OPINIÓN

Manuela Ganadera

La izquierda ya nos dijo lo que quiere hacer

Cuando le digan que votar por Cepeda es votar por el cambio, recuerde que en Venezuela también era el cambio.
11 de junio de 2026 a las 10:00 a. m.

¿Qué será lo que hace que miles de ciudadanos de diferentes naciones elijan lo que es, con toda claridad, una amenaza para sus propias vidas? Es curioso y un poco aterrador que, cuando vemos a un político diciendo cosas extremadamente peligrosas, muchos nos digamos: imposible que gane. Y, sin embargo, gana. Porque el político logra que su discurso suene bonito, cercano, cálido. Suena a “yo te entiendo”, a “yo soy como tú”, cuando claramente ni les importa la persona que tienen enfrente. El truco es que sus propuestas más macabras simplemente pasan desapercibidas, envueltas en promesas de dignidad y banderas de colores.

En Colombia ya vivimos eso. Y lo peor es que la izquierda no se molestó en ocultarlo.

Gustavo Petro durante su gobierno impulsó abiertamente la asamblea nacional constituyente. Luego, Iván Cepeda salió a decir que iban a dejar el tema de la constituyente de lado, como quien le lanza un hueso al perro para que deje de ladrar. Y entonces el 5 de junio de este año, en otro discurso, Petro volvió al mismo punto: que para acabar con la corrupción y hacer las reformas sociales era necesaria la asamblea nacional constituyente. Aunque nos digan que no, ya sabemos exactamente lo que quieren hacer si les dan una segunda oportunidad.

Y eso no es todo, porque Iván Cepeda, el candidato de la izquierda, dijo que cuando llegara a la presidencia eliminaría el Consejo de Estado. Permítanme explicarles la importancia de esas dos cosas, porque sospecho que varios aplaudieron sin saber muy bien qué estaban aplaudiendo.

El Consejo de Estado es la máxima autoridad de la jurisdicción contencioso-administrativa en Colombia. En términos sencillos, es el tribunal que controla que el gobierno actúe dentro de la ley. Cuando el Estado se extralimita, cuando un decreto es arbitrario, cuando una institución abusa, el Consejo de Estado existe para ponerle un pare. Eliminarlo no es eliminar la corrupción. Es eliminar uno de los pocos frenos que le quedan al poder ejecutivo, al gobierno. ¿Ahora les suena muy bonito que la izquierda y su proyecto político quieran eliminar la autoridad que los supervisa y controla?

La Asamblea Nacional Constituyente, por su parte, es un mecanismo para reescribir desde cero las reglas del juego político, la Constitución. Suena democrático: “el pueblo decidiendo”. Pero, en la práctica, quien convoca la constituyente, quien controla su composición y su agenda, termina redactando una Constitución a su medida. No es un subsidio. No es una reforma social. Es la llave maestra del sistema, es reformar absolutamente todo: el Congreso, las ramas del poder, los derechos y obligaciones. Los colombianos quedaríamos ante una hoja en blanco en la que pueden rayar, hacer y deshacer lo que quieran.

Y no es que esto sea una teoría conspirativa. Latinoamérica ya tiene suficientes ejemplos como para que no tengamos que adivinar hacia dónde va el camino.

Hugo Chávez llegó a Venezuela con un discurso precioso sobre la revolución bolivariana y la soberanía popular. Lo primero que hizo fue convocar una asamblea constituyente en 1999. Lo que vino después no necesita presentación: tres décadas de desintegración institucional, persecución política, éxodo masivo y una economía en ruinas. Rafael Correa hizo lo mismo en Ecuador en 2008: constituyente, reelección indefinida propuesta y debilitamiento sistemático de la prensa y la oposición. Evo Morales, en Bolivia, siguió el mismo manual: constituyente en 2009, modificaciones a su conveniencia y, cuando el país votó “no” a su reelección en 2016, simplemente ignoró el resultado. El patrón no es una coincidencia. Es una estrategia.

Aquí no estamos hablando de una elección presidencial más. No es un debate sobre si la economía crece al 3 % o al 4 %, ni sobre qué tan bien está gestionando el gobierno la reforma tributaria. Lo que está en juego el próximo 21 de junio son los límites al poder. Los contrapesos institucionales. Las reglas que garantizan que ningún gobierno, ni este ni ningún otro, pueda quedarse para siempre.

Es la democracia. Es la libertad. Es, en términos concretos, lo que usted conoce como vida normal.

Cuando le digan que votar por Cepeda es votar por el cambio, recuerde que en Venezuela también era el cambio. En Nicaragua también era el cambio. El cambio llegó, sí. Solo que nadie volvió a poder cambiarlo.

La izquierda ya nos dijo lo que quiere hacer. El favor que podemos hacernos es haberles prestado atención.