opinión

Diana Marcela Osorio Columna Semana
Diana Marcela Osorio, columnista invitada - Foto: Publicaciones Semana

Donar es seguir viviendo: un milagro llamado Aleia

Nunca olvidaré ese miércoles 11 de marzo de 2020. Mi mamá había llevado a la bebé en lo que debía ser un control de rutina, yo había iniciado hacía poco un sueño que ni me había atrevido a pedir, trabajar como gestora social de Medellín.


Por: Diana Marcela Osorio

Entonces vi el teléfono y en él un sin número de llamadas perdidas de mi mamá. La sensación de que algo no estaba bien me inundó de repente. Devolví la llamada con el corazón en la mano esperando escuchar lo contrario pero no fue así: “Aleia debe ser trasladada de carácter urgente al Pablo Tobón Uribe, su vesícula está colapsada y sus exámenes no están bien”, dijo la pediatra. Desde ese día nada en mi vida volvería a ser como antes.

Aleia había nacido tan solo tres meses atrás. Soñé su nombre poco antes de que naciera: “Aleia”, significa Milagro y ungida de Dios, no tuve duda porque ella llegó cuando las dudas y el miedo me sobrepasaban, mi fe estaba a toda prueba mientras enfrentábamos quizá la campaña más oscura que se haya hecho en Medellín. En medio de un embarazo y con otra bebé debía resistir los ataques en redes, las amenazas e intentos de acabar la vida de Daniel. Trataba de proteger a Aleia de mí, de mis miedos y angustias de los que no podía ni escapar ni apartarla.

Cuando llegamos al hospital, el hepatólogo infantil nos explicó su condición y nos dijo que debían hacer una cirugía exploratoria de emergencia para descartar el ya más probable escenario: después de la primera cirugía Aleia fue confirmada con atresia de vías biliares, una afección que ocurre cuando las vías biliares dentro o fuera del hígado están bloqueadas o no están, un diagnóstico que no podía ser evaluado en ecografía por la pequeñez de sus órganos y que le dejaba soolo con un camino: un trasplante de hígado para salvar su vida.

Solo una madre que ha vivido la enfermedad de su hijo puede entender el dolor que sentí. El miedo de perderla y la urgencia de salvarla se combinaron en torbellino. Desde ese día empezó una carrera contrarreloj que muchas veces parecía perderse por el avance de la enfermedad. Dos meses después el daño era irrevertible. Aleia no había ganado el peso y la talla necesaria. Cada día que pasaba sus ojos, su alegría y su sonrisa se iban apagando, su vida se iba perdiendo.

Mientras Daniel pensaba en renunciar, yo debía intentar mantener a mi familia en pie aferrándome a la fe de lo imposible porque ya no había nada más que nuestras manos pudieran hacer, solo rendirnos a Dios y aceptar su plan en nosotros. Una infección en la unidad de cuidados intensivos, dos mecanismos de última instancia fallidos y una hemorragia interna inminente fueron el preámbulo que debía vivir para presenciar un milagro llamado Aleia.

El 26 de mayo de 2020, con 5 meses de edad, Aleia se convirtió en la bebé más pequeña en recibir un trasplante de hígado en Medellín. Contra todo pronóstico, y después de 15 horas de cirugía recibió un pedacito de mi propio hígado. Cualquier padre o madre lo daría todo para salvar a su hija, sin embargo no todos pueden hacerlo. El hígado es el único órgano que se regenera y pude cumplir las condiciones para ser su donante.

Su cirugía y recuperación han sido el milagro que Dios ha puesto en nuestras vidas. Pero también ha sido un llamado a la acción: mi historia y la de Aleia podrían ser la de cualquiera de los que hoy me están leyendo, la de sus hijos o la de sus nietos. Pero lo que es un hecho es que hoy es la urgente historia de más de 3.000 colombianos y sus familias que están en lista de espera por un un corazón que quiera seguir latiendo, un pulmón que les dé un respiro, o un riñón o hígado que sea un regalo de vida. A pesar de todas las campañas, al menos 600 de ellos perderán la vida este año en esa angustiante lista de espera.

Hoy quiero hacer un llamado en nombre de esas familias que esperan, y en el marco del mes mundial de donación de órganos para que le manifiestes a tu familia la posibilidad de transformar nuestra muerte en vida para otros, de convertir el dolor en alegría y que nuestra partida le permita a otros quedarse. Hoy, los invito a recordar que donar es seguir viviendo.

P.D.: Gracias por siempre al equipo de trasplante hepático del Hospital Pablo Tobón Uribe, a Sura EPS y a Dios por nuestro milagro llamado Aleia.