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Comisión de la Verdad no tuvo en cuenta la sangrienta toma de las Farc a Gutiérrez, donde 38 militares fueron asesinados; hablan los sobrevivientes

Este mes se conmemoran 23 años de la toma de las Farc al municipio de Gutiérrez, Cundinamarca, en la que 38 militares fueron asesinados. Las víctimas sienten que el informe de la Comisión de la Verdad no tuvo en cuenta sus relatos sobre más de 12 horas de violencia.


Acurrucado, tratando de contener la respiración y con el fusil en sus manos. Escondido en una zanja de un cultivo de papa, junto con otros cuatro soldados y un sargento, se encontraba Santos Darío Alfaro Guzmán. Era el 8 de julio de 1999 y llevaba casi un año prestando servicio militar, no alcanzaba a cumplir los 19 años. El frío era penetrante, estaba en una de las zonas con temperatura más baja de Cundinamarca, área rural de Gutiérrez, un municipio pequeño ubicado a 92 kilómetros de Bogotá, custodiado por el Batallón de Artillería n.º 13.

Alfaro asegura que, pese a que duró varias horas en una misma posición para evitar que los guerrilleros, liderados por Henry Castellanos Garzón, alias Romaña, los identificaran, no sentía dolor en el cuerpo. Pero sí en el alma, sobre todo al escuchar a una guerrillera decir entre risas: “Comandante, a ese hp lo hice sufrir hasta que se desangró”.

Masacre de las Farc en Gutiérrez, Cundinamarca. Los hechos ocurrieron el 8 de julio de 1999.
Masacre de las Farc en Gutiérrez, Cundinamarca. Los hechos ocurrieron el 8 de julio de 1999. - Foto: guillermo torres-semana

La mujer se refería a uno de los 56 militares que estaban combatiendo contra aproximadamente 500 guerrilleros. Los atacaron en su intento de llegar a la capital del país para tomársela, según lo establecido en la octava conferencia, hecha seis años atrás, en la que el secretariado de las Farc estableció bloquear y ejercer dominio sobre Bogotá con fines políticos y militares. Para los sobrevivientes de la masacre y muchos de los familiares de las 38 víctimas mortales, resultó doloroso escuchar el informe final que entregó la Comisión de la Verdad.

“Me ha hecho pensar que mi vida en el Ejército fue desperdiciada”, dice Alfaro, quien luego de ver morir a sus compañeros decidió ser soldado profesional durante 20 años más. Considera una burla para la historia que se les cuente a las nuevas generaciones una versión de los hechos en la que gran parte del tiempo, según él, se muestra al militar como el malo del paseo. “Me duele cuando los jóvenes dicen que somos unos asesinos, mientras pusimos el pecho para evitar que las guerrillas cometieran tantos vejámenes contra la comunidad”.

Con bastante dolor, cuenta lo que pasó esa madrugada que dejó huellas imborrables. Eran aproximadamente las 4:15 de la mañana, la mayoría de los uniformados dormían. Alfaro, entre sueños, escuchó gritos: “¿Quiénes son ustedes?”. Alguien respondió y luego una ráfaga de disparos sacudió los campamentos. El uniformado solo atinó a ponerse una bota y agarrar su fusil. Asegura que en ese momento no tenía el suficiente entrenamiento militar para un combate, así que en menos de 3 minutos se gastó 70 municiones que tenía en dos proveedores. La guerrilla ya había asesinado a más de una decena de soldados en otro de los campamentos. Con Alfaro había unos 32 uniformados. Uno de sus superiores les dio la orden de no rendirse, pues se había dado cuenta de que los estaban torturando.

Alfaro no tenía munición, la sensación de desespero que sentía la describe, dos décadas después, con bastante angustia. “Es como si se acabara la tinta de esfero cuando estaba a punto de escribir lo más importante y no se tiene otra manera de decirlo”. Corrió hasta unos árboles, de camino vio en el piso a Abelardo Alzate, su amigo de barrio con el que casualmente llegó a prestar el servicio militar obligatorio el mismo día. Las Farc lo asesinaron. Solo alcanzaron a llegar cinco soldados y un suboficial.

