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Opinión

  • | 2018/09/21 01:04

    Cómo lidiar con el fascismo tropical

    El siglo 20 será recordado en América Latina por sus dictaduras de derecha. El siglo 21 en nuestra región está marcado por las dictaduras de izquierda.

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Desafortunadamente, los países del ALBA emergieron con la promesa de redefinir el socialismo en el siglo 21 y han terminado por establecer dictaduras tan violentas y criminales como las de los generales que gobernaron con brutalidad con el fin de proteger a sus pueblos del comunismo.

En el amanecer de este siglo parecía que la región estaba decidida a dejar atrás por fin el fantasma de los gobiernos autoritarios. Tras la caída de Fujimori el sistema interamericano aprobó en Quebec la cláusula democrática y un tiempo después, en Lima se aprobó la Carta Democrática Interamericana. De ese momento a hoy el continente ha visto la emergencia  y consolidación de la dictadura chavista, y en este momento la maduración de la dictadura orteguista en Nicaragua. Muy pronto asistiremos a la tercera elección de Evo Morales y al principio de la consolidación autoritaria en Bolivia.

La paradoja latinoamericana ha sido presenciar que en lugar de que Cuba se haya democratizado, varios países se han cubanizado. El caso de Venezuela es dramático y doloroso por lo cercano que resulta para nosotros, pero en Nicaragua más de 320 personas fueron asesinadas durante las protestas (según la CIDH, pero según la ANPDH podrían ser casi 500) y 200 más se encuentran detenidas, cientos de líderes han tenido que buscar el exilio y más de 30 mil nicaragüenses empiezan a abandonar el país para huir de la represión.

Frente a esta situación empiezan a aparecer voces que plantean las opciones militares como respuesta, tal como se hizo evidente con las declaraciones del nuevo embajador colombiano en Washington. La idea de la opción militar para promover el cambio democrático tuvo su prueba de fuego con la invasión de Estados Unidos a Irak luego de los ataques terroristas. No importó que Irak no hubiese sido el responsable del ataque, ni importó que las armas de destrucción masiva no existieran, el derrocamiento del dictador ofrecía la posibilidad de establecer un gobierno democrático.

Luego de los descalabros políticos y militares en Irak y Afganistán, nadie cree que el cambio de régimen mediante el uso de la fuerza sea una buena idea.  Nadie, excepto algunos radicales que creen que Colombia puede y debe provocar la caída de Maduro en Venezuela. Preocupantemente entre ese grupo está el actual embajador de Colombia en Washington. El presidente Duque por fortuna lo ha desautorizado y asume como jefe de Estado la misma postura moderada y serena que tuvo el presidente Santos.

En este momento Venezuela es tanto un estado fallido como una dictadura tropical. La exsecretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright acaba de publicar un libro denominado “Fascismo: una advertencia” en el que señala que el fascismo no es una ideología de izquierda o derecha sino una forma de tomar el poder y usufructuarlo con disposición al uso de la violencia con el fin de mantener ese poder. Justo lo que ocurre en Venezuela y Nicaragua.  El fascismo no solo es proclive al uso de la violencia, sino que encuentra en ello la mayor justificación para conservar el poder. Por esta razón, propiciar una acción militar contra Maduro no solo no representa una buena opción para el pueblo venezolano, sino que daría la mayor excusa al chavismo para incrementar la represión y terminar de atornillarse en el poder.

Algunos en el gobierno de Estados Unidos creen que la única forma de sacar a Maduro es mediante la fuerza, pero que sería inaceptable y contraproducente que esto surgiera de un ataque no justificado iniciado por ellos. Así, lo que buscan es generar provocaciones que inciten a Maduro a atacar a Colombia. Si Colombia le hace el juego solo lograra traer dolor y destrucción al país sin seguridad alguna de que el cambio llegue a Venezuela.

Que la sensatez del presidente y el canciller primen en este escenario.








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