OPINIÓN

Diana Giraldo

Jairo Tobías Rey Acevedo

Hoy Jairo Tobías Rey cumple 80 años y es un hombre capaz de montarse en una bicicleta, armar viaje a dónde lo inviten, bailar hasta el amanecer, leer sin excepción los periódicos diarios, para luego discutir sin descanso sobre el futuro de este país, que le sigue preocupando cada día.
22 de abril de 2023 a las 4:15 a. m.

Tengo en mi memoria el recuerdo de mi tía Aura recitando el poema de Ana María Rabatté En vida, hermano, en vida. No solo porque lo hacía con una pasión y precisión envidiable a su ya avanzada edad, sino porque siempre que lo escuchaba me quedaba con esa verdad: las palabras hay que decirlas cuando a quien van dirigidas puede escucharlas y no cuando ese alguien es ya un recuerdo.

Así que pido licencia a los lectores para no hablar hoy de temas que seguro tendrán más trascendencia y dedicar este espacio a exaltar la vida de un hombre, como muchos en Colombia, que de la nada construyen todo y que sin mucho alarde dejan legados que se multiplican en generaciones venideras, pero que estas desconocen.

Esta historia comienza en Piedecuesta, Santander, en el hogar de Jesús Rey Rey y Anarcelia Acevedo Mantilla. Un hogar igual al de cientos de la época, de mujeres humildes dedicadas a criar familias y hombres honorables que trabajaban sin descanso. Ahí nace Jairo Tobías Rey Acevedo, una persona que aprende que lo que se quiere se trabaja y que los principios no se quebrantan ni ante las más fuertes tentaciones.

Muy joven perdió a su padre y se vio obligado a formarse en un internado, donde Jairo pasó parte de su infancia y adolescencia al lado de “curas y monjas”. Esta experiencia le dejó en su vida una fe inquebrantable, pero también la visión crítica de un sistema que muchas veces está lejos de lo que predica y cuyo recuerdo lo lleva a veces a las lágrimas.

Luego, siendo adulto, en Bogotá, Jairo Tobías inició el camino de la psicopedagogía. Convencido de que la educación es la única manera de cambiar vidas, se embarcó en distintos proyectos educativos, en los que, obstinado, quería sacar adelante un instituto para niños con problemas de aprendizaje. Ahí conoció el sabor de los sueños cumplidos, pero también la amargura de la traición, y su proyecto terminó en manos de su socio, en maniobras que ni vale la pena recordar.

Sin vencerse, persistió en su idea de crear un colegio en Bogotá. Pero el destino le tenía reservado otro lugar: en un viaje a Bucaramanga, le propusieron comprar un colegio, el Santo Tomás. Ubicado en una zona no muy sancta de la capital santandereana, el vendedor le habló de 300 estudiantes, réditos mensuales garantizados y un buen precio. Con un estrechón de manos y 100.000 pesos, en 1968 Jairo se hizo dueño del Colegio Santo Tomás.

Al iniciar el año académico tenía seis alumnos inscritos.Todos le decían que había fracasado. Que recogiera sus cosas, aceptara su derrota y regresara a la capital, pues en pueblos como Bucaramanga jamás podría tener suerte ni fortuna.

Pero lejos de dar media vuelta, Jairo Tobías Rey puso un letrero en la entrada: “Matrículas abiertas”, y caminó cuadras y cuadras repartiendo volantes de promoción de su colegio. Barrió su entrada todos los días, pintó las paredes, acomodó los pupitres y estaba listo para ser al mismo tiempo rector, docente, prefecto de disciplina, consejero estudiantil, aseador y contador.

Con esa convicción de convertir al Santo Tomás en su proyecto educativo, se armó de valor y visitó al dueño de una emisora. Le propuso un negocio: no tenía cómo pagarle publicidad, pero le ofrecía un porcentaje por cada alumno matriculado. Con este impulso, el colegio logró 65 estudiantes y arrancó una historia de trabajo incansable por la educación, que es la que hoy quiero honrar.

Pero a este relato le falta la otra mitad. El dueño de la casa donde funcionaba el colegio llegó un día a cobrar el arriendo en compañía de su hija, Amparo Vesga, una joven estudiante de psicología. Esa mujer se convirtió en 1972 en su esposa y su coequipera en ese sueño de titanes.

Hombro a hombro, siendo un tiempo rector él, en otros ella, el colegio pasó de ser un lugar a donde iban a buscar cupo algunos que no encontraban en otros colegios a convertirse en el glorioso Colegio Santo Tomás, un cada vez más reconocido centro académico. Llegaron los hijos, tres hombres y una mujer, que crecieron en este mundo educativo. 24 años después, Jairo y Amparo tuvieron la visión de trasladar el colegio a la zona de más desarrollo de la ciudad, buscar a los mejores asesores académicos, estudiar lo que pasaba en el mundo con la educación, y en 1994 el Santo Tomás se convirtió en el Colegio New Cambridge de Floridablanca. Hoy es considerado uno de los mejores colegios de Colombia.

Jairo puso la primera piedra de lo que con los años se convirtió en la red de colegios más importante del país, que hoy es parte de una red internacional de colegios: Redcol. Junto con Amparo heredaron a sus hijos el amor por la educación; luego, ellos, ya con las riendas, unos más al frente que otros, se asociaron y recorrieron el mismo camino de impulsar la educación. De la mano de nuevos socios, al Colegio New Cambridge le siguieron los colegios Newport en Bucaramanga, New Cambridge y La Arboleda en Cali, Vermont en Medellín, Británico de Cartagena, Bureche en Santa Marta, Santa Francisca Romana (las Pachas) en Bogotá y el Gimnasio del Norte en Valledupar. Hoy educan 7.325 estudiantes con la convicción de lograr un mundo mejor a través de mejores colegios. Con la beca Amparo, en honor a la madre que ya no está, dan, además, educación gratuita en estos colegios a 113 niños en condiciones de vulnerabilidad.

Hoy Jairo Tobías Rey cumple 80 años y es un hombre capaz de montarse en una bicicleta, armar viaje a dónde lo inviten, bailar hasta el amanecer, leer sin excepción los periódicos diarios, para luego discutir sin descanso sobre el futuro de este país, que le sigue preocupando cada día.

Tengo la fortuna de ser su nuera. Y esta es mi manera de decirle en vida: ¡gracias por todo lo hecho por la educación en Colombia!