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Alberto Donadio  Columna
Alberto Donadio - Foto: DAVID ESTRADA LARRAÑETA

Exquisito manjar de mi dulce tálamo

Y esa fue la vida que hicimos con Silvia, amar y pensar, nos fundimos ella y yo en un ser, fundimos el amar y el pensar.

Por: Alberto Donadio

Gregory Peck confesó alguna vez que él no pensaba todos los días en su hijo fallecido a los 30 años, sino todas las horas de todos los días. Pienso siempre en Cusita, como la llamaba su papá, o en Siva, como la recuerdan sus nietas Mariana y Sofía y su nieto Sebastián, o en Silvia Galvis, como la conocían los demás. Ya pasaron 13 años desde su muerte, el 20 de septiembre de 2009. En 2005, SEMANA incluyó a Silvia en una edición especial sobre las 100 mujeres másimportantes de la historia de Colombia y en la última edición de SEMANA de 2009 Silvia apareció entre los muertos del año. Su amigo Sergio Acevedo opinó que era una errata de la vida. No hay libros inéditos de Silvia, sus únicas letras inéditas son varias cartas que me envió en 1988, cuando pasé seis meses en Roma en una investigación de archivo y estuvimos separados, sin e-mail porque no existía, sin WhatsApp porque no estaba inventado, y comunicados solo por correo aéreo. Las llamadas por Telecom eran prohibitivas. Este collage de esas cartas que Silvia me escribió hace 34 años refleja su gracia y gracejo permanentes y el enamoramiento que nos consumía desde cuando nos conocimos en 1983, pues respirábamos en la respiración del otro: “Yo también te extraño mucho y ni siquiera podría decirte en qué aspecto más. Creo que en el espiritual.

Me hace mucha falta hablar contigo, saber que estás cerca para oírte o para verte. Pero lo que más falta me hace es que me abraces. Increíble no? Pero me transmites tanta ternura y calidez cuando lo haces que me conmueve muy adentro, de solo pensarlo. Por sobre todos los recuerdos gratos y bellos que tengo de tí, es la ternura y el amor con que me tratas, lo que más extraño. La ternura, el amor y la Paciencia (a lo mejor es parte de tu inmensa capacidad de comprenderme, de entender mis debilidades). Debe ser por eso que te quiero tanto y a la visconversa también. Te quiero muchísimo y me muero por verte y oirte y tocarte. Comparto contigo la teoría del injerto. Yo tampoco sé ya hasta dónde soy yo y que parte de mí eres tú. Pero sí sé que si no tengo cerca esa parte de mí que eres tú, me siento incompleta. Por eso es que me haces tanta falta. Falta en todo. Hasta para pensar, porque todo lo que pienso necesito consultártelo, hablarlo contigo, compartirlo contigo. Tengo una necesidad infinita de tí. Y me alegra y me hace feliz saber que es recíproca e igualmente intensa. Me haces una falta indescriptible. Creo que absolutamente para todo. Necesito con urgencia saber cómo estás y qué sientes, si tu nostalgia se parece a la mía. Solo quería decirte que me emocionó mucho oirte y luego leerte y que yo también pienso en tí el día y la noche y que cuento los días para verte y tocarte y reirme contigo”.

Tres años después, en una breve ausencia, Silvia me escribió estas palabras: “Exquisito manjar de mi dulce tálamo: Estoy a punto de empezar a escribirte las mismas cartas que Zolá y Víctor Hugo escribían a sus amadas, claro, si sigo con este montón de lecturas de siglos idos. Voy a ponerme más actual, así que: Angel mío, Te quiero infinitamente y te extraño como doña Sola a don Rafa. Mejor dicho, Yo también, yo tampoco. Ojalá podamos dedicarnos a estar juntos, a leer juntos, a bobear juntos, sobre todo lo último que es lo que más falta me hace. Perdóname la letra pero estoy entre el tálamo, como para variar”. En inglés se usa uxorious para el que siente devoción por su esposa. En español existe uxoricida para el que mata a su mujer, pero no su antónimo, para el que vive por y para su mujer.

Recuerdo a Silvia en los versos de León de Greiff: “Sólo por ver la luz en tus pupilas fuera admisible ya la lobreguez del mundo sórdido”. Y en el quejido de Hermann Hesse: “No me dejes en la noche, en el dolor, mi adorada, mi claro de luna. Oh tú, mi lucero, mi lámpara, mi sol, mi rayo de luz”. Y en la sabiduría del doctor Albert Schweitzer: “¡Qué tremendo poder interior existe en la comunión espiritual con otra persona! A medida que envejecemos confirmamos que la verdadera felicidad nos viene únicamente de quienes espiritualmente significan algo para nosotros. Estén lejos o cerca, vivos o muertos, los necesitamos si hemos de encontrar nuestro camino en la vida”. José Martí decía que “la vida tiene goces suavísimos, que vienen de amar y de pensar”, y esa fue la vida que hicimos con Silvia, amar y pensar, nos fundimos ella y yo en un ser, fundimos el amar y el pensar. Vivíamos Silvia y yo lo que Martí expresó con esta idea: “El puro pensamiento y el puro afecto producen goces tan vivos que el alma siente en ellos una dulce muerte”. El duelo nunca pasa, solo pasa la emotividad del duelo, decía Proust.