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| 9/25/2010 12:00:00 AM

Golpe al terror

Con la muerte del 'Mono Jojoy', las Farc no están liquidadas, pero sí en vías de extinción. ¿Cuánto más resistirán?

Golpe al terror Golpe al terror
Desde las 2:30 de la mañana del miércoles 22 de septiembre, 600 hombres de las fuerzas especiales del Ejército desembarcaron en las tupidas selvas de La Macarena, uno de los lugares más inhóspitos de Colombia. Una vez en tierra, las tropas se enfrascaron en feroces combates con la guardia pretoriana del jefe militar de las Farc, alias 'Jorge Briceño Suárez', el temido Mono Jojoy. Con el apoyo de 38 aviones y helicópteros, avanzaron hacia el campamento de quien fue la mano derecha y brazo militar de Tirofijo. Era un verdadero búnker donde se refugiaba el hombre que con sus acciones terroristas y amenazas se había convertido en los últimos 20 años en el 'coco' de los colombianos. Con un bombardeo intenso lograron vulnerar las defensas de Jojoy y, pocas horas más tarde, caería muerto en un enfrentamiento con las tropas. Por primera vez un miembro del Secretariado moría en territorio colombiano no por vejez o enfermedad, sino por la acción del Estado.

La muerte del Mono Jojoy marca el más importante punto de inflexión en la guerra de cuatro décadas del Estado contra la guerrilla. Las Farc ya nunca serán las mismas; el aparato militar que tanto daño le perpetró al país quedó fatalmente herido. Jojoy era el mariscal de la guerrilla más antigua del continente. Su liderazgo sobre los subversivos rasos era indiscutible y muchos de sus subalternos no dudaban en hacerse matar por él. Este estratega había convertido a las Farc a finales del siglo pasado en un ejército, en una máquina de guerra capaz de enfrentarse de tú a tú con las fuerzas del Estado. Y aún hoy, debilitado por el acecho continuo del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, mantenía un liderazgo en las tropas. Fue él quien, en marzo de 2008, informó por primera vez a sus hombres y mujeres de la muerte de Tirofijo y advirtió de la gravedad del decomiso de los computadores de Raúl Reyes.

Cada vez que lograba escabullirse de los cercos militares, crecía su importancia y su aura de supuesta invencibilidad dentro de las Farc. Su voz era quizá el último aliciente para los centenares de guerrilleros bajo su mando, que ya no luchaban por una revolución o por cambiar el país, sino por el magnetismo que irradiaba la frialdad del guerrero en su condición más pura. Aún es temprano para medir el impacto de su muerte. El gobierno espera que aumenten las deserciones en las próximas semanas, tanto que el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, planteó incluso la posibilidad de mejorar las condiciones a quienes se desmovilicen. Algunos analistas son más cautos y recuerdan que también se esperaba lo mismo después del ataque contra Reyes y de la posterior muerte de Tirofijo, y no ocurrió. Pero Reyes, a pesar de su importancia orgánica dentro del Secretariado, no era Jojoy en el campo de batalla. Porque la fuerza de un ejército, regular o irregular, no está tanto en la estrategia política como en la moral de la tropa. Más aún: en las guerras, el poder militar es el que determina el poder político. Y Jojoy era el último símbolo de un poder militar en decadencia, y su muerte tendrá profundas repercusiones en el espíritu de lucha y seudorrevolucionario de todo guerrillero que empuñe un fusil.

Guardadas las proporciones, el golpe al Mono Jojoy se asimila a la captura del jefe máximo de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, en 1992. Como Guzmán, su solo nombre generaba miedo. Como Guzmán, el jefe militar de las Farc parecía todopoderoso e invencible. Mientras Guzmán imponía el terror bajo la sombra y la mitología -nadie conocía su rostro-, el Mono Jojoy era omnipresente. Durante la zona de distensión, retumbaban sus órdenes de "llevar la guerra a las ciudades", de secuestrar a políticos para el canje, de imponer la llamada ley 002 -una extorsión de un millón de dólares a las empresas-. Si bien con la detención de Guzmán no desapareció Sendero Luminoso -hoy incluso siguen existiendo pequeños grupos-, marcó el principio del fin de la amenaza terrorista a la supervivencia del Estado peruano.

