Personalmente y, por razones públicamente conocidas, no estuve presente en los últimos años de Germán Vargas Lleras. Pero nunca podría dejar de agradecer que, por su iniciativa y deferencia, mi nombre fue tenido en cuenta para llegar al Ministerio de Salud y Protección Social. Ahora que nos encontramos a punto de definir el futuro de nuestro país, es esencial separar al hombre de sus ideas, revisar sus visiones y, en particular, sus inquietantes premoniciones.
Los colombianos, cada cierto tiempo, tendemos a dejar de lado a aquellos estadistas que marcan una determinada época. Hay quienes dicen que, a mediados del siglo XX, Gabriel Turbay representó esa figura de un pensador estructurado que podría haber realizado las transformaciones que su tiempo requería. Pero corrían entonces tiempos turbulentos que no permitieron su llegada al poder.
Álvaro Gómez Hurtado representó por excelencia esa figura durante un largo periodo de nuestra historia. No llegó al poder a causa del imaginario indirecto que despertaba la figura de su padre, protagonista durante el difícil periodo de nuestra violencia partidista. Muchas de las ideas de Álvaro Gómez adquirieron enorme relevancia en la Colombia de los años 2000. Su particular análisis de las problemáticas nacionales aún tiene enorme actualidad y su martirio es todavía una herida abierta que un Estado pusilánime —ante la impunidad— no logró cerrar.
Germán Vargas Lleras fue el último gran estadista que tuvo Colombia disponible antes de que el populismo inundara la sociedad colombiana. Nadie como él tenía un conocimiento tan profundo del Estado y la política. La vivió desde la infancia y pudo transformarla en ideas y acciones que alimentaron la visión de país desde la derecha colombiana. Pero también su legado quedó en grandes obras de infraestructura que hoy disfrutan todos los colombianos.
De Vargas Lleras también hay que admirar su coherencia. Su ideario no tuvo saltos abruptos, no hizo concesiones al oportunismo, como parece ser la regla hoy en la política. Seguramente su mayor limitación era su temperamento y eso podría surgir de esa intensidad en la coherencia —además de una cierta dosis de dogmatismo— que algunos colombianos asociaban con su origen de clase, condición de la que difícilmente podría escapar desde el imaginario colectivo.
Su entrega al país fue absoluta desde el Congreso, desde el Ejecutivo y desde los medios. Un hombre que nació, creció y vivió toda su vida para el país. Una vida también marcada por la tragedia y la prematura enfermedad. Germán Vargas Lleras vibraba con cada situación que afectaba a la nación y, desde lo reflejado por sus columnas, se expresó una profunda preocupación por el futuro del país; un futuro que sentía, como muchos colombianos, profundamente comprometido.
En más de una oportunidad Germán Vargas Lleras estuvo cerca de llegar a la Presidencia de Colombia, pero los colombianos deberíamos repasar —con sumo cuidado— los escritos que dejó en la última etapa de su vida: un esfuerzo que, con disciplina y amor patrio, mantuvo a pesar de sus quebrantos y dolencias físicas.
Hoy, en estos momentos críticos, es más que necesario retomar al Vargas estadista. Ese legado y, en especial, los riesgos que afronta nuestro país en una decisión política crucial, no pueden perderse de vista ahora cuando nos encontramos al borde del precipicio.
