Hay una particularidad del petrismo que merece ser estudiada. Las más graves acusaciones de corrupción y criminalidad que rodearon al gobierno de Gustavo Petro no provinieron de la oposición, de la Fiscalía, de la CIA ni del FBI. Surgieron de las entrañas del propio petrismo. Buena parte de lo que conocemos sobre las miserias de esa organización lo sabemos porque las personas en quienes Petro confió terminaron acudiendo a las autoridades o a los medios para denunciar a sus antiguos compañeros.
Y es que si uno examina el funcionamiento del petrismo, encuentra una estructura sorprendentemente parecida a la de cualquier banda delincuencial de las barriadas colombianas. Un jefe indiscutible, Gustavo Petro, que ejerce su autoridad a través de lugartenientes que se detestan entre sí. El célebre divide y vencerás, llevado a una dimensión que revoluciona a Maquiavelo: no se trata de dividir al enemigo, sino a los aliados.
La diferencia con las bandas criminales del montón es que, mientras estas suelen resolver sus disputas internas mediante la eliminación física de sus integrantes, el petrismo encontró una fórmula muchísimo más civilizada, aunque igualmente ruin y grotesca: denunciarse ante las autoridades. Reemplazaron la pistola y el puñal por la noticia criminal. Y cuando esta no alcanza, siempre queda un espectáculo mediático para revelar las miserias del compañero de gabinete.
¿No me creen? Hagamos un recorrido por esta pintoresca organización.
Para escribir esta columna hice un recuento de las denuncias y acusaciones cruzadas entre los integrantes del petrismo. El resultado es dantesco: 17 denuncias formales, cinco anunciadas y más de 25 señalamientos públicos. Cerca de medio centenar de episodios en los que integrantes del gobierno o del círculo presidencial se acusaron mutuamente de las más variadas conductas. Fuego amigo.
El caso de Laura Sarabia y Armando Benedetti es ilustrativo. Laura Sarabia denunció a Armando Benedetti, quien amenazó con revelar los secretos de la financiación de la campaña presidencial. En sus enfrentamientos, Benedetti se refirió a ella como «coya», Laura Sarabia lo acusó de ser cocainómano, a lo que este respondió atribuyéndole la misma condición al jefe de ambos, Gustavo Petro. Una discusión barriobajera entre dos de las personas de mayor confianza presidencial. Lo sorprendente es que ambos conservaron posiciones privilegiadas en el gobierno.
Pero sería injusto atribuir semejante comportamiento exclusivamente a los funcionarios. La costumbre de ventilar las miserias propias mediante acusaciones contra los más cercanos se extendió hasta el entorno familiar del presidente.
Day Vásquez denunció a Nicolás Petro por recibir dineros de cuestionable procedencia. Mary Luz Herrán, exesposa del presidente, arremetió contra Verónica Alcocer. Eva Ferrer, antigua consejera presidencial, formuló gravísimos señalamientos contra Verónica Alcocer y Petro anunció acciones judiciales contra Eva Ferrer. Por su parte, Dumar David Guevara, viceministro de Igualdad, habría empleado términos bochornosos y de la peor calaña -no los trascribo por respeto- para referirse a Mary Luz Herrán y Andrea Petro, exesposa e hija del presidente. Para completar el cuadro, el propio Petro había pedido investigar a su hijo y a su hermano. Una familia ejemplar.
Y así sucesivamente. Angie Rodríguez denunciando a Carlos Carrillo, Carlos Carrillo denunciando a Angie Rodríguez, Angie Rodríguez denunciando a Petro y Petro anunciando que denunciaría a Angie Rodríguez. Sandra Ortiz acusando a Laura Sarabia y Laura Sarabia denunciando a Sandra Ortiz. Olmedo López señalando a Luis Fernando Velasco y Luis Fernando Velasco denunciando a Olmedo López. Todo recuerda aquella canción de la Sonora Matancera en la que Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó a Muchilanga y Muchilanga le echó a Burundanga. Una versión judicializada de la comedia del absurdo.
Y aquí hay que decir que lo extraordinario no es que existan disputas internas. Eso ocurre en cualquier grupo social. Lo insólito es que sus protagonistas se acusen de cometer delitos gravísimos y que muchos hayan permanecido en las más altas posiciones del Estado. ¿Qué sabía Petro de ellos para mantenerlos cerca? Y, sobre todo, ¿qué sabían ellos de Petro para seguir siendo indispensables?
Por eso insisto en que haber recibido un nombramiento de Gustavo Petro, particularmente en su círculo cercano, no constituye una credencial profesional de la cual sentirse orgulloso. Un presidente que se rodea de semejantes personajes sabe con quiénes está tratando. De ahí que las personas medianamente decentes terminaran rápidamente eyectadas. No cumplieron con el requisito de indecencia. En cambio, Armando Benedetti, Laura Sarabia, Holman Morris, Guillermo Alfonso Jaramillo y Angie Rodríguez lograron mantenerse hasta el final. En el petrismo, la dignidad parece ser un defecto profesional, mientras que la falta de escrúpulos es una competencia laboral.
Petro no fue un espectador desprevenido de semejante degradación. Escogió a sus protagonistas, los puso a administrar el Estado y, cuando sus miserias quedaron expuestas, los atesoró a su lado. Una cosa es equivocarse al escoger a un colaborador y otra insistir en rodearse de los mismos personajes después de conocer de qué son capaces. La pregunta no es por qué el petrismo terminó convertido en semejante espectáculo, sino por qué su director decidió mantener el elenco.
Por eso en Colombia ocurrió algo inusitado en los últimos cuatro años: la oposición no necesitó infiltrarse en el petrismo para conocer sus secretos. Bastó con esperar a que sus integrantes se pelearan.
