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Pablo Federico Przychodny JARAMILO Columna Semana

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Importaculismo parlamentario

Quedó un sabor agridulce, pues si bien es cierto que la reforma pensional era necesaria, también son ciertas las voces de alerta sobre su sostenibilidad futura, y consecuentemente el bienestar de los colombianos adultos mayores, que sirvió de argumento al Gobierno para presentarla, se vería comprometido en pocos años.

Brigadier general (r) Pablo Federico Przychodny Jaramillo
17 de junio de 2024

El tercer debate de la reforma pensional en la Comisión VII de la Cámara se venía desarrollando sin mayores contratiempos. Los representantes acababan de discutir el artículo 76 con el que se definía las condiciones para el traslado de régimen. Al momento de darse la votación, el secretario comenzó a llamar a cada uno de los congresistas para que se pronunciaran ‘sí' o ‘no’ con respecto a la aprobación de dicho artículo. Cuando correspondía el turno al señor Camilo Ávila, del Partido de la U, este no se encontraba en el recinto; el congresista entró al momento de recibir el tercer llamado y sin estar enterado sobre lo que se estaba votando, pidió que se le indicara qué era lo se estaba sometiendo a escrutinio, pues se encontraba en el baño. Sin recibir respuesta, y para sorpresa de todos, el representante exclamó, “voto ‘sí'”, seguido de una alzada de hombros con la que indicaba el importaculismo con el que asumía su responsabilidad dentro del debate, dando su voto afirmativo por una decisión trascendental para la nación sin saber su contenido.

Ese episodio hizo que recordara el jocoso momento, por no decir otra cosa, en que el director nacional de Planeación firmó, en el año 2015, un plan nacional de desarrollo pletórico de errores, sin sonrojarse, al menos, al justificar tal irresponsabilidad con su frase: “Yo no lo leí”. Ya este mismo personaje, no hacía mucho tiempo, había tenido un episodio igual de “simpático”, cuando siendo presidente de la Cámara de Representantes confesó, sin vergüenza alguna, que no había leído el texto de la reforma a la justicia y que no entendía lo poco que conocía de ella.

El pasado 14 de junio la semana terminó entre la fiebre del fútbol y las discusiones por las reformas impulsadas por el gobierno del cambio. Esa misma noche, el país recibía la noticia de la aprobación de la reforma pensional. En efecto, la Cámara de Representantes, en plenaria, aprobó la reforma pensional en su último debate, si es que se puede llamar así, pues en esa sesión hubo de todo menos debate.

Solo se habían discutido seis artículos, y el tiempo jugando en contra indicaba la posibilidad de que la sesión se extendiera para el día siguiente y, por amor de Dios, ¿cómo evitar sesionar el sábado, cuando jugaba la Selección Colombia y se definía la copa de fútbol entre leones y leopardos? La solución saltó al pupitre y la opción de aprobar los 95 artículos que faltaban, a “pupitrazo”, alegró el deportivo corazón de los 86 representantes que votaron afirmativamente por aceptar sin cuestionamiento alguno el texto sacado del sombrero de la plenaria del Senado.

Se había salvado el fin de semana y ya podrían estar en casa o en el estadio, disfrutando la jornada futbolera, pero en el ambiente quedó un sabor de derrota para la democracia, para los millones de colombianos que pagan sus impuestos con los cuales se soportan los altos salarios de unos funcionarios que solo tienen que hacer eso, precisamente a lo que acababan de renunciar: debatir. Quedó un sabor agridulce, pues si bien es cierto que la reforma pensional era necesaria, también son ciertas las voces de alerta sobre su sostenibilidad futura, y consecuentemente el bienestar de los colombianos adultos mayores, que sirvió de argumento al Gobierno para presentarla, se vería comprometido en pocos años.

No voy a entrar a discutir lo bueno y lo malo de la reforma pensional, pero debo pronunciarme como contribuyente frente al importaculismo parlamentario con el cual se están tomando decisiones trascendentales sobre el futuro de la nación, futuro que –dicen de manera hipócrita– es la motivación de la bancada de gobierno. La historia mostrará qué tan acertada fue esta propuesta de cambio que, como todas, se ha elaborado con una no muy sutil mezcla de populismo, buena intención y odio contra lo privado.

Son precisamente los fondos privados los que van a sufrir la misma suerte a la cual se enfrentarían las EPS con la reforma a la salud, si es que es aprobada. La tarea ahora es para la Corte Constitucional, si avala o no esta vergüenza parlamentaria una vez tenga la sanción presidencial; si avala la ausencia de juicio en la Cámara, la negación del debate, la aprobación de facto de un texto realizado por una corporación diferente, existiendo serios reparos y observaciones al contenido de la reforma.

Los colombianos debemos ser más responsables al momento de conocer y decidir quiénes son los que nos deben representar en las corporaciones legislativas. La Cámara de Representantes no puede renunciar a su papel de equilibrar lo que se aprueba en el Senado, y frente al facilismo, a la forma desprendida como muchos han asumido su rol, los electores deben ser jueces implacables para castigarlos en las urnas en las próximas elecciones, pues sus malas decisiones se verán en el tiempo; muchos de ellos no estarán en este mundo y no podrán presenciar el desastre al que llevaron al país y como lo dijo cierto personaje público, “que me notifiquen en la tumba”. Así, de ese tamaño es el importaculismo parlamentario. No quiero pensar que el anuncio del presidente sobre el cambio en los ministerios haya sido el catalizador de la aprobación de la reforma pensional, en el afán de cuidar un puesto o de ganarse uno.

Posdata: me asusta el ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla, regalando conceptos positivos de impacto fiscal a los pocos días de decirles a los colombianos, también sin vergüenza alguna de su parte y la del presidente, que se equivocaron con la reforma tributaria, la cual fue aprobada a la entrada de este gobierno y que está desfinanciada, cuando el año 2023 fue el de más alto recaudo y el más bajo gasto en la inversión. ¿Importaculismo nivel financiero?

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