OPINIÓN

Ariel Ricardo Armel

La peligrosa matemática de los sindicatos

Para pagar mejores salarios, toca aumentar la productividad de las empresas y los negocios.
21 de octubre de 2026 a las 11:00 a. m.

Imagínese una tienda de barrio con tres empleados. Nada del otro mundo: abre temprano, cierra tarde y el dueño se las rebusca todos los días para que al final del mes le quede algo.

Pero llega diciembre y resulta que personas que nunca han pagado un salario quieren que el salario mínimo suba un 38,5 %, como los señores de la CUT. Pasaría de 1.750.000 pesos a cerca de 2.420.000 pesos, casi 700.000 pesos más.

Esto, por tres empleados, son más de 2.000.000 de pesos al mes y 24.000.000 de pesos al año. Y ojo, esto es solo salario base, sin contar aportes, primas y cesantías.

¿De dónde saca el dueño de la tienda esa plata? Hay cuatro caminos y todos terminan en situaciones bien difíciles para algunos o para todos: subir precios y que pague el consumidor final, trabajar él mismo más horas, sacar a alguno de los que tenía o cerrar la tienda. En todos los casos se pierde empleo y se desincentiva la creación de riqueza.

Lastimosamente, estas personas que nunca han generado empleo no tienen en cuenta estas variables para proponer aumentos populistas que terminan en más pobreza.

Dicen que el mínimo no alcanza, y es cierto, pero mientras la inflación esté disparada por malos manejos económicos, y no se reduzcan radicalmente los impuestos ni se disminuya el Estado, no se van a poder pagar salarios más altos y más competitivos.

Por eso, para pagar mejores salarios, toca aumentar la productividad de las empresas y negocios, y para eso el Estado debe facilitar la vida del empresario y no ahogarlos con aumentos sin ninguna clase de sustento técnico más allá de la romantización salarial.

Los efectos de esto, como nos lo dice el Dane: 85 de cada 100 trabajadores de las microempresas están en la informalidad, y la realidad es que las micro y pequeñas empresas no tendrían cómo asumir este aumento, aumentando la tasa de desempleo e informalidad.

Si no me cree, pregúnteles a los restaurantes. Que en 2025 cerraron más de 2.000 y en lo que va de 2026 se han perdido o no se han renovado cerca de 40.000 empleos. Ojo, el gremio no dice que sea solo por salarios: también pesan los alimentos, la energía y que la gente consume menos. Pero a todo eso se le juntaron cuatro costos laborales: el mínimo subió el 23 %, el recargo nocturno ahora arranca desde las siete de la noche, justo cuando empieza la cena, el recargo de domingos y festivos subió al 90 % y en julio de 2027 llega a 100 %, y desde el 15 de julio la jornada bajó a 42 horas.

Un ejemplo para que se entienda: con el mínimo, una hora de trabajo en domingo le cuesta hoy al dueño $15.842, casi el doble de la hora normal, que son $8.338. Ahora súmele el 38,5 % de la CUT, y esa misma hora pasaría a cerca de $22.000. Y los restaurantes viven de abrir noches, domingos y festivos.

Hay otra cuenta. El mínimo ya subió casi el 24 % este año y, con un posible aumento del 38,5 % para el siguiente, serían casi el 70 % de crecimiento en dos años.

¿Quién puede pagar esto? Casi nadie. Populismo puro y duro.

El nuevo Gobierno tiene una responsabilidad enorme de no dejarse presionar por sindicatos que solo quieren desestabilizar y dañar, y de hacer un aumento que no dispare más el desempleo y que sea responsable frente a la subida imprudente del año pasado realizada por Gustavo Petro.

No es que no me importe el que gana el mínimo. Me importa que el año que viene todavía tenga trabajo.

Un salario de 2.420.000 no sirve de nada si el empresario no lo puede pagar y le toca acabar con el empleo.