Hay una escena que resume dónde estamos. En julio de 2024, cuando Meta incorporó su asistente de inteligencia artificial a WhatsApp, Facebook e Instagram, estudiantes de todo el país, incluidos aquellos que viven en veredas donde la conectividad sigue siendo un lujo, empezaron casi de inmediato a usarlo para resolver sus tareas. El problema es que muchos resolvían la tarea sin aprender nada.
El caso, documentado por la Unesco en su más reciente informe sobre IA en la educación superior de América Latina y el Caribe, lo resume así: la tecnología llegó a los estudiantes antes que la pedagogía, y la pedagogía llegó antes que el Estado.
Este informe encuestó a 200 instituciones de 19 países. Colombia fue el país con mayor participación, con 40 universidades, y por eso el retrato regional se parece mucho al nuestro. Sus cifras deberían preocupar a cualquier rector, ministro o padre de familia.
El 87 % de las instituciones usa inteligencia artificial en al menos una de sus funciones. Solo el 26 % tiene una estrategia formal para hacerlo. Apenas el 8 % tiene un presupuesto propio para IA, el 18 % cuenta con una instancia encargada de gobernarla y el 9 % tiene mecanismos formales para evaluar qué está pasando. El 57 % no mide nada. Por cada universidad que evalúa los efectos de la IA, hay diez que la usan a ciegas.
Hay que decir las cosas por su nombre: la IA no está entrando a nuestras universidades por decisión institucional, sino por la puerta de atrás. Nueve de cada diez instituciones que la usan en el aula lo hacen con herramientas gratuitas como ChatGPT, Copilot o Gemini, que profesores y estudiantes ya tenían en el bolsillo. Un país no puede construir su futuro tecnológico sobre el voluntarismo de unos pocos.
Hay otra paradoja. Los estudiantes son quienes más usan la IA y son los menos protegidos. Entre las universidades que ya la usan para enseñar, una de cada cuatro no les ofrece ninguna formación para hacerlo bien. Solo el 24 % tiene reglas claras y comunicadas sobre integridad académica, y los estudiantes participan en las instancias que deciden sobre IA en apenas el 8 % de las universidades.
Colombia dio un paso con el Conpes sobre la Política Nacional de Inteligencia Artificial. Pero una política que no aterriza en la universidad, que es donde se forma el talento que la hará realidad, es una declaración de intenciones.
El informe de la Unesco deja una hoja de ruta clara y plantea cinco tareas que no dan espera. La primera es llevar la educación superior al centro de la política de IA. Hacen falta metas concretas de alfabetización en IA para docentes y estudiantes, y obligaciones claras de reporte, no solo menciones genéricas.
La segunda es crear financiación pública dirigida a construir capacidad de gobierno de la IA en las universidades públicas y privadas. El dinero debe ir a políticas, formación, comités con participación estudiantil y sistemas de evaluación, no solamente a comprar licencias.
La tercera es usar el sistema de aseguramiento de la calidad como palanca. El CNA y el Ministerio de Educación pueden incorporar la gobernanza de la IA y la alfabetización digital como criterios de registro calificado y acreditación.
La cuarta es establecer lineamientos nacionales de integridad académica que cada universidad pueda adaptar, en lugar de que 300 instituciones inventen la rueda por separado.
La quinta es cambiar la forma de evaluar. Hay que evaluar el razonamiento, el contexto y el criterio propio, aspectos que, precisamente, la IA no puede reemplazar.
El informe recuerda que la educación superior siempre adoptó las tecnologías antes de saber gobernarlas: pasó con los computadores, con internet y con los cursos virtuales. La diferencia es que esta vez la velocidad, la escala y los riesgos no nos dan el lujo de esperar una década a que las instituciones se pongan al día.
La IA ya está en las aulas colombianas. La pregunta no es si la vamos a usar, sino si vamos a decidir cómo usarla o si vamos a permitir que el mercado, la improvisación y la desigualdad decidan por nosotros.
El futuro no se descarga de una aplicación. Se construye con instituciones, y hoy las nuestras van varios pasos atrás.
