La victoria de Abelardo De La Espriella es la victoria de un hombre capaz de cumplir sus propios sueños. Sin apoyos formales y en contra de gran parte del establecimiento, este hijo de la costa atlántica demostró que el trabajo y la disciplina pueden alcanzar lo más alto. Ahora es momento de que sueñe también con un futuro para todos: con paz, honestidad e inclusión. No será fácil. Me explico.
Hace poco más de dos años, Abelardo De La Espriella me contó que iba a buscar la presidencia de Colombia. Su esposa, Ana Lucía, se veía tan convencida como él. Ambos, como equipo, me aseguraron que trabajarían por ese objetivo. Tenían un plan. No les creí. Me equivoqué.
De La Espriella es un hombre alegre, elocuente, inteligente y con una gran rapidez mental. Como abogado ha sido feroz y controversial. Como empresario, arriesgado y creativo. Y como político, sorprendente. Algo que siempre he admirado del nuevo presidente es su capacidad para entregarse por completo a una idea. Cuando se le metió en la cabeza que era italiano, fue el más italiano de todos. Cuando quiso ser cantante, grabó discos, encontró músicos que le enseñaron a afinar la voz y a montar una puesta en escena. Y ahora, cuando decidió ser presidente, sacó adelante su proyecto con disciplina, creatividad y convicción.
Su victoria es el resultado de leer mejor que nadie la realidad de Colombia y el momento regional, y de capitalizar una estrategia en sintonía con lo que ocurre en los países vecinos. Ganó porque entendió que, en el país, la gente no quiere ser igual: quiere progresar. Ganó porque percibió que la derecha populista surge como rechazo regional a las promesas incumplidas de la izquierda y porque supo reaccionar a la línea que figuras como Trump marcaron para América Latina.
Su campaña fue reflejo fiel de su personalidad: agresiva, enfocada, popular, metódica y contundente. Trabajó con amigos y con las personas en quienes más confía. No dejó detalles al azar. Él fue su principal estratega y el faro de sus propias decisiones.
Abelardo De La Espriella no es perfecto. Nadie lo es. Pero fue el candidato perfecto para enfrentarse a un heredero del Gobierno que contaba con toda la maquinaria estatal a su favor y con el empuje del líder de izquierda más influyente que ha tenido Colombia: Gustavo Petro. Quien piense que con este resultado Petro queda desacreditado no entiende el origen ni la magnitud de los votos que obtuvo la coalición de la izquierda y la movilización que la respalda.
El nuevo Gobierno heredará grandes problemas. La administración anterior deja al país endeudado, polarizado, con altos índices de violencia e instituciones en tensión. Abelardo prometió gobernar sin los mismos de siempre, pero probablemente tendrá que negociar con actores tradicionales para poner en marcha sus proyectos. Cepeda y sus aliados no se quedarán tranquilos: seguirán usando la Justicia como herramienta política y cuestionarán cada paso. Su estrategia, como muestra la evidencia, será actuar desde los estrados judiciales con la esperanza de capitalizar cualquier fallo. En otras palabras, usará todas las formas de lucha institucional y extrainstitucional.
Mi deseo es que, así como Abelardo materializó su sueño de ser presidente, ahora aspire a ser el mejor de todos. En sus memorias, Barack Obama escribió que la presidencia tiene la facultad de sacar lo mejor o lo peor de las personas. Le pido a Dios que saque lo mejor de él y de su equipo para que cumplan la promesa de una nación milagro. Si logra dar pasos en esa dirección, habrá comenzado una nueva era para Colombia que exigirá responsabilidad, corazón, humildad, razón y tolerancia.
Colombia necesita políticas coherentes que reduzcan la desigualdad, fortalezcan el Estado de derecho y promuevan oportunidades reales de progreso. Necesita reconciliación sin impunidad, seguridad con respeto a los derechos humanos y una economía que genere empleo y bienestar sostenible. Todo ello requiere negociación, visión de largo plazo y la capacidad de sumar a quienes hoy son adversarios.
La tarea es inmensa y el tiempo apremia. Pero la victoria de Abelardo De La Espriella muestra que en la política aún es posible creer en las ideas y en el esfuerzo individual. Ojalá ese espíritu se traduzca ahora en un Gobierno capaz de transformar esa confianza en resultados tangibles para la mayoría. Si lo consigue, habrá comenzado, de verdad, una nueva era para Colombia. Buena suerte.
