A solo tres días del inicio del gobierno de Abelardo De La Espriella, la tragedia llegó a Colombia. Cuando se iniciaba la jornada laboral, un terremoto de magnitud 7,4 golpeó con violencia los departamentos del Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Quindío. Cali y Pereira fueron las ciudades que llevaron la peor parte. En la capital del Valle se registran 150 personas fallecidas, 1.500 heridas, 24 edificios colapsados y 200 estructuras que deberán ser demolidas. En Pereira, las cifras del PMU registran 95 personas fallecidas, 254 heridos y 66 edificaciones desplomadas. Aún no hay cifras de cuántas más deberán ser demolidas.
La estela destructora de este sismo también dejó su rastro en Buenaventura, El Cairo, Sevilla, Yumbo, El Águila, Palmira, Cartago y Tuluá, en el Valle; Quibdó, Istmina, Bagadó, Nóvita, Condoto, Sipí y San José del Palmar (epicentro), en Chocó; Armenia, Salento y Quimbaya, en Quindío; Manizales, en Caldas, y La Celia, Risaralda.
Las historias tras el sismo son devastadoras: la de Ana María Saavedra, la única trilliza que sobrevivió para enterrar al resto de su familia; la de Salomón, el bebé de dos meses que fue encontrado vivo junto a su padre, pero su mamá no sobrevivió; la del periodista Carlos Aponte, que esperó por días el rescate de sus padres y su sobrina de 10 años, a quienes finalmente encontraron muertos, o el de los padres de Violeta Guerrero, que llegó de vacaciones a la casa de su abuela Amparo en Cali, y ambas murieron. Cada historia de las 321 víctimas que registra la UNGRD es dolorosa, injusta, inexplicable.
Pero detrás de la tragedia, una ola de solidaridad surgió de forma imparable. Inmediatamente se conoció la magnitud del terremoto, miles de colombianos se volcaron a ayudar. Misiones médicas llegaron a los lugares más apartados, voluntarios se agolparon en los centros de acopio para organizar las ayudas que llegaban por toneladas. Los bancos de sangre de todo el país se llenaron, al punto que tuvieron que anunciar que había suficiente abastecimiento. Las donaciones en dinero empezaron a llegar desde pequeños montos hasta miles de millones. Un hombre que vende paletas donó 200.000 pesos, el equivalente a todo su trabajo de una semana, y una mujer que tiene cinco hijos, hoy desempleada, entregó 50.000, aunque sabía que eso le significaba que su familia no comiera ese día. Al tiempo, Luis Carlos Sarmiento Angulo donó 200.000 millones, mientras David Vélez anunció aportes por 100.000 millones. Jaime Gilinski y familia entregaron 150.000 millones para la reconstrucción nacional, el grupo Bolívar 110.000 millones y la familia Santo Domingo, 100.000 millones. Otra empresa que pidió el anonimato donó otros 100.000 millones. Las empresas afiliadas a Proantioquia entregaron 200.000 millones, las de Propacífico, 220.000 millones, Tecnoquímicas 50.000 millones y la Drummond 4.600 millones. Los empresarios, reunidos en la Andi, entregaron 102.000 millones de pesos. Estos aportes suman cerca de 1,49 billones de pesos. (Para que el lector tenga claro cuánto se robaron en la UNGRD, la cifra de contratos corruptos fue de 1,5 billones de pesos).
Pero la ola de solidaridad siguió y Shakira aterrizó en su avión privado con Howard Buffet en la rústica pista del aeropuerto de Quibdó y le prometió a la gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba, que financiarían juntos la reconstrucción de 10 escuelas y de la Universidad tecnológica del Chocó. En esa misma pista, días antes, había aterrizado el avión que envió el futbolista John Arias cargado de ayudas e insumos para los damnificados. Los transportadores recorrieron las vías desde la Costa hasta al centro del país con camiones repletos de ayudas y desde Piedecuesta (Santander) llevaron una olla gigante para prepararles comida a los damnificados en Pereira. Lo mismo hacía el líder social Leonard Rentería en Buenaventura.
ARA donó 12 millones de euros, BBVA 2 millones de euros y Glencore, 1,5 millones de dólares.
Reconstruir el país necesitará cerca de 30 billones de pesos.
Sería imposible listar a todos los que se han unido para ayudar. Esta tragedia mostró lo que realmente podemos hacer los colombianos cuando nos unimos en torno a una misma causa. En este país tenemos una fuerza infinita que nos mueve, nos duele la necesidad, nos duele el hambre, nos duele el dolor de los otros, nos mueve las ganas de salir adelante. Cuando nos damos la mano somos imparables. También mostró que los empresarios no son enemigos.
Pero esta tragedia también desnudó la miseria de quienes pretendieron hacer política con el dolor y utilizaron sus redes para atizar el odio, como el senador Duvalier Sánchez, que se fue con un megáfono a Cali a impedir la entrada de rescatistas, solo para ganar visibilidad, o la designada vocera del nuevo gobierno, Carolina Gómez, que convirtió sus redes en un campo de batalla para confrontar a la oposición y no para convocar ayudas.
Esta tragedia mostró la necesidad que tenemos de unirnos. Aquí se vio quién tiene el talante para estar al frente y quién insiste en desunir y hacerle daño al país.
El presidente Abelardo De La Espriella tiene una gran responsabilidad, y en medio de lo sucedido, también una gran oportunidad. Ya sabe que el país se une sin importar el color político cuando está de por medio la solidaridad. Tiene la misión de unir al país en un sentimiento propio, y este no puede ser el odio al que piensa distinto. Tiene la misión de reconstruir y convocar. Este es su momento de demostrar que es un presidente que está por encima de las pugnas políticas y que será capaz de transformar el país.
Esta tragedia mostró ya quién tiene la grandeza para llevar el país hacia adelante y quién debe dar un paso al costado. Y también dejó en evidencia que los mandatarios pasan, y se olvidan pronto. Los colombianos son quienes verdaderamente tienen la fuerza para sacar adelante el país. Ahora se necesita un líder que esté a la altura del momento.