Los comandantes de las Farc ya no se sienten tranquilos en el país. No es coincidencia que varios de ellos -como los miembros del Secretariado Iván Márquez y Timochenco- hayan optado por permanecer en Venezuela, como quedó al descubierto con las pruebas que el gobierno colombiano mostró en la OEA en Washington, en julio de este año.

Este temor a ser capturados o muertos es la consecuencia de una estrategia diseñada y puesta en marcha hace cuatro años, que surgió, como suele ocurrir, de una serie de fracasos anteriores.

Las 'burbujas'

Durante la era Uribe, el comandante Jojoy se convirtió en la prioridad para el gobierno. Entre 2004 y 2006, la fuerza pública lanzó 22 operaciones de gran envergadura, que incluían el movimiento de miles de soldados para buscarlo en lo más profundo de la selva. Los primeros bombardeos y acciones en su contra comenzaron en los llanos del Yarí, en el sur del país, pero el escurridizo guerrillero siempre lograba eludir los gigantescos cercos militares. Del Yarí se movía hacia la zona de La Uribe, Meta, y de allí hacia la región de la Macarena, esquivando el permanente acecho de las tropas.

A finales de 2006, con la llegada de Juan Manuel Santos al Ministerio de Defensa, se inició una profunda reingeniería en las fuerzas militares y de policía con el fin de optimizar resultados. El entonces ministro Santos, de la mano de sus dos viceministros, Sergio Jaramillo, hoy recién nombrado asesor de Seguridad Nacional, y Juan Carlos Pinzón, hoy secretario general de la Presidencia, dieron un vuelco total a la forma como se estaba enfrentando la guerra. Lograron, por primera vez en décadas, desactivar muchos de los celos y la desconfianza que existía para compartir información entre todas las Fuerzas Militares, Policía y organismos de inteligencia.

Uno de los primeros pasos fue crear lo que llamaron 'burbujas'. Básicamente consistía en asignar responsabilidades específicas a cada una de las Fuerzas Militares y a la Policía, dependiendo de la información de quien tenía mayor inteligencia sobre determinado jefe guerrillero. Había una cabeza visible que respondía por los resultados. Se escogieron unos jóvenes oficiales claves en el Ejército, la Policía y la Armada -siempre con el apoyo decisivo de la Fuerza Aérea-, la mayoría tenientes coroneles y coroneles, a quienes se les dio carta blanca para desarrollar las operaciones. El nombramiento de Freddy Padilla de León como comandante de las Fuerzas Militares y de Óscar Naranjo como director de la Policía también fue una jugada clave, ya que estos dos oficiales son formados esencialmente en el área de inteligencia y, como tal, entendían perfectamente lo que se buscaba.

El siguiente paso fue garantizar que esa información pudiera ser ejecutada en el terreno. Para ello se creó la Jefatura de Operaciones Especiales Conjunta (Joec), que esencialmente es un comando de fuerzas élites de policía y fuerzas militares capaces de dar los golpes en el campo de batalla. Los resultados de esas tácticas empezaron a verse unos meses más tarde. En septiembre de 2007 fue dado de baja el Negro Acacio y, un mes después, Martín Caballero, el comandante guerrillero que había secuestrado al ex ministro Fernando Araújo. En marzo de 2008 se hizo la exitosa pero polémica operación contra el jefe Raúl Reyes, en territorio ecuatoriano.

Mientras muchos de sus comandantes guerrilleros caían en bombardeos y combates en todo el país, Jojoy empezó a sentir que esa presión también estaba sobre él. Entre 2007 y 2009, el jefe militar de las Farc perdió a siete de 14 comandantes de frente que componían esa estructura. Algunos de esos frentes sufrieron duras y numerosas bajas, a tal punto que de los 7.000 hombres que tenía el Bloque Oriental de las Farc a comienzos de 2002 pasó a contar con 3.000 a finales de 2009. En 2010, la fuerza pública quebró la unidad de mando que tenía Jojoy sobre esa estructura y se logró incomunicarlo con algunos de sus hombres claves, asfixiándolo hasta conseguir el resultado del miércoles de la semana pasada.