Este último, que tenía más experiencia que ellos, empezó a darles instrucciones para sobrevivir. Les entregó dos municiones a cada uno y les explicó que no podían disparar al aire, sino solo cuando fuera necesario. Les dijo que si escuchaban un silbido fuerte era porque del otro lado habían lanzado una granada de mortero, y que si escuchaban algo similar al aletear de una mariposa caería cerca el artefacto. Los cilindros bomba volaban y ellos observaban qué ruta tomaban mientras daban giros en el aire. De repente, Giovany Chinchilla, uno de los soldados, hizo un gesto de dolor. La granada de mortero le cayó sobre su pierna, la sangre no paraba de salir y los guerrilleros se estaban acercando. Así que el herido les pidió a sus compañeros que lo taparan con hojas de plátano y que el resto corriera, suplicándoles que tan pronto todo pasara volvieran por él.

Los soldados vieron a lo lejos y en medio de la niebla una choza improvisada. La meta era llegar allá, pero no tenían municiones para defenderse. A medida que avanzaban, encontraban cadáveres de sus compañeros. No tenían tiempo de llorarlos, se agachaban y tomaban los proveedores que encontraban, una sola munición les daba esperanza. Llegaron al lugar al mediodía y encontraron panes.

Cuando Alfaro le iba a pegar un mordisco, escuchó la alerta de su lanza: un guerrillero le iba a disparar por la espalda con un fusil del Ejército. Hubo enfrentamiento y alcanzaron a huir, se refugiaron en el cultivo de papa. “No sé cómo no nos veían, los guerrilleros caminaban de un lado al otro, celebraban, tomaban aguardiente por el triunfo que habían tenido. Escuchábamos detalles de lo que hicieron con nuestros compañeros, que en realidad eran niños que apenas habían salido del colegio”, describe Alfaro.

   El soldado Fredy Iturre prestaba el servicio militar con su hermano. Este es el momento exacto en el que encontró su cadáver, y la muestra del dolor que vivieron los jóvenes que protegían a los habitantes de esa región. Los guerrilleros de las Farc se burlaban de la manera como hicieron sufrir a los soldados antes de matarlos.
El soldado Fredy Iturre prestaba el servicio militar con su hermano. Este es el momento exacto en el que encontró su cadáver, y la muestra del dolor que vivieron los jóvenes que protegían a los habitantes de esa región. Los guerrilleros de las Farc se burlaban de la manera como hicieron sufrir a los soldados antes de matarlos. - Foto: guillermo torres-semana

Los uniformados que se entregaron fueron obligados a formar, a arrodillarse para sacarles las fotos de sus seres queridos, que muchos guardaban en billeteras, les disparaban en la cabeza y en los testículos. Algunos aparecieron con 17 impactos en la cabeza y las fotos de los más amados sobre sus cuerpos. Sobre las 6:30 de la tarde, Alfaro volvió por Chinchilla, alzó las hojas de plátano, pero su lanza había muerto, se desangró. De esa barbarie sobrevivieron 18 uniformados. A ellos mismos les tocó ir al punto y recoger los cuerpos de sus amigos. Les prestaron una habitación en la Alcaldía y ahí iban apilando los cadáveres. Alfaro era uno de los encargados de identificar quiénes eran y con cinta debía ponerles el nombre.

Las madres de los soldados estuvieron en el fuerte militar al que llegaron los sobrevivientes y les dijeron: “Si su hijo no se baja del helicóptero, es porque murió”, recuerdan ellas. El rostro de Alfaro estaba completamente manchado de sangre de los compañeros que cargó. Vio a su mamá buscándolo con desespero, pero no lo conocía. “Me le acerqué y le dije: ‘Mamita, soy yo, acá estoy’, y ella daba gracias a Dios mientras sacaba su pañuelo para limpiarme”. María, mamá de Abelardo Alzate, solo miraba lo que pasaba en medio del llanto.

De las familias de los 38 fallecidos, siete fueron incluidos en el registro de la Unidad para las Víctimas, a dos les negaron el ingreso y 22 no tienen registro. De los sobrevivientes solo aparecen ocho. “A una mamá, en una jornada que adelantó la Unidad para las Víctimas hace unos años, un funcionario le dijo: ‘Señora, ya échele tierrita a eso, que pasó hace mucho tiempo’. ¿Cómo se le ocurre decirle eso a una mamá que entregó a su hijo a la patria?”, cuestiona Alfaro, al ver que muchas familias por desconocimiento fueron a efectuar el registro extemporáneamente.

Por la toma de Gutiérrez, el Consejo de Estado condenó a la nación por la falta de planeación militar que puso en peligro a los soldados. “Ver a los que lideraron decenas de masacres como esas sentados en el Congreso, haciendo leyes para toda Colombia, se evidencia que podíamos ser los militares más berracos, pero perdimos políticamente”, concluye Alfaro. Asegura que la verdad de la historia está siendo manipulada con una nueva narrativa.