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Opinión

  • | 1996/10/28 00:00

    Confesión de boca

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Existe la sensación generalizada de que a través del mecanismo de la delación, implantado en forma reciente en Colombia, es como se ha alcanzado la efectividad en el destape de las ollas podridas y en el desmantelamiento de las grandes organizaciones de delincuentes. No es así. Las cifras que maneja la Fiscalía indican que del total de los procesos que tiene la justicia sin rostro, menos del 10 por ciento se resuelven mediante el sistema de confesión o de delación. Otra cosa es que, una vez avanzados ciertos procesos, y cuando el acusado ya se ve con la soga al cuello, acuda a la posibilidad de aceptar su culpabilidad y lograr los beneficios de una sentencia anticipada. Sin embargo la delación se ha convertido en el mecanismo más sonoro, en cuanto transforma en espectáculo público el hecho de que la gente resuelva sacar sus trapitos al sol y ensuciarle la cara a un presunto cómplice del delito que se investiga. La cantada de Fernando Botero, el do de pecho de Santiago Medina, la sonata de María Izquierdo, y ahora la serenata a capella de César Villegas, han sido la comidilla de los medios de comunicación y del país en general en su momento, puesto que se llevaban en los cachos de su confesión a varios personajes nacionales, del Presidente de la República para abajo. Supongo que es válido que un acusado denuncie a un cómplice. Pero desde el espectáculo del senador Helms con la anónima María, en el seno de la comisión de asuntos exteriores del Senado de Estados Unidos, parece haber quedado homologada la teoría de que cuando hay delación, el simple hecho de la acusación se convierte en una verdad social. Aparte de lo que pueda haber de cierto en estos testimonios, me parece preocupante todo lo que hay alrededor de las declaraciones del famoso Vladimir, un asesino confeso de varias masacres entre las más horrendas que haya conocido Colombia, quien declara contra el general Farouk Yanine Díaz y lo convierte por esta vía en su cómplice automático. A partir de la salida de la Fiscalía de esa pieza procesal y de su publicación en los medios, el general Yanine quedó convertido en asesino. Algo similar sucede con otros casos de mayor o menor relieve. ¿Es la delación, en sí misma, un elemento con la solidez suficiente como para que la sociedad condene a una persona? Claro que no. Pero no sólo se está volviendo verdadera toda delación sino que, poco a poco, el país está llegando a la tesis que tanto se combatió en su momento, según la cual es mejor condenar a un inocente que dejar libre a un culpable. Recuerdo que cuando se estableció este mecanismo, Antonio Caballero puso el grito en el cielo al advertir que por esa vía Colombia se iba a convertir en un país de sapos. En la misma dirección apuntaba el concepto que emitió sobre el tema el procurador de entonces, Carlos Gustavo Arrieta, quien señalaba las ventajas del modelo en el corto y el mediano plazos, pero consignaba serias inquietudes para el largo plazo. "Es de prever decía Arrieta un eventual y creciente descrédito de la prueba testimonial en cuya base pueden encontrarse abusos en la práctica de la delación negociada que, de no controlarse, estarían en riesgo de convertir la dicha delación en un instrumento para la venganza privada y para la construcción de chivos expiatorios". Además sostenía Arrieta que ese mecanismo de la delación podría tener un efecto negativo sobre la conciencia jurídica de la propia sociedad colombiana. "Podría traer agregaba el procurador la convicción creciente y generalizada de que la justicia es, entre nosotros, materia de negociación". A través de ese mecanismo incontrolado el cartel de Medellín arregló sus cuentas con la justicia mediante el sistema de repartirse entre ellos las culpas de delitos no cometidos o de atribuirle responsabilidad a otros sobre crímenes propios, para ajustar así sus condenas en forma cómoda. Y fue el caso de Juan Manuel Avella, funcionario de la campaña de Ernesto Samper, el que ha hecho que se vuelvan los ojos hacia el sistema de las delaciones, pues la denuncia que él hace (vaya uno a saber si justa o no) apunta a que la única forma de lo que llaman colaborar con la justicia es atribuirse delitos y denunciar cómplices, pues resulta más ventajoso declararse culpable que ser inocente.
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