criminalidad viene la violencia causada por los enfrentamientos con otros combos.

Y el malestar de los habitantes de los barrios por el aumento de la inseguridad lleva a que en ocasiones algunos de ellos, incluso personas con cierto liderazgo en la comunidad, se organicen para emprender campañas de ‘limpieza social’, el eufemismo con el que se conocen los asesinatos selectivos para hacer justicia por propia mano. En estas campañas mueren por igual miembros de pandillas y jóvenes que no tienen nada que ver con ellas. Es el resultado de la estigmatización.

Algunos de los entrevistados, incluso, cuentan la historia de las pandillas en los últimos 20 años en Soacha con base en las oleadas de ‘limpieza social’. El fenómeno de las pandillas se hizo evidente a inicios de la década de 2000; crecieron estos grupos y los delitos de forma inusitada. Hacia 2003 las autodefensas, con la supuesta complicidad de habitantes e incluso funcionarios estatales, promovieron una primera gran limpieza que llegó a su pico máximo con los falsos positivos en 2008. Después, hubo un periodo de calma hasta más o menos 2012, cuando las pandillas volvieron a crecer a la par con la ‘limpieza social’.

Los más perjudicados en esta espiral de delincuencia y violencia han sido los jóvenes. De acuerdo con los registros de la Policía Nacional, de 191 homicidios ocurridos durante 2016 en Soacha, 105 correspondieron a personas entre 15 y 28 años, un 55 por ciento del total de la violencia letal. Esta escalofriante cifra parece mostrar la sinsalida de los jóvenes del municipio vecino a Bogotá. Un camino que los lleva de las pandillas a la delincuencia organizada y de ahí a la muerte.

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Es tan estrecho el vínculo entre ambos tipos de grupos que las pandillas tienden a ser invisibilizadas. Un documento enviado a SEMANA por las autoridades de Soacha afirma que en la actualidad no existe ninguna de ellas en la ciudad, sino grupos delictivos organizados (GDO). Sin embargo, como dice un informe sobre pandillas de la Fundación Ideas para la Paz (FIP) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), existen diferencias entre los dos: “Estos grupos (las pandillas) utilizan la delincuencia como fuente de obtención de recursos, pero su objetivo primario no es delinquir. Por otro lado, existen también grupos de delincuencia organizada, en los que también participan jóvenes, pero que se diferencian de los primeros en que estos tienen como único objetivo la generación de recursos económicos a través del crimen”.

En sectores como Cazucá y San Humberto, dominados desde los años noventa por bandas delictivas organizadas, la línea que las separa es aún más tenue, pues las pandillas han ido desapareciendo y en su mayoría opera ya bajo las órdenes de bandas delictivas. En cambio, en el sector de Compartir, en la parte baja del municipio, “algunas pandillas de la zona han sobrevivido a lo largo del tiempo y se han mantenido de generación en generación”, según anota el informe de la FIP.

Tener clara la diferencia es esencial. De hecho, las pandillas, muchas veces puerta de entrada a la violencia, pueden servir también para que los jóvenes salgan de la delincuencia y cambien su estilo de vida. Así ocurrió en el caso de Bairon, que después de conocer los falsos positivos, se dio cuenta de que no quería ser un desaparecido o un asesinado más. Pero en vez de alejarse de su pandilla, se apoyó en algunos de sus miembros para organizar un festival de rap que denunció la desaparición sistemática de sus compañeros. Ahora es un líder juvenil que busca que los adolescentes no sigan sus pasos y que la ‘limpieza social’ no vuelva a suceder.

A Yesid una tragedia cercana lo hizo reflexionar sobre la vida que llevaba. A su sobrina recién nacida, muerta prematuramente hace cuatro años, le prometió salirse de la pandilla y no volver a participar en negocios ilícitos. Pese a la discriminación de la que es objeto, ahora vive del rebusque.

Y a Yeyo lo sacó de las pandillas su pasión por el rap, que ya tenía desde antes de formar los BRKS. Sueña con tener un estudio de alta calidad para grabar a sus compañeros, pero ya compone sus samplers en un viejo computador. Autodidacta, con un amigo ha grabado varios videos de sus canciones. El más famoso, Soacha in da House, tiene 30.000 likes en su página de Facebook y narra la vida de los pandilleros en esta ciudad. “Parchas en la esquina como fino maleante / Suenan las serenas, eso no son penas / Corre amigo que esperan las cadenas / Criminales haciendo música como animales / Este es el fuego de la realidad”.

EDICIÓN 1959

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