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Opinión

  • | 2020/03/14 05:38

    Lavatorio de manos

    Ese es el virus grave que aqueja a este país: el del olvido. Como ha olvidado el propio Duque su relación personal y quizás “fraternal”, y no se sabe qué tanto electoral, con el difunto Ñeñe Hernández

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No creo que el gobierno colombiano pueda hacer mucho para combatir el contagio del coronavirus cuando llegue (como parece ser que ya llegó, hoy jueves 12 de marzo). Salvo negarlo.

Es lo tradicional, lo que se ha venido practicando aquí desde la Conquista, que trajo tantos microbios desconocidos y nunca reconocidos, al margen de los victoriosos conquistadores. Así se niegan hoy, por ejemplo, las matanzas de líderes sociales, con el argumento de que no son “sistémicas”, o las masacres de más de tres personas alegando que deben ser por lo menos de cuatro, y el indignado gobierno del presidente Iván Duque protesta contra la Organización de las Naciones Unidas cuando se siente señalado con el dedo por un informe sobre las violaciones de los derechos humanos en Colombia. Es lo tradicional, repito, pero también es cierto que bajo el actual presidente la negación de la realidad objetiva ha llegado a extremos impensables hasta en los días del desvergonzado presidente Julio César Turbay, que se proclamaba el único preso político del régimen, y cuyo retrato de librea y corbatín adornaba la oficina juvenil de Iván Duque en Washington.

Es lo habitual, hasta el extremo de que el funcionario encargado por Duque de negar los últimos cincuenta años de nuestra historia –la existencia del conflicto armado–, el historiador Darío Acevedo, niega la negación. Explicándole a su comprensiva entrevistadora María Isabel Rueda que el negacionismo no consiste en negar algo, sino únicamente en negar de modo específico el Holocausto de los judíos por los nazis. Así que negar, por ejemplo, la existencia del conflicto armado colombiano, no es negacionismo, sino patriotismo.

La negación de la negación puede ser, de acuerdo, la base de la dialéctica. Pero es ante todo la base de la fabricación de los sofismas de distracción, tan característicos de este gobierno.

Así también el propio presidente Duque, inmediatamente después de haber denunciado furiosamente a la ONU acusándola de injerencia indebida en la soberanía por sus informes sobre Colombia, sale a decir que nunca habían sido mejores las relaciones entre la ONU y un gobierno colombiano. Ya sabíamos que poco conoce Duque la historia nacional –aquel agradecimiento a los founding fathers de los Estados Unidos, dictado más por la lambonería que por la erudición–; pero ¿tan corta es su memoria que no recuerda ni lo que él mismo ha dicho dos días antes? No dos años, como cuando predicaba la culpa de los candidatos en la recepción de dineros de turbio origen para sus campañas, como le está pasando ahora a él con las denuncias de Aida Merlano o con la revelación en el mismo sentido de las conversaciones telefónicas del Ñeñe Hernández. Sino dos días. ¿Y no se acuerda?

Ese es el virus grave que aqueja a este país: el del olvido. Solo comparable a la memorable enfermedad de la memoria que aquejó a los habitantes del Macondo de la novela de García Márquez cuando tuvieron que ponerles a las vacas un letrero explicativo que dijera “vaca”. O peor: porque Duque y su gobierno ni siquiera saben ya leer los letreros que ellos mismos ponen: lo han olvidado.

Como ha olvidado el propio Duque su relación personal y quizás “fraternal”, y no se sabe qué tanto electoral, con el difunto Ñeñe Hernández, ganadero vallenato asesinado y acusado de haber sido narcotraficante en asociación con el famoso Marquitos Figueroa, rey de La Guajira.

Como la ha olvidado también su patrón, el senador y expresidente Álvaro Uribe, tan olvidadizo de tantas cosas acaecidas durante sus gobiernos por las cuales están condenados y presos tantos de sus funcionarios, exministros o directores del DAS o jefes de su casa militar. Tan olvidadizo que se atreve a decir que no recuerda haber comprado nunca votos, como si no hubiera sido famosa la compra de los votos de Yidis y Teodolindo en el Parlamento para permitir su reelección presidencial.

Y circula en internet un meme, tal vez inventado por el gobierno mismo, según el cual el remedio para el coronavirus y para la amistad con el Ñeñe es el mismo: lavarse las manos. 

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