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| 3/19/2010 12:00:00 AM

Bernardo Jaramillo Ossa sabía que lo iban a matar

Hace 20 años el candidato presidencial fue asesinado en un episodio del exterminio de todo un movimiento político de izquierda: la Unión Patriótica.

Bernardo Jaramillo Ossa sabía que lo iban a matar Bernardo Jaramillo Ossa, candidato presidencial y dirigente de la Unión Patriótica asesinado el 22 de marzo de 1990.
Con mezcla de frialdad y quizá con un poco de humor negro, el candidato presidencial por la Unión Patriótica, Bernardo Jaramillo Ossa, aseguraba en todas las entrevistas que lo iban a matar.
 
Una predicción que no resultaba difícil después del asesinato de centenares de militantes de ese movimiento de izquierda que surgía con un gran respaldo popular que no se veía en Colombia desde la época de Jorge Eliécer Gaitán.
 
Su presentimiento se cumplió el 22 de marzo de 1990. Cuatro balas disparadas desde una Mini-Ingram por un joven que lo esperaba en el Puente Aéreo de Bogotá, acabaron con su proyecto de una izquierda moderna y democrática y se convirtió en uno de los tres candidatos presidenciales asesinados en la sangrienta campaña de 1990.
 
Ya estaba muerto el candidato del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán y sólo faltaba un mes para que acabaran con la vida del recién desmovilizado del M-19 y también candidato a la presidencia, Carlos Pizarro Leongómez.
 
Jaramillo Ossa tuvo éxito en la política por su franqueza. Quienes lo conocieron, lo catalogaban como un social demócrata, un visionario y un hombre de cambio.
 
Nació en Manizales en 1956 y se graduó en Derecho y Ciencias Políticas. Pronto se convertiría en un importante dirigente agrario en el Urabá Antioqueño, militante del Partido Comunista Colombiano y tras la expulsión de esa colectividad por plantear reformas ideológicas y abrir paso a la concertación y a la democratización sin abolir la propiedad privada, asumiría la presidencia de la Unión Patriótica después del asesinato de su dirigente, Jaime Pardo Leal en 1987.
 
Este abogado manizalita acertó, hace 20 años, en lo que sería la degradación del conflicto armado colombiano. Advirtió el fortalecimiento de las estructuras paramilitares y su complicidad con el Estado y el narcotráfico, y señaló la pérdida del horizonte político de la guerrilla de las Farc, subrayando incansablemente que la única salida posible era el diálogo. En repetidas ocasiones aseguró que la UP no necesitaba de las Farc, ante las denuncias de sus contradictores que señalaban a ese movimiento como brazo político de la guerrilla.
 
“Sé que la única salida política al conflicto armado pasa por el diálogo entre gobierno e insurgencia y la interlocución válida de la sociedad civil para encontrar caminos de reconciliación”, afirmaba en Jaramillo en sus discursos y siempre resaltaba que “no se puede ser consecuente con la paz ni hablar de paz mientras no se combate efectivamente a los grupos paramilitares ni se castiga ejemplarmente a los miembros del Estado comprometidos en la violencia contra la población civil”.
 
Jaramillo Ossa confiaba en que un proceso de paz no debía resumirse a la entrega de armas por parte de la insurgencia, sino que debería alcanzar transformaciones profundas en una sociedad inequitativa como la colombiana. Por eso fue uno de los principales veedores del proceso de desmovilización de la guerrilla del M-19 y su transformación en partido político, perseguido y exterminado al igual que la Unión Patriótica.
 
Su muerte
 
Bernardo Jaramillo Ossa llegó al Puente Aéreo de Bogotá a las 7:30 a.m el jueves 22 de marzo. Lo acompañaban Mariela, su esposa, once escoltas del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), dos de la Policía y dos de la Unión Patriótica (UP).

La pareja abordaría un vuelo de Avianca, rumbo a Santa Marta, para gozar de la luna de miel que no habían podido tener por las múltiples ocupaciones del dirigente político.
Su esposa recuerda que justo ese día no quiso llevar el chaleco antibalas que siempre usaba por ser uno de los hombres más amenazados del país.
 
