OPINIÓN

María Andrea Nieto

La social bacanería

La social bacanería no puede tolerar que les vaya bien a los que no pertenecen al circulito. Les duele el éxito de los otros.
6 de febrero de 2021 a las 5:41 a. m.

La social bacanería: dícese de aquellos defensores de los pobres y los desvalidos, amigos de Santos, enamorados del proceso de paz con las Farc, defensores de Cuba, antiuribistas de profesión, todos unos jueces; los dueños de la moral. Pero les gusta la buena vida, los mejores restaurantes, atendidos a manteles blancos con cubiertos de plata; les encanta el caviar (huevitos de esturión), creen que tienen paladares europeos, toman de los vinos más costosos (que piden con acento cachaco-francés) y, sobre todo, les encanta viajar en primera clase. Se sientan horas a despotricar sobre otros y están convencidos de que en un almuerzo solucionan los problemas del país, o acaban con la honra de quienes consideran sus contrarios.

Esta es una clase social, con orden jerárquico que pretende emular a las monarquías del pasado, dominada por apellidos y una alcurnia que les ha hecho creer que son de sangre azul española. La social bacanería tiene matices, caciques e indios. No todos son lo mismo. Algunos son caciques y muchos son indios (utilizando el inverso del adagio popular de “mucho cacique y poco indio”). Hay los que no salen de Anapoima porque tienen casa propia y otros porque son gorreros y los invitan. Estos comunistas de estrato 20 llegan a la cima cuando compran apartamentos en Madrid, París y Nueva York. Afortunadamente, el país está cambiando (un poco tarde), pero la social bacanería que sigue viviendo en el pasado y se redujo a una caja de resonancia entre sus exponentes no cae en la cuenta de que se volvió obsoleta; cada vez le creen menos y está quedando a un lado. Este preámbulo lo hago desde mi actual trabajo en un medio de comunicación como es SEMANA.

De la social bacanería forman parte varios periodistas (el gremio también tiene sus matices), y los caciques viven del trabajo de los periodistas rasos y profesionales. Ahora entiendo mejor por qué los medios han perdido tanta credibilidad. La gente ha empezado a darse cuenta de los intereses y manipulaciones a los que se prestan algunos periodistas. Pero me llama la atención por qué razón hay algunos que no terminan de descubrirlo. Leí muy atentamente la columna del pasado miércoles de la directora de Noticias Uno, Cecilia Orozco Tascón, despotricando contra tres medios de comunicación.

Sí, el noticiero que estaba viendo Tirofijo cuando murió de un infarto, según contó su viuda, la hoy congresista Griselda Lobo. La columnista Orozco Tascón escribe para El Espectador, el periódico al que el narcoterrorista Jesús Santrich agradeció en su último video “por haberse atrevido a iluminar con verdad en un país de mentiras”. En su escrito, Cecilia descalifica a sus colegas con insultos y agravios; se nota que su odio y su envidia la tienen realmente desquiciada. Pero entendamos quién es Cecilia Orozco y por qué está tan rabiosa. Esta periodista, adalid de la moral, que habla del contrapoder, es la misma que durante el cubrimiento periodístico del proceso 8.000 fue sumisa y complaciente con el Gobierno de un presidente elegido con dineros del narcotráfico. Todavía el expresidente Samper la llama ‘Ceci’ o ‘Cecilita’. Allí germinó una sólida amistad. Es importante recordar que esa actitud de la señora Orozco Tascón contrasta con la valentía de las Marías (María Isabel Rueda y María Elvira Samper) en su Noticiero QAP, espacio que perdieron por haberse enfrentado a ese narcorrégimen.

Ese Gobierno, literalmente, le hacía latir el corazón a Cecilia Orozco. Esto me hace recordar lo que pasó en la era Santos. Ocho años de contratos millonarios publicitarios para decenas de medios y periodistas que guardaron silencio frente a la corrupción de Odebrecht. No solo hubo festival de pauta, sino hasta un canal de televisión para los que se portaron bien. Luego se dedicaban a la contratación pública y a la pauta con entidades del Estado. Muchos camuflados como periodistas en realidad son negociantes que han utilizado su poder mediático para contratar con los Gobiernos y sus instituciones. Un platal. De pronto la rabia de Cecilia es porque Noticias Uno quedó reducido a un canal de YouTube, y su columna, cada vez con menos credibilidad y más sesgo político, la publica en El Espectador, periódico que está en los últimos puestos de lecturabilidad, según Comscore. Cecilia, realmente perdió los papeles.

La social bacanería no puede tolerar que les vaya bien a los que no pertenecen al circulito. Les duele el éxito de los otros. El cambio disruptivo del ajedrez de los medios de comunicación ha dado apertura a otras voces y, por eso, les escandaliza su propio declive. Puras patadas de ahogado, porque las audiencias ya no les paran bolas. Ojalá se termine de desmoronar el complejo eje mediático de contratación pública, que tanto le gusta a la social bacanería. Que de verdad sea contrapoder para fortalecer la democracia. No sorprende el afán de este circulito por impulsar al eje Fajardo-Santos-Cristo de vuelta al poder. Eso no es un cambio, sería volver al clientelismo de siempre, como sucede en la Alcaldía de Bogotá. Cecilia, mejor sería no recurrir al desprestigio y que usted compita en franca lid. Ya los colombianos no comen cuento.