OPINIÓN

Luis Carlos Vélez

Mal presagio

Si Petro llega a Washington con la idea de negociar “en sus términos”, de imponer su narrativa o de desafiar simbólicamente a Trump, lo más sensato sería que no vaya.
17 de enero de 2026, 4:59 a. m.

El próximo 3 de febrero, Gustavo Petro y Donald Trump están llamados a verse en la Casa Blanca. En el papel, una reunión bilateral más entre Colombia y Estados Unidos. En el fondo, un encuentro cargado de tensiones, malas lecturas y expectativas profundamente equivocadas. El presagio, lamentablemente, no es bueno. Todo indica que las cosas pueden salir mal. Peor incluso de lo que muchos anticipan. Me explico.

Un artículo reciente de Jon Lee Anderson en The New Yorker revela detalles inquietantes sobre el estado mental, político y estratégico con el que el presidente Petro parece acercarse a Washington. No se trata solo de diferencias ideológicas evidentes, sino de una desconexión profunda entre la forma como Petro se ve a sí mismo y la realidad política de los Estados Unidos que va a encontrar.

Según Anderson, Petro tendría la intención de ofrecerle a Trump un “trato”: Colombia se comprometería a seguir las instrucciones de la Casa Blanca en materia de lucha contra las drogas, a cambio de que Trump asuma compromisos concretos de cuidado del medioambiente. La propuesta es tan ingenua como insultante. Ingenua, porque parte de la premisa de que Trump está dispuesto a negociar sobre cambio climático. Insultante, porque desconoce –o desprecia– el hecho de que Trump ha sido uno de los líderes más vehementes en negar la agenda climática global, hasta el punto de convertir ese escepticismo en bandera política ante su base conservadora.

Pensar que Trump va a aceptar compromisos ambientales como moneda de cambio es no haber entendido nada. Ni de Trump, ni del Partido Republicano actual, ni del clima político en Washington. Para muchos conservadores estadounidenses, ese planteamiento no solo es inviable, sino provocador. Es llegar a la Casa Blanca a hablar un idioma que el interlocutor no reconoce y, peor aún, que rechaza de plano.

El problema de fondo es que Petro parece llegar a Washington mirándose al espejo equivocado. Se ve como un líder global, como una figura moral capaz de reeducar a las potencias, de redefinir agendas y de imponer marcos éticos. Pero Estados Unidos no recibe jefes de Estado para sesiones de terapia ideológica ni para seminarios de conciencia ambiental. Los recibe para defender intereses concretos. Y el interés central de Estados Unidos hoy con Colombia es claro: control de drogas, migración, seguridad regional y estabilidad.

Si Petro llega a Washington con la idea de negociar “en sus términos”, de imponer su narrativa o de desafiar simbólicamente a Trump, lo más sensato sería que no vaya. Colombia no está para aventuras retóricas ni para gestos grandilocuentes. Está para diplomacia seria, pragmática y enfocada en resultados. Más que nunca, el presidente debería pensar primero en los colombianos, no en su propio relato histórico.

Pero quizá lo más perturbador del artículo de Anderson aparece hacia el final. Allí se describe un episodio casi surrealista: el momento en que Petro, en medio de su imaginación quijotesca, contempló la posibilidad de escalar un enfrentamiento directo con Estados Unidos. Aquella tarde en que convocó una manifestación contra Trump en Bogotá, mientras se producía una comunicación urgente con la Casa Blanca, Petro parecía dispuesto a inmolarse políticamente. A convertirse en mártir. A declararle, en la práctica, una guerra retórica a la mayor potencia del mundo.

Ese dato no es menor. Revela una pulsión peligrosa: la tentación de sacrificar los intereses del país en el altar del ego político. De confundir el enfrentamiento simbólico con liderazgo. De creer que el choque, incluso el fracaso, puede ser una forma de trascendencia personal.

Ojalá ese no sea el plan ahora. Ojalá Petro no llegue al Despacho Oval con la misma disposición a inmolarse públicamente, esta vez ante las cámaras del mundo. Porque, si eso ocurre, el costo no lo pagará él. Lo pagará Colombia. Y ese sí sería un muy mal presagio cumplido.