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| 11/25/2017 10:15:00 PM

Guaduas, del nacimiento de una guerrilla a la paz

En esta vereda de Carmen de Atrato, Chocó, nació en 1993 el Ejército Revolucionario Guevarista, que fue por muchos años símbolo de la guerra. Ahora, los habitantes dejaron a un lado sus odios y dolor para construir una nueva sociedad basada en la reconciliación.

Guaduas, del nacimiento de una guerrilla a la paz Guaduas, del nacimiento de una guerrilla a la paz

Guaduas, una vereda de Carmen de Atrato (Chocó), aparece después de pasar por el corregimiento El Siete, asentado en la vía de Medellín a Quibdó. Para verlo desde lejos hay que atravesar una vertiente de la cordillera Central, al lado del río Atrato, que a esas alturas todavía es una quebrada. Desde la cima de la montaña, Guaduas se ve lejos, un gran llano atravesado por un río.

De tan escondido,se entiende por qué el ELN lo tuvo de guarida y por qué allí nació una guerrilla: el Ejército Revolucionario Guevarista (ERG). Su comandante era alias Cristóbal, a quien la comunidad conocía por su nombre verdadero: Olimpo Sánchez Caro. Si bien el ERG llegó a tener más de 200 hombres que patrullaban por Risaralda, Antioquia y Chocó, fue una guerrilla muy local arraigada en Guaduas, donde las familias Sánchez y Caro eran mayoría. No sería un exceso decir que el ERG empezó como una guerrilla familiar y los rencores entre familias pueden ser eternos, lo que hace más difícil una reconciliación. Pero esta, dicen, es tierra de valientes.

A comienzos de la década del ochenta apareció por el caserío un grupo del M-19, un montón de muchachos universitarios que repartieron clases de socialismo y siguieron su camino por el Chocó. Eran unos 20 hombres con más sueños que capacidades, y a los pocos meses la selva los escupió escuálidos y enfermos. Después surgió el frente Che Guevara ELN, que supo encontrar en la comodidad de ese llano con río y montañas cercanas las condiciones ideales para armar un campamento. Al principio la relación fue amistosa, los guerrilleros ayudaron a los campesinos con las labores, adoctrinaron y encontraron varios simpatizantes, sobre todo en la familia Sánchez.

“Pero esto aquí se volvió difícil porque ellos ya convocaban a reuniones y si uno no iba, empezaban a preguntarse si uno era un informante del Ejército, porque en la guerra cualquiera se vuelve paranoico”, dice Marisol Sánchez Sánchez, de 46 años. En 1989, su familia se tuvo que ir de Guaduas porque su padre, Álvaro Sánchez, no quería asistir a las reuniones del ELN. Por entonces, Marisol tenía unos 17 años y recuerda que su madre estaba esperando bebé. Viajaron a Bagadó (Chocó), y como a tantos, el desarraigo los hizo caer en hondas tristezas.

“Fue muy difícil, pero aquí volvimos a hacer vida juntos. Creo que Guaduas muestra que la paz puede existir. Aquí siempre nos dimos a la tarea de mirarnos como seres humanos. Muchas personas me preguntan cómo hicimos para convivir con nuestros victimarios, y eso es normal entendiendo que el otro es un ser humano igual que uno”, dice Ana Gertrudis Sánchez Caro.

Nadie tiene muy claro por qué, pero en 1993 Olimpo Sánchez Caro decidió retirarse del ELN y formar su propia guerrilla, que empezó con sus familiares más cercanos, hermanos y sobrinos. Quizá esa fue una de las fortalezas del ERG, que encontraba lealtad en lo familiar, era una familia que quería tener su propia revolución. Su base y su casa era Guaduas, un refugio que otras guerrillas quisieran.

“Olimpo es mi tío”, dice Marisol Sánchez, y cuenta que desde ese momento el conflicto se puso más difícil porque la comunidad se dividió. Por un lado, estaban los que conservaban relaciones con el ELN, los que tenían algunos familiares en las filas; por el otro lado, permanecían quienes formaban una nueva guerrilla.

Las tensiones se mantuvieron hasta el 22 de mayo de 1998 cuando el ERG asesinó al presidente y al tesorero de la Junta de Acción Comunal, Francisco Javier Restrepo y Euquerio Úsuga, porque los creían colaboradores del Ejército. Los campesinos que aún vivían en el valle de Guaduas se fueron definitivamente, algunos con mucho temor, otros llenos de rabia, pues veían cómo el grupo que algunos habían apoyado, porque decía defender el bien común, se había levantado contra su propio pueblo.

