Mientras las campañas presidenciales pasan diciendo que la educación es esencial, los gobiernos, en su mayoría, pasan como ¨administradores¨ de recursos de la educación, como si fueran gerentes pasajeros de una especie de empresa de distribución de productos, entre los que están: cupos, infraestructura, alimentación, etc.
Sin embargo, aún falta una apuesta que transforme de fondo la educación para que logre cambios generacionales, culturales y productivos que necesitamos.
Tenemos avances como el aumento de presupuesto y cobertura, pero la velocidad de estos cambios no se ajusta a la velocidad ni de los cambios sociales que acontecen, ni de las nuevas generaciones.
Niños y niñas que crecen con tecnología, sin acompañamiento de los padres, con niveles altos de estrés y violencia, sin alimentación y cuidado adecuado, pretendemos que cambien y encajen en un sistema errático que no encaja al mundo real al que se enfrentarán los estudiantes.
El problema esencial y casi filosófico radica en dejar de entender la educación como un servicio y entenderlo como un derecho, esto es, que sea Universal (Para todos), Inalienable (Nadie lo puede quitar), Irrenunciable (No se puede renunciar), Indivisible (No puede renunciarse a causa de otro), Imprescriptible (Es para toda la vida, no importa la edad). Algunas de esas transformaciones de fondo que deberíamos trabajar son:
1. Ningún niño puede ser excluido del sistema, incluso ante desafíos de aprendizaje y/o conducta, los niños, todos, deben estar en la escuela, lugar en donde están los que saben enseñar, los que saben acompañar. Si tuviéramos niños aprendidos y perfectamente comportados, no necesitaríamos ni escuela ni los docentes.
2. Es necesario regular la educación privada. Si bien la educación privada hace parte de un mercado, no es ¨cualquier¨ mercado, pues se está garantizando un derecho que debe cumplir con las mismas condiciones de exigibilidad. La única diferencia entre la educación pública y privada debería ser de dónde provienen los recursos con que se financian; para el primer caso del Estado, para el segundo las familias, pero las condiciones y obligaciones deben ser las mismas.
3. Regular y promover la educación en la primera infancia que garantice no sólo cuidado, sino también estimulación y formación, identificación de alertas en el desarrollo, atención pertinente y espacios seguros. Esta acción impacta no solo la niñez sino también en beneficio de los derechos de las mujeres que deben abandonar su vida profesional por el cuidado.
4. Estructurar un sistema real de apoyos a la inclusión educativa que superen las guías y documentos, y pase a ofrecer equipos de apoyo pedagógico formados que acompañen los docentes y en casos muy específicos a los estudiantes dentro del aula, estableciendo planes, ajustes y flexibilizaciones curriculares.
5. El Estado debe volver a tomar el control de la educación, increíblemente siendo un derecho de primera categoría, la educación termina estando a voluntad de las instituciones educativas o de los rectores. Para casos de discriminación, acoso o desafíos pedagógicos, termina siendo el niño el culpable, y no el entorno educativo ó las autoridades educativas, hecho que sólo reproduce la crónica de una deserción anunciada.
Sin estos cambios de fondo, seguiremos gastando recursos en intentar reparar lo que debió evitarse: jóvenes en organizaciones criminales, con conductas desafiantes, con consumo problemático, sin proyecto de vida y por tanto sin oportunidades educativas y de empleo. Todo sería diferente si hubiésemos tomado de la mano a ese niño cuando entró a la escuela, cuando empezó a no entender bien algunos temas, cuando empezó a tener comportamientos violentos, ó cuando no sabía cómo resolver sus conflictos. Cuando necesitaba un apoyo, un ajuste, una flexibilización, lo dejamos solo, le pedimos con voz de autoridad que se ajustara al modelo o sería expulsado… y después, con algún programa intermitente pretendemos recuperarlo, cuando pudimos salvarlo.
Pero para estos cambios se requiere una apuesta audaz que transforme a fondo la educación colombiana. Esperemos que el nuevo presidente esté a la altura de estas necesidades, o por ese pequeño espacio vacío, se nos va escapar la sangre que mantendrá viva la nación.