Una hora antes, un joven de 17 años, vestido de corbata y un maletín en su mano, llegó a la terminal aérea y confirmó un pasaje de Avianca en el mismo vuelo a Santa Marta. Las autoridades lo identificaron después como Andrés Arturo Gutiérrez, el menor de cuatro hijos de una familia que vivía en el barrio Enciso de Medellín.
 
Minutos después, tres hombres se acercaron al joven y le entregaron una ametralladora Miningram, calibre nueve milímetros y una fotografía del líder de la UP. Luego se alejaron. Andrés Arturo agarró el arma, la escondió en su saco y esperó sentado en los pasillos del terminal fingiendo leer un periódico y esperando el momento preciso para actuar.

Todo estaba planeado. Si el primer intento en el Puente Aéreo fallaba, había otro joven que también abordaría el avión para asesinar a Jaramillo en pleno vuelo. Pero si éste también fallaba, otro grupo de sicarios lo esperaba para ultimarlo en el aeropuerto de Santa Marta.

Ese joven que abordaría el avión se llamaba Gerardo Martínez, quien un mes después acabó con la vida del recién desmovilizado del M-19, Carlos Pizarro Leongómez.
Andrés Arturo le disparó a Bernardo a las 8:05 a.m. El sicario desenfundó la ametralladora y la accionó escondiéndola con el periódico. En menos de un minuto descargó las 33 balas del proveedor.

Cayó herido, tenía cuatro impactos en el tórax. Mariela, su esposa, se tiró a su lado para protegerlo. Herido, Jaramillo le dijo a su esposa: “Mi amor, no siento las piernas. Estos hijueputas me mataron, me voy a morir. Abrázame y protégeme”.

Y allí quedó su anhelo de una patria democrática, equitativa e incluyente. Y allí quedaron sus sueños, repetidos en varias entrevistas, de tener la posibilidad de caminar por las calles sin escoltas, de ir tranquilo a una heladería, sentarse en una banca de un parque para darle de comer a las palomas, leer un periódico o entrar a un cine.

El exterminio de la Unión Patriótica dejó como saldo el asesinato de dos candidatos presidenciales, nueve congresistas, 70 concejales y decenas de diputados, alcaldes y líderes políticos. Se habla de más de 4 mil víctimas, muchos de ellas desaparecidas.

Días antes del asesinato de Jaramillo Ossa, entre los dirigentes de la UP causó revuelo unas declaraciones de Carlos Lemos Simonds, ministro de gobierno del presidente Virgilio Barco. Lemos Simmonds sostuvo en entrevista con Colprensa que “el país ya está cansado y una prueba de ese cansancio es que en estas elecciones votó contra la violencia y derrotó al brazo político de las Farc que es la Unión Patriótica. Se van a enojar porque les estoy diciendo esto, pero ellos saben que es así”. 

Dirigentes de la UP reaccionaron diciendo que esas afirmaciones ponían en riesgo la vida de sus militantes.

¿Quién ordenó su asesinato?

Esa misma mañana, el general Maza Márquez, director del DAS, atribuyó la autoría intelectual del asesinato al capo del cartel de Medellín, Pablo Escobar en su guerra terrorista que había asesinado meses atrás al candidato presidencial Luis Carlos Galán. Pero el poderoso narcotraficante envió una carta declarándose “adolorido” y negó categóricamente ser el autor intelectual del crimen.

Los Castaño, jefes paramilitares, entonces se convirtieron en el foco de las miradas. En su libro “Mi confesión”, Carlos Castaño afirma que su hermano Fidel dio la orden de asesinar al dirigente de la UP. Otras hipótesis hablaron de escuadrones de la muerte cercanos a organismos del Estado e incluso de sectores de las Farc, incómodos con las reiteradas condenas de Jaramillo a la lucha armada.

Veinte años después, lo único que se ha conseguido acaba de suceder: el crimen fue considerado de lesa humanidad para evitar que su investigación prescriba.
 

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