Aunque el rumor en la calle es que el candidato más fuerte de la oposición es imbatible, en el palacio presidencial, en las salas de redacción de los grandes medios, en las sedes de los partidos tradicionales siguen creyendo que un candidato del continuismo puede ganar.
En privado, miles de personas les confiesan solo a sus íntimos que votarán por el líder más visible de la oposición, y a quienes les refutan que es un populista con ínfulas de dictador les responden que esas son calumnias del régimen para mantener su monopolio de siglos. Cuando se mencionan los escándalos de corrupción en los que su caudillo ha sido involucrado, sus cada vez más enfebrecidos seguidores responden que esa es solo una de las tantas calumnias con las que quieren desprestigiar a Gustavo.
Los pocos entendidos que conservan la cabeza fría en medio de la polarización sienten que un terremoto social va a acabar con la larga hegemonía de los políticos tradicionales en las elecciones presidenciales. Un avezado observador, en un desayuno en un club bogotano, después de concluir un animado golf match, como le gusta decir, les advierte a otros socios: “ojo que por el dictador populista van a salir a votar hasta debajo de las piedras”.
El anterior párrafo es un viaje al pasado y resume el electrizante ambiente en el que se desarrolló, en 1970, la campaña en la que el exdictador Gustavo Rojas Pinilla ganó las elecciones que le fueron robadas. La cantidad de votos que obtuvo fue de tal magnitud que en uno de los departamentos en los que se llevó a cabo el descarado fraude, Nariño, tuvieron que quemar las papeletas de votación a favor de Rojas.
Como recordó muchos años después un testigo involuntario de los hechos, el periodista Jorge Téllez, Lleras Restrepo le reconoció la noche del fraude al escritor Próspero Morales, su jefe de prensa, entre whiskey y whiskey: “Próspero, esto se ha perdido.
No hay nada que hacer, el general ha ganado. Si, de acuerdo con lo que me han informado, Rojas decide salir uniformado para iniciar una marcha por las principales avenidas con destino al palacio de San Carlos, temo que haya un levantamiento, una sublevación”. Lleras también le comentó a Morales: “no sería extraño que tuviéramos que salir huyendo a la madrugada del país”. Para sorpresa de todos, el exdictador, sitiado en su residencia de Teusaquillo, aceptó con mansedumbre el colosal fraude que le escamoteó su victoria.
Hoy, 52 años después, nos hallamos en la antesala de una elección tan reñida como aquella. El descontento acumulado es tan inmenso como colosal es la rabia contra un régimen desprestigiado por años de descarada e impune corrupción, violencia sin fin, privilegios desmedidos de los clanes políticos, desigualdad, carencia de oportunidades, corrupción de la justicia y un sinnúmero más de etcéteras. Y dicho desafecto ha sido exacerbado hasta más no poder por un gobierno uribista, cuyo objetivo es perpetuar un pasado que buena parte de la ciudadanía no soporta más.
Y lo grave es que el conjunto de la clase dirigente no parece ser consciente de la falla tectónica sobre la que estamos parados, y que puede ocasionar un terremoto político de la máxima escala en las elecciones de 2022. Por supuesto, no son iguales las sociedades de 1970 y de 2021, pero ambos tiempos se asemejan en la ira profunda de la ciudadanía, y en la búsqueda de las clases populares y medias de la figura del momento, que sea capaz de representar los múltiples rostros y demandas que expresan la ruptura con el viejo grupo del poder.
Al igual que entonces, el huracán de insatisfacción no solo es nacional, sino que se observa en otras partes del subcontinente. Tengamos presente que en el mismo año de 1970 en Chile ganaba el socialista Allende, que derrotó al candidato del establishment Jorge Alessandri, quien se presentó como independiente, pero respaldado por toda la derecha, quedando en un tercer lugar el candidato del centro.
Y en el entretanto, los partidos creen que esta será una elección como otras. La derecha piensa que solo le basta reencaucharse en alguna figura no tan desprestigiada, olvidando que la mayoría de sus representantes se parecen al decrépito senador Onésimo Sánchez, creado por García Márquez, cuyos trucos perdieron el poder de engatusar y engañar.
Y en el centro siguen deshojando la margarita, creyendo que la ciudadanía espera, cual salvador, al elegido o elegida que ellos escojan. Olvidan que el tiempo político y social es hoy einsteniano, va a la velocidad de la luz, y quien no se pare a tiempo y firme ante la ciudadanía puede perder el tren en nanosegundos. Con cambios tan cataclísmicos en curso, ¿habrá segunda vuelta o la cosa se decidirá en la primera?
