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Prólogo de ‘Fronteras Rojas’, escrito por Íngrid Betancourt

SEMANA publica el prólogo del libro más reciente de Annette Idler (editorial Debate), que relata “una mirada al conflicto y el crimen desde los márgenes de Colombia, Ecuador y Venezuela”.


Fronteras Rojas narra un episodio de la historia latinoamericana que, en muchas partes, se ha quedado por fuera de las memorias oficiales: una mirada al conflicto y el crimen desde los márgenes de Colombia, Ecuador, y Venezuela.

Es una obra académica que contribuye a las ciencias sociales con una teoría sofisticada, un enfoque metodológico riguroso y un análisis meticuloso al revelar el papel de los patrones de orden no estatal para la seguridad ciudadana y mostrar cómo la frontera misma influye en estas dinámicas de seguridad. Además de ser un importante trabajo de investigación que ayuda a entender mejor el mundo como realmente es, retomando las palabras de la autora, también es una ventana a una realidad oculta, inaccesible a los ojos de la mayoría de la gente, revelando con ello otra cara del conflicto y el crimen.

Una mirada desde la periferia nos puede explicar mucho sobre los centros. Basado en el trabajo de campo exhaustivo en las zonas fronterizas colombo-ecuatorianas y colombo-venezolanas, las capitales de los países y con más de seiscientas entrevistas realizadas por la autora, Fronteras Rojas muestra las realidades en los márgenes de Colombia, Ecuador y Venezuela, muchas veces malinterpretadas por los de afuera. El abandono en el cual vive la gente en estas zonas a menudo pasa inadvertido. Las injusticias, violaciones de derechos humanos y el resentimiento que agobian a la gente, pocas veces salen a la luz. Pero hay que comprender estas realidades a través de las voces de los marginados para crear narrativas más holísticas sobre cada región. Annette Idler demuestra que lo que vale allá es el orden establecido por fuera del Estado. La gente aprende a manejar reglas implícitas, responde a otros poderes, y desarrolla técnicas de confrontación autóctonas. Construir puentes para que esa periferia entre en diálogo con los centros legales y de tradición, es un paso necesario para promover el diálogo y combatir los prejuicios de uno y otro lado.

Fronteras Rojas también demuestra que, cuando la guerra borra el rostro humano y solo queda un fenómeno abstracto, con estadísticas de bajas, de confrontaciones, de ataques y de números de desplazamientos, ahí es cuando más importante resulta recordar las vivencias de las personas, con sus destinos y sus sueños. Annette Idler sostiene que el concepto de seguridad nacional no es suficiente para garantizar vidas dignas, paz, desarrollo sostenible. Hay que ampliar esta idea y empezar con la seguridad de la persona humana, es decir, la seguridad del ciudadano y no solo de las instituciones, o centros de poder, lo cual incluye las percepciones y emociones de la gente, no solo lo que se observa desde afuera. Esto es lo que logra la autora de manera sorprendente. Sin patologías, con rigor de registro académico, llegan a nosotros los relatos de los silenciados, los olvidados, los excluidos y, a veces también, de los sobrevivientes.

Esto significa saber prestarle oído al sufrimiento humano amordazado por la guerra, al temor de la gente constantemente victimizada, dándole valor a las voces que no dejan huella, que no se notan, que parecen sin importancia, sobre todo cuando narran la violencia que se hace rutina, aquella que no se manifiesta en titulares noticiosos.

Es precisamente la trivialización de los hechos atroces, la normalización de la brutalidad, lo que impide entender el valor del debate sobre la seguridad para los habitantes de estos mundos marginados. Fronteras Rojas nos permite ver lo que ya no vemos y lo que nadie cuenta, indignarnos y reaccionar frente a esos detalles de lo diario, registrados con meticulosidad científica por Annette Idler, quien nos deja a solas con nuestra conciencia.

Ahí también hay espacio para la admiración: el combate anónimo, la resistencia y perseverancia de los muchos que sobreviven aislados, la solidaridad entre olvidados, y las lecciones de dignidad en las situaciones más duras que pueda soportar el ser humano. Annette Idler logra abrirle al lector las compuertas de la esperanza.

Y cuando vemos de qué manera confluyen simultáneamente en estos espacios de fronteras las barbaridades del conflicto armado, las del crimen organizado y las de la pauperización, los factores tangibles e intangibles que conforman los cuadros de inseguridad presentados por Annette Idler nos arrojan una luz reveladora sobre el sentido que le damos a la vida, a la libertad, a la justicia y a la democracia.

Recordamos con la autora que las líneas fronterizas son constructos artificiales que dividen arbitrariamente a los pueblos. Al mismo tiempo son centros de intercambio que incentivan flujos de gente, de ideas y de bienes. Cuando se empiezan a evidenciar estas conexiones entre los pueblos, conexiones labradas por el tránsito de todo lo humano, y se empieza a observar al otro por la necesidad de entenderse a sí mismo, es cuando estas fronteras se transforman en puentes epistémicos. Esto es esencial para el conocimiento —si se quiere holístico— de nuestra nacionalidad, no solo con la integración de las comunidades fronterizas en nuestro bagaje identitario, sino también con la tipificación de las identidades transnacionales que la completan.

Adicionalmente, con Fronteras Rojas se nos da la oportunidad de registrar y estudiar las dinámicas transfronterizas que van en contravía de nuestros valores democráticos y de nuestro sentido de justicia. Presenciamos la operatividad de espacios sin dios ni ley, abiertos por el movimiento transfronterizo de los actores violentos —ya sean políticos o del crimen organizado—, y nos damos cuenta de que exigen respuestas particulares, transfronterizas, que reconozcan la complejidad de estos locus de frontera.

Fronteras Rojas es finalmente una invitación a inspeccionar nuestra realidad de otra manera, introducidos a la complejidad de nuestra historia con otra narrativa, desde las voces y los ojos de los que hemos abandonado.

Las perspectivas divergentes que se enfrentan en estos tiempos difíciles de polarización nacional y mundial, de nuevas violencias en Colombia, de crisis en Venezuela, de desigualdades persistentes en el subcontinente, nos obligan a detenernos antes de seguir con nuestras vidas agitadas. Es un momento para meditar sobre las lecciones del pasado, no para quedarse con el rencor o el miedo, sino para recobrar la capacidad que no hemos perdido de sembrar con empatía, reconociéndonos en el sufrimiento del otro. Si algo nos deja el trabajo de Annette Idler, es la certeza de que las experiencias de vida de cada uno de nosotros son nuestra brújula para construir el mundo diferente al que tenemos derecho.

Íngrid Betancourt

Oxford, enero del 2021