Por esa época, ya se rumoraba que el bloque suroeste antioqueño de las AUC quería tomarse Guaduas para purgarlo de tanto guerrillero. El miedo se había expandido. Algunas noches, los campesinos decidían dormir en cambuches que armaban en el monte; o ciertos días, al ver un carro bajar desde la montaña, salían corriendo a refugiarse entre los matorrales. Así que el asesinato los empujó a todos a abandonar la vereda.

Entrando a Guaduas se ve cómo los animales pastan tranquilos. Bovinos de varias razas llenan los potreros; hay equinos y mulares; patos y gallinas cruzan la carretera esquivando las llantas de los camperos, los únicos carros que pueden hacer la ruta en semejante trocha. Los animales llegaron hace poco cuando el 30 de septiembre la Unidad de Víctimas les entregó a los campesinos 60 novillos de entre 20 y 30 meses de edad, de variadas razas y cruces, suplementos y vitaminas. La edad del ganado ha permitido que Marisol Sánchez no tenga que esperar mucho para poder ordeñar las vacas y sacar queso para consumir y vender. “Aquí vamos viviendo con el fruto del trabajo, pero también gracias a los frutos de la reparación colectiva”.

La comunidad empezó el proceso de reparación colectiva con la Unidad para las víctimas el 13 de marzo de 2013, lo que llevó a que este año impulsara la Asociación Agroecológica de Guaduas (Agroecotur). Para reconciliarse no solo se necesita voluntad, sino promesa de futuro, que han encontrado en los programas de cultivos. “Ahora nosotros queremos que nos den impulso para sacar nuestros productos”, dice Marisol Sánchez, quien espera que en diciembre empiece la construcción de la caseta comunitaria y del proyecto de cacao y plátano, con el que podrán comercializar el fruto de su trabajo. “Después de la violencia solo nos ha quedado seguir adelante”.

“La gente se fue durante dos meses y algunos volvieron en agosto de ese mismo año porque empezaron a dudar de la certeza de las supuestas amenazas de las AUC. El caso es que cuando volvieron, entraron los paramilitares. Así asesinaron a Elvira Bolívar Moncada, una mujer de más de 70 años; a Arvey Herrera Restrepo, que era muy joven; y a Miguel Caro Bolívar. Después incendiaron todas las casas. Aquí la mayor destrucción de las viviendas las hicieron los paramilitares, ellos acabaron con puentes y casas. Después de eso la gente se fue del todo”.

Marisol Sánchez está de visita donde su tía Ana Gertrudis Sánchez Caro, que tiene 52 años y prefiere el silencio. Su hermano era Olimpo Sánchez y su esposo, Fabio Caro, era un fiel colaborador del ERG. Hubo años en los que les informaban todos los movimientos raros, las posiciones de los paramilitares, del Ejército. Ana Gertrudis cumplía tareas más básicas, les compraba ropa, mercado, les cosía medias.

“Cuando el ERG se iba a desmovilizar, mi hermano me dijo que me metiera en la desmovilización, que era mejor, pero a mí me daba pereza porque quedaba marcada, reseñada para siempre, pero al final acepté. Mi esposo y yo nos desmovilizamos ahí, pero imagínese que a los tres años completicos lo mataron, el 25 de mayo de 2011. Yo estaba en el Carmen de Atrato con mi hijo y me avisaron. Lo mató el frente 34 de las Farc”. Ese mismo día, las Farc asesinaron a Fabio Nelson Vélez, que había prestado servicio militar. A los dos los acusaron de ser informantes.

“Yo creí que esa paz que estábamos viviendo aquí se iba a acabar, pero no, aquí aprendimos a ser berracos”, dice Marisol Sánchez, y su primo Bander Yaved Caro Sánchez –33 años, una prótesis en la pierna derecha, una cola larga en el pelo, 11 años de cárcel– dirá que la comunidad aprendió a adaptarse, o que si no, vea su historia: después de la incursión paramilitar decidió entrar al ERG, tan solo con 13 años, y quedarse ahí hasta que cayó en una mina. Esperó 18 horas tirado en el monte, viendo cómo los gusanos aparecían en la carne quemada hasta que lo rescataron, después lo capturaron y fue a parar a Bellavista. “Estoy aquí hace un mes y me doy cuenta de que la paz volvió”.

Una muestra de que los campesinos han superado la violencia, el recuerdo amargo, va más allá de los cultivos y los proyectos productivos o de que tengan puente y les hayan abierto carretera de nuevo –una manera de apropiarse de la tierra–. La muestra más grande es que hablan de la violencia sin asomo de venganza, que hablan todos juntos, mientras se toman unas cervezas y juegan billar. Víctimas y victimarios continúan la vida, mientras olvidan el pasado.

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