El viento en contra

Con la desaparición del Mono Jojoy, las Farc enfrentan la más grave crisis de sus 40 años de historia. Aunque Alfonso Cano fue designado como el sucesor de Tirofijo en mayo de 2008, para muchos guerrilleros rasos Jojoy debería haber ocupado esa posición, por sus éxitos militares y condición tropera. La pregunta es si Cano será capaz de asumir la dirección de los frentes del Bloque Oriental, que quedaron a la deriva con la muerte de su jefe máximo. O si Joaquín Gómez y Fabián Ramírez, los dos miembros del Secretariado con mayor capacidad militar, acatarán las órdenes de Cano, quien es considerado más político que estratega de la guerra.

Si bien históricamente las Farc han demostrado una unidad de mando inquebrantable, las circunstancias actuales pondrán a prueba esa cohesión. Para empezar, en los últimos meses, debido a las operaciones militares en su contra, se ha reducido la capacidad de Cano de comunicarse con el resto del Secretariado. Estos problemas de comando y control se pueden ver acentuados por la zozobra causada por la muerte de Jojoy.

La comandancia de las Farc tiene dos opciones en este nuevo escenario: la primera es el habitual coletazo para mostrar fuerza. Fue el que lanzaron este mes con ataques en el Catatumbo, Caquetá y Putumayo. Otra alternativa es acudir al terrorismo urbano, algo que muchos analistas temen sea el camino que escoja la guerrilla en los próximos meses. Esas acciones, a pesar de su impacto mediático, son menores en el campo militar y terminan generando una reacción contraria a lo buscado por la guerrilla: hacen políticamente más riesgoso para el gobierno de Santos sentarse a negociar. Más aún en este momento, cuando el golpe a Jojoy fortalece la percepción de que las Farc están cerca del "fin del fin" y genera la sensación de victoria total dentro de la opinión pública.

Durante años, el objetivo de las ofensivas militares ha sido debilitar a los insurgentes para una eventual negociación. Esa visión subsiste en varios sectores de la sociedad y del gobierno, pero mientras que las Farc no liberen a los secuestrados y renuncien a esa práctica criminal, será difícil, si no imposible, que el gobierno de Santos acceda a hablar.

En los últimos meses, el Secretariado de las Farc había buscado reencaucharse en el escenario internacional. Solicitó la mediación de Unasur en el conflicto e incluso pidió una audiencia para expresar su punto de vista a los jefes de Estado de Suramérica. No tuvo eco. El fracaso de la diplomacia fariana refleja la nueva realidad que se vive en la región después de la denuncia colombiana de la presencia guerrillera en Venezuela y la posterior firma de la pipa de la paz entre Santos y el presidente Hugo Chávez.

Los dos mandatarios optaron por el pragmatismo: el colombiano silenció sus críticas y el venezolano públicamente pidió a las Farc dejar las armas. Fuentes de la administración Santos le dijeron a SEMANA que hay indicios de que los jefes guerrilleros ya no se sienten tranquilos en el vecino país. La muerte de Jojoy aviva la percepción de que las Farc están acabadas y que no vale la pena arriesgarse a apoyarlas. Algo similar ocurre con Ecuador. El propio presidente Santos agradeció la cooperación ecuatoriana en la operación de la Policía que causó la muerte a 27 guerrilleros. La llamada diplomacia meliflua está dando réditos.

Qué viene ahora

En su discurso del jueves por la noche, el presidente Santos advirtió que "no es hora de triunfalismos". Es entendible su prudencia. Las Farc siguen siendo capaces de generar daño, como lo demostraron en días pasados. Con la estrategia de movilizarse en unidades pequeñas para evitar bombardeos, de usar francotiradores y minas sin restricciones y las tácticas clásicas de la insurgencia, la guerrilla ha logrado darle golpes a la fuerza pública. Aunque estas acciones las mantienen en los titulares de la prensa, ya no representan la misma amenaza a la seguridad nacional que antes.

Es una nueva realidad que es difícil absorber tanto para las Farc como para la sociedad colombiana. Para las Farc, porque ya no son el poderoso ejército popular del Caguán. Para la sociedad, porque después de casi medio siglo de conflicto le es imposible imaginarse un país sin una guerrilla omnipresente.

Tal vez los únicos que han asimilado ese cambio son los agentes económicos. Ni la bolsa de valores ni el dólar tuvieron mayores variaciones cuando se regó la noticia a las 8 de la mañana del jueves. Por lo menos para los mercados, las Farc ya no son un factor imprescindible del acontecer del país.

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