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Opinión

  • | 2019/06/02 09:02

    Lecciones de Coronell

    Daniel Coronell tiene razón: los lectores merecen respeto y necesitan explicaciones, no son espectadores muertos. Sin ellos no somos nada.

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Sé que hoy miles de lectores están tristes; yo también lo estoy. Después de casi 15 años, en esta edición de SEMANA ya no escribe Daniel Coronell. Abrir la revista y no encontrar su columna nos deja muchas dudas y un inmenso vacío. Aunque a veces no estemos de acuerdo, su tenacidad como investigador y su compromiso con la búsqueda de la verdad siempre me han causado admiración, por ser el mejor reportero que he conocido en mi vida.

El martes Daniel sorprendió al país con la noticia: Felipe López, fundador de SEMANA, canceló su columna. Con respeto, pero con honestidad, pienso que Felipe, siendo un demócrata, cometió un grave error. Se equivocó cerrándole la puerta en la nariz a su columnista estrella. Prefiero pensar que todo fue una calentura y no que se trató de una acción premeditada. ¡Sabemos lo incómodo que se volvió Daniel para muchos poderosos!

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Como empresa, SEMANA tenía derecho a prescindir de los servicios de Daniel, mas me temo que las circunstancias que desembocaron en su salida abrupta dejan un sabor amargo: ¿a Coronell le cobraron lo que dijo en su columna el pasado domingo? El periodista cuestionó el manejo que le dio la publicación a la información sobre la directiva del Ejército que podría originar nuevos falsos positivos, y que terminó estallando no en SEMANA, sino en las páginas de The New York Times. Daniel tenía derecho a preguntar y se llenó de valentía para hacerlo. Alejandro Santos, director de la revista, a quien quiero y respeto, le publicó su columna crítica; aún no sé por qué horas después se la cancelaron para siempre. SEMANA valerosamente había dado una discusión desde su redacción que difícilmente otro medio en Colombia daría públicamente. Eso fue importante. Al fin y al cabo, todos los días cuestionamos a otros; por qué no podemos cuestionarnos a nosotros mismos. Todos nos equivocamos.

Lo que sí tengo claro es que algunos colegas, de los más críticos con SEMANA o hasta con Daniel, quizás nunca han hecho el autoexamen. Muchos de los que vociferan en redes sociales como defensores de la libertad de expresión diariamente la violan, porque ni siquiera respetan una opinión distinta a la suya; esa la descalifican y la vuelven sospechosa. Solo pueden entrar a la manada quienes piensan como ellos. ¡Esos me valen!

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Los dueños de los medios van a tener que entender que su negocio no existe sin los periodistas y sus historias, pues estos son el alma de sus empresas. Porque el capital de un medio no consiste solamente en tener unas finanzas sólidas. No, lo más importante es la credibilidad, y esa no se compra ni con todos los billetes del mundo. La credibilidad se construye tejiendo confianza entre los lectores, los oyentes y los televidentes; ellos son nuestra verdadera razón de ser. La credibilidad se gana o se pierde. Y esta vez SEMANA le apuntó a perder: despidió a Daniel Coronell, el mismo que estremeció al país con sus revelaciones sobre las chuzadas del DAS, la Yidispolítica o Agro Ingreso Seguro; el que se ha jugado la vida y la de su familia, y al que han querido callar a punta de demandas y campañas de desprestigio. Eso sí, los que fueron denunciados por Daniel están de plácemes, aunque no será por mucho tiempo.

Hoy quiero hablarles a esos lectores que están confundidos y dolidos. Entiendo que un medio no puede exigir libertad de prensa, defenderla y luego patearla, pero quiero que se aferren a la historia valiente de esta casa periodística; esa historia que también ayudó a construir Coronell, con la seriedad y el sacrificio de este equipo que ha demostrado independencia. Echar a SEMANA en la hoguera no le sirve a nadie.

Por mi parte, acabo de llegar a SEMANA; llegué con emoción y compromiso. Quienes me conocen saben que cuando tengo que publicar, lo hago. Lo he hecho, aunque me haya caído el mundo encima. No vengo fletada, ni por el Gobierno ni por la oposición. Tampoco soy ficha de algún grupo económico o anunciante, no soy contratista del Estado ni empresaria, no he sido funcionaria; solo periodista. Eso sí, me equivoco; pero defiendo mis convicciones, no las negocio.

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Espero que la revista pueda sanar la herida que deja la extraña partida de Coronell, símbolo de muchas luchas periodísticas. La cicatriz en todo caso quedará. Confío en que los lectores nos den una nueva oportunidad a todos: a Felipe; a Alejandro; al confiable equipo periodístico que se la juega todos los días; al nuevo socio Gabriel Gilinski, quien me aseguró que no ha intervenido ni intervendrá en decisiones editoriales; e incluso a María López, la nueva presidenta, que está llena de planes.

Nos quedan grandes lecciones con el despido de Daniel Coronell: un reportero es contrapoder. Jamás deja de preguntar, ni siquiera en su propia casa; tampoco se queda callado. Todos perdimos: perdió la revista, perdió el país, perdió el periodismo, perdió la verdad. Daniel perdió su columna, pero ganó, porque sus lectores hoy le creen más. Al final, ese es el único capital de un periodista, y eso no tiene precio. Gracias, Daniel.

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